LA ASISTENTE DE PRESIDENCIA

Londres. 1 año y medio después.

REBECCA.

—Hola Rebecca, buenos días.

—Buenos días, Martha ¿Cómo estás? ¿Qué tal tu fin de semana?

—Excelente ¿Qué tal el tuyo? Cuéntame cómo te fue con el hombre aquel, el de la cafetería, me contaste que te invitó a salir.

—Pues... Bien, no salí con él, me incomoda su presencia y no quise estar con alguien que no me inspira confianza.

—Hay amiga, si sigues así vas a quedar en sequía total. Ya deja de pensar en Edward, sé que es por él que no te decides, aún piensas en él, ya ha pasado más de un año, deberías darte la oportunidad de conocer otros hombres. Te lo mereces.

Mi amiga tiene razón, debo dejar de lamentarme del abandono de mi esposo.

Tenía 21 años cuando conocí a Edward Smith un atractivo hombre, me lo crucé por casualidad en una cafetería cerca a la universidad. Estaba en último año de administración.

Todos los días iba a esa cafetería por mi café mañanero y siempre lo encontraba con su tableta y su portafolios de trabajo.

Recuero esa mañana en que por accidente tropezó conmigo y derramó mi café. No lo podía creer, sólo tenía dinero para ese café.

—Lo siento, discúlpame no te vi. Permíteme comprarte otro café.

—Tranquilo. Pierda cuidado. Tengo prisa, gracias.

Es un hombre que llama mucho la atención, de buen parecer, bonitos ojos y una seductora voz.

—¡No espera!

Espero no volvérmelo a encontrar.

No supe en qué momento nos volvimos amigos, en un cerrar de ojos nuestra amistad pasó a una relación, pero para cuando los abrí ya tenía un anillo en mi dedo y una boda en camino.

Las palabras de mi amiga Martha estaban haciendo eco en mi mente, pero no estaba emocionalmente en condiciones de una relación, mi corazón estaba muy herido por la manera como Edward me abandonó.

Después del divorcio tomé la decisión de buscar un empleo, tenía gastos que cubrir y no sería buena idea abusar de la poca hospitalidad que mi madre me ofrecía.

Buscar trabajo no era tarea fácil, mi edad fue el primer impedimento, en casi todos los lugares en donde me llamaban para la entrevista me hacían ver que era muy mayor para ocupar un cargo apropiado para una mujer más joven, pero si tan solo tengo 38 años, aparte de eso el hecho de que tenía 15 años de no ser subordinada de otros tampoco ayudaba mucho.

Me atreví a presentarme en la constructora FRANCO & D' LUCCA, no sabía si me aceptarían, pero igual lo intentaría, era el último cartucho por quemar antes de darme por vencida, pero para mi sorpresa la selección fue casi que de inmediato, la experiencia y madurez que adquirí a lo largo de los años que duró mi negocio hizo que lograra ser contratada como la asistente del arquitecto Maximiliano Franco, presidente y dueño de la constructora.

Don Maximiliano un italiano de 68 años, que se ve muy bien conservado y muy guapo, de ojos azules y tez clara, con un perfil como los dioses, «de joven debió tener muchas admiradoras» pensé. Alto de 1,80 de estatura, con un porte de caballero en todo momento.

El mayor estaba casado con Lucilda Prèstolla, de 65 años, una siciliana muy hermosa, pero prepotente y orgullosa. Parecía que todos los días comiera alacranes y víboras, porque solo destilaba veneno al hablar.

En fin, fui contratada como asistente personal de don Maximiliano, entre mis deberes estaba el mantener la agenda actualizada, los contratos al día, estar pendiente de las reuniones, los congresos, entrevistas con posibles socios e ingenieros, salidas a campo, entre otras tareas un tanto personales que don Maximiliano tenía.

Siempre mantuve una excelente relación con mi jefe, lo aprecio demasiado y estoy muy agradecida por haberme dado la oportunidad de trabajar, cuando otros me habían cerrado la puerta. Don Maximiliano me apreciaba como a una hija y yo a él lo trataba como a un padre.

—¿Buenos días, señoritas qué tal su día? —saluda mi jefe.

—Excelente señor ¿Y usted cómo está? ¿Pasó a ver a su médico? recuerde que no puede dejar las citas de lado —pregunté.

—Sí hija, estuve el fin de semana con él en su consultorio. Me dijo que ya estoy un poco mejor y me recomendó reposo. Así que debes ayudarme a dejar todo listo, porque este viernes mi hijo Arturo tomará las riendas de la empresa y tú serás su asistente, así que, por favor, te pido que le ayudes.

Sus palabras me tomaron por sorpresa, pero no lo pensé mucho y respondí con la mayor sinceridad que poseía.

—Claro que sí señor, será con el mayor de los gustos.

Todos salimos a nuestros lugares, Martha se ubicó en la recepción, mientras don Maximiliano, Amber y yo subimos por el ascensor hasta el piso 10 donde estaban las oficinas de presidencia. En el piso también se encontraban las oficinas de Ingeniería Estructural, donde su único hijo Arturo es el jefe.

Arturo es un italiano de 45 años, arquitecto, soltero, de cabello rubio oscuro, ojos azules, tez blanca, con un cuerpo atlético y músculos marcados, alto de 1,85 de estatura, varonil, inteligente, emprendedor, pero es un arrogante, engreído y mujeriego que piensa que las mujeres son solo para un rato de placer.

