El día del Concurso Nacional de Flamenco llegó. El ambiente tras el escenario era un caos de laca, nervios y vestidos de volantes.
Yo estaba en un rincón, ajena a todo el ruido. Para mí, solo existía el temblor sordo del suelo bajo mis pies, la vibración de cientos de personas moviéndose al otro lado del telón.
Isabela me encontró. Su vestido rojo, carísimo y llamativo, era un grito de color en la penumbra.
"Vaya, vaya, mira quién está aquí. La pequeña ladrona."
Su voz era aguda y desagradable, pero yo solo leía el movimiento de sus labios pintados de un rojo perfecto. Javier estaba a su lado, con su guitarra en la mano y una sonrisa de superioridad.
"Isabela, no seas dura. Quizás ha venido a aprender de los verdaderos artistas," dijo Javier, mirándome por encima del hombro.
No respondí. Mi silencio parecía desconcertarlos. Isabela frunció el ceño.
"¿Qué te pasa? ¿Te comió la lengua el gato? O es que ya no tienes nada que robar."
Seguí mirándola fijamente, con una calma que la enfurecía. Recordé su cara en mi vida pasada, en la pantalla del televisor, llorando falsas lágrimas mientras me llamaba fraude. Recordé a Javier, con su aire de víctima traicionada, explicando cómo yo, su exnovia resentida, había intentado destruir la carrera de su nuevo y verdadero amor.
Eran una pareja perfecta. Ambiciosos, crueles y sin una pizca de talento real. Isabela era un producto de Javier. Él componía para ella, le diseñaba las coreografías y la vendía a los medios como un genio. Ella solo ponía la cara bonita y los movimientos memorizados.
"Déjala, cariño," dijo Javier, rodeando a Isabela con un brazo. "No vale la pena. Esta noche, todo el mundo verá quién eres tú, y quién es ella."
Se alejaron, riendo entre dientes.
Yo cerré los ojos un momento. El recuerdo de mi abuelo vino a mí. Él me enseñó a sentir el flamenco, a entender la historia de cada palo, la matemática sagrada de cada compás. Me enseñó que el flamenco no era solo mover los brazos y los pies, era contar una historia con el cuerpo, una historia de dolor, de alegría, de honor.
Javier e Isabela no sabían nada de eso. Para ellos, el flamenco era un negocio. Un escenario para su vanidad.
Y yo iba a convertir ese escenario en su tumba.
Un técnico se me acercó y me gritó algo al oído. No le oí, pero leí sus labios.
"¡Sales en cinco minutos!"
Asentí. Me levanté, sintiendo la madera del suelo bajo mis tacones.
El show estaba a punto de comenzar.





