
Capítulo 1 de La cancion del alma
La sala estaba a oscuras, el murmullo del público crecía mientras las luces se apagaban, anticipando el inicio del espectáculo. Isabela se encontraba tras el escenario, respirando profundamente, ajustando su vestido largo y negro, el más elegante que había encontrado. Sabía que este concierto sería diferente, lo había sentido desde que aceptó la invitación. Algo en su interior le decía que era el último, aunque no quería pensar en ello.
-Todo va a salir bien -le dijo su manager, Laura, quien se acercó con una sonrisa forzada. Estaba tan nerviosa como Isabela, pero lo ocultaba con una calma superficial.
Isabela asintió, sin decir una palabra. Se pasó una mano por el cabello, alisando el rastro de sudor que le caía por la frente. El sonido de la multitud comenzaba a calmarse. Su corazón latía fuerte, como si quisiera salir de su pecho. Miró al frente, viendo las luces brillando en el escenario. El piano ya estaba en su lugar, el telón a punto de levantarse. Pero algo en su interior seguía resistiéndose.
-¿Estás lista? -preguntó Laura, con la voz temblorosa.
-Sí, claro -respondió Isabela, aunque sabía que no estaba lista. Pero no podía dar marcha atrás.
Cuando el telón finalmente se alzó, la música comenzó a sonar. Los acordes del piano llenaron la sala, y el público aplaudió con entusiasmo. Isabela caminó al centro del escenario, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba. Los focos de luz la cegaban momentáneamente, y la mirada expectante del público la hizo dudar por un segundo. Pero en cuanto el primer acorde de su canción resonó en el aire, su voz se elevó, pura y clara, como siempre lo había hecho. La magia estaba en el aire, su alma conectaba con la melodía, y por un momento, todo parecía perfecto.
Cantó con todo su ser, sumergiéndose en la música, en cada nota, cada letra, como si fuera la última vez que podía hacerlo. La melodía parecía envolverla, la sentía recorrer su cuerpo, tocando cada rincón de su ser. El público respondía con aplausos, y su confianza crecía con cada verso.
Pero, en el fondo, había algo extraño. Algo que no podía identificar. Un sentimiento de vacío. Su voz, aunque hermosa como siempre, no era la misma. Había algo en ella que no terminaba de encajar. Quizás era la fatiga acumulada, o tal vez una intuición que no quería aceptar.
Cuando terminó la canción, el público estalló en aplausos, pero Isabela no los escuchaba. Estaba demasiado enfocada en el extraño vacío que sentía. Apenas logró sonreír, levantando una mano en señal de agradecimiento, pero el eco de la última nota todavía resonaba en su mente. Algo no estaba bien.
Laura corrió hacia ella, abrazándola al salir del escenario.
-¡Lo lograste! ¡Estás increíble! -dijo, con una sonrisa llena de orgullo, aunque Isabela podía ver la preocupación en sus ojos.
Isabela no podía responder con palabras. Solo asintió lentamente.
-¿Te sientes bien? -preguntó Laura, notando el cambio en su actitud.
-Sí, claro... solo un poco cansada -mentir no era lo suyo, pero en ese momento, no sabía cómo explicarlo. Se sentó en una silla tras bambalinas, su cuerpo pesando más de lo habitual. Algo en su interior parecía estar pidiendo a gritos un descanso que no podía tomarse.
Un minuto después, el equipo de sonido comenzó a preparar el siguiente acto, y Laura se alejó para hablar con los productores. Isabela permaneció en su silla, mirando su reflejo en el espejo. Su rostro estaba pálido, sus ojos más grandes de lo normal. No era por el cansancio, lo sabía. Algo en su cuerpo no respondía como debía.
En ese instante, una sensación extraña se apoderó de ella. El aire parecía volverse más espeso, y una pequeña presión comenzó a formarse en su garganta. Intentó tragarse la incomodidad, pero era imposible. La sensación crecía, como si la música, la misma que tanto amaba, fuera a ahogarla. No podía respirar correctamente, y al intentar emitir un sonido, su voz se apagó. Nada. Solo un leve susurro, como si estuviera perdiendo el control.
Isabela cerró los ojos, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de ella. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué le ocurría?
-Isabela... ¿Estás bien? -La voz de Laura la sacó de su trance. Se acercó rápidamente a ella, preocupada.
Isabela intentó hablar, pero no pudo. No había sonido. No podía articular palabra alguna. El terror comenzó a apoderarse de su pecho.
-¿Isabela? -Laura la miró con desesperación. En ese momento, la cantante intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron. Se desplomó hacia atrás en la silla, luchando por recuperar el aliento.
Laura gritó pidiendo ayuda, y en segundos, el equipo de emergencias estaba junto a ella. Isabela, con los ojos vidriosos y el rostro pálido, sentía que todo su mundo se derrumbaba.
Lo que debía ser su último concierto terminó siendo el principio de algo mucho más oscuro. En cuestión de minutos, su voz desapareció por completo, y con ella, su vida como la conocía.
Al día siguiente, en el hospital, Isabela despertó con la cabeza aturdida, los pensamientos confusos. Cuando intentó hablar, no salió ningún sonido. Solo un leve murmullo. La desesperación comenzó a calar en su alma, pero lo peor aún estaba por llegar. Los médicos le confirmaron lo que ya temía: su voz no regresaría.
-¿Y qué puedo hacer? -preguntó, casi sin esperanza, mirando a los médicos con los ojos llenos de lágrimas.
El doctor la miró con compasión.
-No sabemos si se recuperará, pero hay opciones. Puede que se le ofrezca terapia para recuperar parte de su capacidad vocal. Pero el daño que sufrió es serio, y no hay garantía.
Isabela asintió lentamente, sintiendo que el peso del mundo recaía sobre sus hombros. La música había sido su vida, su alma, su razón de ser. ¿Y ahora qué?
Fuera del hospital, el mundo continuaba su curso, pero para ella, todo había cambiado. Su voz, su esencia, todo lo que había construido se desmoronaba ante sus ojos. Y mientras el futuro se volvía incierto, Isabela sentía cómo la música, su única salvación, comenzaba a desvanecerse.
Ese sería el último concierto de su vida, sin que ella lo supiera. El principio de un largo y difícil camino hacia la sanación, hacia la búsqueda de algo que ni siquiera sabía si existía.
Pero en ese momento, solo había una pregunta en su mente: ¿Qué sería de ella sin su voz?
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