La Arquitecta de su Venganza

Sofía Valdés sintió que los párpados le pesaban una tonelada. El té de hierbas que Ricardo Montoya le había preparado, supuestamente para calmar sus nervios, tenía un sabor extraño, demasiado dulce, con un regusto amargo que se le quedó en la garganta. Intentó enfocar la vista en el techo de la habitación del hospital, pero las luces parecían bailar y fusionarse. Un zumbido sordo crecía en sus oídos.

Apenas consciente, flotando en una neblina densa, escuchó voces. Eran Ricardo y su amigo de toda la vida, Mateo Cruz. Las palabras llegaban distorsionadas, como ecos en un pozo.

"…loco, Ricardo… médula ósea… Isa…"

La somnolencia era abrumadora, pero una alarma interna comenzó a sonar.

Mateo sonaba alterado, su voz un reproche airado.

-¿Estás completamente loco, Ricardo? ¿Convencer a Sofía para que le done médula ósea a Isabella? ¿Después de todo lo que ha hecho por ti, por tu familia?

Ricardo respondió, su tono bajo, casi suplicante, pero con un filo de terquedad.

-Es la única compatible, Mateo. Isa está muy grave. Es una enfermedad sanguínea rara, los médicos no le dan muchas esperanzas sin un trasplante.

Mateo soltó una risa amarga, cargada de incredulidad.

-¡Enfermedad! ¡Cuando la plaga del agave casi liquida la fortuna de los Montoya y perdiste hasta la camisa, Isabella te pateó por ese productor de telenovelas de tres pesos! ¿Quién estuvo ahí? ¡Sofía! Ella, con su terquedad oaxaqueña, se puso a investigar nuevas variedades de agave, usó sus ahorros, los que tenía para su maestría, para los primeros cultivos experimentales en sus tierras de Oaxaca. Se mató trabajando día y noche, diseñando la nueva destilería, buscando inversionistas cuando nadie daba un centavo por ti. ¡Te levantó de la nada, Ricardo! ¡Y ahora esto!

Ricardo intentó justificar lo injustificable, su voz teñida de una desesperación que a Sofía le heló la sangre que aún sentía suya.

-Lo sé, lo sé. Después de la donación, le pediré matrimonio. Le daré la boda de sus sueños en la hacienda, como siempre quiso. Será mi esposa, la señora Montoya.

Mateo explotó, su voz ahora un trueno contenido.

-¡No puedo creer lo que escucho! ¿Le vas a proponer matrimonio después de que Isa, esa víbora, te convenció de darle a Sofía unas supuestas "vitaminas" que le provocaron un aborto? ¡Perdió a tu hijo, Ricardo! ¡A tu primogénito! ¡Y tú lo permitiste! ¡Y ahora quieres su médula! ¿Cómo puedes seguir arrastrándote por Isabella después de que te ha usado y desechado como basura una y otra vez?

Sofía sintió como si un rayo la partiera en dos. El aborto… ¿las vitaminas? Un torbellino de imágenes y dolores pasados la golpeó con la fuerza de un huracán: los cólicos terribles, la sangre, la mirada vacía del médico, la forma en que Ricardo la había consolado con palabras huecas mientras Isabella ya rondaba de nuevo. El recuerdo la ahogaba.

Ricardo, con una convicción que rayaba en la locura, confesó su miseria.

-¡Amo a Isa! ¡La amo con locura, Mateo, aunque sea un demonio egoísta y manipulador! ¡No puedo vivir sin ella! Sofía es fuerte, ella lo entenderá.

Entender. La palabra resonó en la mente de Sofía como un insulto. Sintió un pinchazo agudo en la cadera, un dolor frío y penetrante que la arrancó de la niebla. El dolor físico, sin embargo, era una caricia comparado con la devastación que sentía en el alma. Le estaban arrancando algo más que médula; le estaban arrancando la vida, la confianza, el amor que había profesado ciegamente.

Abrió los ojos con esfuerzo. Una enfermera con rostro impasible terminaba de extraerle algo. La habitación giraba. Ricardo estaba a su lado, su rostro una máscara de fingida preocupación.

-Mi amor, despertaste. Tuviste una infección muy fuerte, necesitaron hacerte un procedimiento menor. Pero ya estás bien.

Sofía lo miró, y por primera vez en diez años, lo vio realmente: un hombre débil, egoísta, consumido por una obsesión destructiva. Una risa amarga, silenciosa, brotó de su pecho. Asintió lentamente, fingiendo creer su sarta de mentiras. ¿Un procedimiento menor? Le habían robado parte de su ser para dárselo a la mujer que le había quitado a su hijo.

Ricardo le acarició la frente.

-Tengo que salir urgentemente, unos asuntos de la empresa que no pueden esperar. Volveré en cuanto pueda. Descansa, mi vida.

Se inclinó y le dio un beso frío en la mejilla. Sofía no se movió, no parpadeó. Lo vio salir con prisa.

Poco después, escuchó a dos enfermeras cuchichear en el pasillo.

-Pobre muchacha, tan buena gente. Y el novio, don Ricardo, salió disparado.

-Sí, me dijo la de recepción que fue a comprarle unos churros rellenos a la otra, a la tal Isa. Cruzó toda la ciudad, con la tormenta que está cayendo, solo por unos churros de un puesto famoso. Dicen que esa mujer lo tiene embrujado.

Churros rellenos. En medio de una tormenta. Mientras ella yacía convaleciente después de ser utilizada de la forma más cruel. El corazón de Sofía, ya hecho pedazos, se endureció. Las lágrimas que había contenido se secaron antes de nacer. Se acabó. Se había acabado. Tomó el celular que descansaba en la mesita de noche. Sus dedos temblaban, pero su determinación era de acero. Buscó un número en su agenda. Alejandro Herrera. El principal rival de Ricardo. El hombre que, según los rumores, la miraba con una intensidad que iba más allá de los negocios.

Marcó. Esperó.

-¿Bueno? -La voz de Alejandro sonó profunda, cautelosa.

Sofía respiró hondo.

-Alejandro, soy Sofía Valdés.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, apenas roto por el sonido de un encendedor.

-Sofía. Creí que eras Ricardo, intentando alguna de sus trampas. ¿Qué sucede? Suenas… diferente.

Sofía cerró los ojos un instante, visualizando el camino que estaba a punto de tomar.

-Necesito un favor. Uno muy grande. Alejandro, ¿te casarías conmigo?

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