Estuvo a punto de casarse con la hija de su padrino Otto Musspegui, quien lo engañó fugándose con su mejor amigo Antonio D' Lucca. Desde ese momento Arturo no cree en el amor de una mujer, para él dinero y sexo es lo que las mujeres quieren y él no perderá el tiempo enamorando.

Al llegar bajamos del ascensor con una amena conversación sobre el fin de semana y los preparativos para la despedida de don Maximiliano y la bienvenida del nuevo presidente.

Después de una mañana intensa entre trabajo y reuniones, recibí una llamada de mi madre que me dejó desecha. Nunca antes me habían hecho tanto daño como mamá lo había hecho esta mañana.

—Hola mamá... ¿¡Qué!? ¿¡Cómo así!? ¿Por qué no me esperaste para hablar con él? y ahora que voy a hacer?

colgué la llamada, y con lágrimas en los ojos llegué al baño en donde me derrumbé en llanto.

—¿Por qué lo hizo, por qué mi madre me trata así? ¿Qué le hice, porque no puede simplemente hacer su vida y sus locuras lejos de mí? ¿Por qué me compromete de esa manera? ¿Ahora que voy a hacer? Ahora que logré sentirme un poco estable después del desprecio de Edward.

Me lamentaba de la triste vida que ahora tenía. Soy hija única, de un feliz matrimonio entre Aurora Macera y Louis Griffin, empleado de un prestigioso banco de la ciudad.

Papá falleció cuando tenía 12 años, fue un accidente de auto, el conductor de un camión de carga tuvo un micro sueño saliéndose de su carril y embistió sin control el auto de papá, su muerte fue rápida.

Aurora siempre mantuvo un negocio familiar una Boutique, pero después de la muerte de papá se sintió tan desolada que se perdió en su propio dolor, los médicos decían que era un mecanismo de defensa por la tragedia vivida, pero a veces llegué a pensar que exageraba.

Por su situación emocional no pudo mantener el negocio y casi lo pierde. Los compromisos y las deudas se acumularon, el poco dinero que entraba era para sobrevivir. No sabía hacer negocios y todo se descontroló, la única solución viable fue recurrir a préstamos con usureros para poder pagar los compromisos acumulados y los nuevos adquiridos.

Con mucho esfuerzo terminé mis estudios en una universidad pública, con el dinero que papá me dejó en un fideicomiso. Lo único bueno que logré y me gradué con honores, aunque la situación familiar no me permitió seguir. Aurora cada día se hace más compromisos y yo soy quien los costeo. No pude mantener el negocio y los compromisos de mamá.

Después de calmarme me levanté del piso del baño, lavé mi cara y miré mi reflejo en el espejo, —no lloraré más, ya lloré suficiente por Edward y no derramaré más lagrimas por personas que no me aman.

Salí del baño y me dirigí a la oficina de mi jefe, toqué un par de veces, hasta que escuché el "pase", cerré la puerta en cuanto entré y pedí disculpas por la intromisión.

Aun mis ojos estaban nublados por las lágrimas pues no me percaté del hombre sentado en una de las sillas frente al escritorio de don Maximiliano.

—Señor necesito ausentarme el resto de la tarde, ¿Podría permitirme estas horas para atender un asunto personal? —solicitó con la voz quebrada— Sé que es un atrevimiento de mi parte, después de haber tenido un fin de semana, pero es algo que no contemplaba y se me sale de las manos la situación.

Inmediatamente don Maximiliano se percató de que en sus ojos había rastros de lágrimas, conocía muy bien a su asistente, tenía ya 6 meses de estar trabajando para él, por lo que no le fue difícil notar su voz un tanto quebrada por las secuelas del llanto, así que le concedió el permiso solicitado.

—Claro que sí hija, ve sin ningún problema, es más, voy a llamar a Alfred para que te lleve en el carro y así puedas atender a tiempo tu asunto —acotó el mayor con una cálida sonrisa.

Al escuchar esas palabras el visitante de don Maximiliano dirigió su vista hacia la mujer parada a su lado, su corazón dio un brinco y su cuerpo reaccionó ante la mujer junto a él. Le pareció hermosa, era la mujer más bella que había visto. Pero muy simple y común para su gusto.

A la mente del hombre llegó una curiosidad por esa mujer, aparte de ser la asistente del mayor, también podrían tener alguna relación, pues la forma tan dulce de hablarle y hasta llegar a ofrecerle su coche le daba mucho que pensar.

Rebecca al escuchar el ofrecimiento de su jefe, abrió mucho los ojos en asombro.

—No es necesario señor, sería mucho abuso de mi parte, ya está haciendo bastante con darme la tarde —respondió despidiéndose del mayor.

Rebecca y Arturo no era que mantuvieran una relación muy cordial de jefe y empleada. Pese a que el hombre despertaba un deseo indescifrable en ella y le pareciese mandado a hacer en el mismo olimpo, también le parecía demasiado arrogante para ser hijo de don Maximiliano, no comprendía como un hombre noble, amable, caballeroso y respetuoso pudiese tener como hijo a un arrogante y engreído como él.

En cambio, para Arturo Rebecca despertaba un instinto muy primitivo por poseerla, la mujer le parecía bellísima, sus curvas lo provocaban, su silueta lo ponía, anhelaba estar entre sus piernas envolviéndose en el calor de su cuerpo y lo invadía un deseo por descubrir lo que había detrás se era cara de chica buena y bajo ese elegante uniforme. La tensión sexual en ambos era palpable.

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