El motor rugía como una bestia furiosa, un sonido que para mí se había vuelto tan familiar como el latido de mi propio corazón, pero hoy, cada estruendo me causaba una punzada en el estómago. Estaba sentada en la suite de hospitalidad del equipo De La Vega, rodeada de lujos y de gente que sonreía y aplaudía, pero me sentía completamente sola. En la pantalla gigante, el auto azul y plata de mi esposo, Mateo De La Vega, cruzaba la línea de meta, ondeando la bandera a cuadros. La multitud estalló en un grito ensordecedor.
El comentarista gritaba, su voz llena de emoción. "¡Mateo De La Vega, el campeón, lo ha vuelto a hacer! ¡Una victoria impecable! ¡El rey indiscutible de la pista!"
Las cámaras se centraron en Mateo mientras salía del auto, se quitaba el casco y sacudía su cabello sudado, sonriendo esa sonrisa perfecta que enamoraba a todo México. Miró directamente a la cámara, como si pudiera verme a través de ella.
"Esta victoria es para mi esposa," dijo, su voz resonando en todo el circuito. "Ximena, mi amor, mi luz, todo lo que hago es por ti."
La gente a mi alrededor suspiró, las mujeres me miraban con envidia y los hombres con admiración por Mateo. Me obligué a sonreír, a levantar la mano y saludar a la cámara como se esperaba de la esposa perfecta. Pero por dentro, sentía que un hielo amargo me recorría las venas. Mi corazón se apretó dolorosamente. Era una mentira. Todo era una hermosa y brillante mentira.
Justo en ese momento, mi teléfono vibró en mi bolso. No necesitaba mirar para saber quién era. Lo saqué de todos modos. Un número desconocido.
El mensaje era corto y cruel. "Viste qué guapo se ve tu esposo en televisión? Lástima que esta noche no dormirá contigo. Vendrá a celebrar su victoria conmigo."
Mi respiración se atoró en mi garganta. El mundo a mi alrededor, los vítores, las sonrisas, el champán, todo se desvaneció en un zumbido sordo. Me quedé mirando la pantalla del teléfono, las palabras quemándome los ojos. La traición era un veneno lento, y yo llevaba meses bebiéndolo a sorbos.
Mi mente voló hacia atrás, a cuando conocí a Mateo. No era el famoso piloto de carreras de la dinastía tequilera De La Vega. Era solo un chico con un sueño, con más pasión que dinero, que corría en circuitos locales con un auto remendado. Yo era una simple estudiante de diseño, y vi en sus ojos un fuego que me cautivó. Creí en él cuando nadie más lo hacía.
Trabajé en dos empleos para ayudarlo a pagar las refacciones, pasé noches en vela diseñando los logos para su auto, lo animé después de cada derrota. Su familia, los poderosos De La Vega, lo consideraban una vergüenza, un rebelde que manchaba su apellido con la grasa de los motores en lugar de la tierra de agave. Lo despreciaban. Pero yo lo amaba.
Recuerdo una noche, en un taller polvoriento, después de que un pequeño incendio en el motor casi nos cuesta todo. El fuego se extendió rápido. El humo era espeso y negro, y yo me quedé paralizada por el pánico. Mateo no lo pensó dos veces. Corrió a través de las llamas, me tomó en sus brazos y me sacó de allí. Su piel estaba quemada, su ropa chamuscada, pero sus ojos solo me miraban a mí.
"Mientras yo viva, nada te pasará," me susurró esa noche, su voz ronca por el humo, mientras me abrazaba contra su pecho. "Eres mi luz en la oscuridad, Ximena. Te amo más que a mi propia vida."
Ese era el hombre del que me había enamorado. El hombre que había prometido protegerme siempre.
Pero ese hombre había desaparecido, reemplazado por la celebridad que ahora veía en la pantalla, un extraño que realizaba grandes gestos de amor en público mientras me apuñalaba por la espalda en privado. La aparición de esa otra mujer, esa sombra que se cernía sobre nuestro matrimonio, lo había cambiado todo.
El primer mensaje llegó hace seis meses. Anónimo, como siempre. Una foto. Mateo riendo con una mujer despampanante en un bar, su brazo alrededor de ella de una manera demasiado íntima. Al principio, me negué a creerlo, me dije que eran negocios, que era un malentendido. Pero los mensajes siguieron llegando. Fotos más íntimas, detalles de sus encuentros, burlas sobre lo ingenua que yo era.
Bloqueaba un número y ella me escribía de otro. Era un juego cruel y calculado para destruirme.
Miré de nuevo el mensaje en mi teléfono, luego levanté la vista hacia la pantalla gigante donde Mateo seguía sonriendo, levantando su trofeo. El héroe de todos. Mi verdugo personal. La sonrisa en mi rostro se sentía como una máscara de yeso, a punto de romperse en mil pedazos. El dolor era tan agudo, tan real, que tuve que agarrarme del borde de la mesa para no caerme.





