Sofía era la reina de su propio universo, un universo que olía a agave azul y a billetes recién impresos, el legado de la tequilera de su familia "El Alma de Jalisco". Pero esa noche, en la gala anual de la Cámara de Comercio, se sentía como una leona en una jaula de monos pretenciosos, especialmente con Rodrigo de la Vega pegado a su codo como una mancha de grasa.
Él era el epítome de todo lo que ella despreciaba, un charlatán con una cartera abultada y un ego aún más grande.
"Sofía, preciosa", arrulló Rodrigo, su aliento olía a whisky caro y a falsedad, "¿ya pensaste en mi propuesta? Nuestros padres juntos en negocios, nosotros juntos en la vida, seríamos la pareja del siglo".
Sofía ni siquiera se giró para mirarlo, sus ojos estaban fijos en el escenario, donde un grupo de mariachis afinaba sus instrumentos.
"Rodrigo", dijo ella con una voz tan fría que podría congelar el tequila, "la última vez que revisé, no estaba en venta, y mi vida no es una transacción comercial, ahora si me disculpas, estás bloqueando mi vista".
La sonrisa de Rodrigo flaqueó por un segundo antes de convertirse en una mueca de arrogancia.
"Vamos, Sofía, no te hagas la difícil, a todas les gusta el dinero y el poder, y yo tengo de sobra".
"Qué bueno por ti", respondió ella, finalmente girándose para clavarle una mirada afilada, "entonces ve y cómprate una personalidad, quizá encuentres una que no sea tan desagradable".
Sin esperar respuesta, lo dejó plantado y caminó con determinación hacia el escenario, su vestido de diseñador ondeando a su paso, sus ojos fijos en un solo hombre: el mariachi del guitarrón.
Era alto, con hombros anchos que llenaban el traje de charro de una manera que debería ser ilegal, sus manos eran grandes y callosas, claramente las manos de un hombre que trabajaba, su cabello negro y ligeramente revuelto le daba un aire salvaje, y cuando sus ojos oscuros se encontraron con los de ella, Sofía sintió una corriente eléctrica recorrerla.
Se acercó a él justo cuando terminaban una canción.
"Oye, guapo", dijo ella, con una voz deliberadamente ronca y directa.
El hombre la miró, sorprendido por su audacia, una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
"¿Se le ofrece algo, señorita?"
Su voz era profunda, una caricia de terciopelo.
"Sí", dijo Sofía, inclinándose un poco, "quiero saber si tocas tan bien como te ves".
La sonrisa del mariachi se amplió, mostrando unos dientes perfectos.
"Mi nombre es Mateo, y dicen que no lo hago tan mal".
Sofía recorrió con la mirada su traje, notando el discreto desgaste en los bordados de plata y el cuero un poco ajado de sus botas, olía a trabajo, a sudor honesto y a un jabón barato, no a las colonias empalagosas de los hombres de su círculo, este hombre era real, era auténtico.
Era exactamente lo que estaba buscando.
"Sofía", se presentó ella, "y creo que eres justo lo que necesito esta noche".
Mateo levantó una ceja, divertido.
"Soy un músico, señorita, no estoy en el menú".
"Oh, no te preocupes", ronroneó Sofía, disfrutando el juego, "no tengo hambre, solo curiosidad, una gran, gran curiosidad".
Ella lo miró de arriba abajo, sin disimulo, catalogando cada músculo bajo el traje, cada línea de su rostro curtido por el sol, era perfecto, un diamante en bruto lejos de la falsedad de su mundo dorado.
Lo que Sofía no sabía era que el "diamante en bruto" frente a ella era Mateo "El Potrillo" Garza, el único heredero del imperio musical más grande de México, Grupo "Los Potrillos", y que su traje "desgastado" era una pieza de colección hecha a medida que valía más que el coche de Rodrigo, él estaba allí esa noche solo como un favor para un viejo amigo, buscando un respiro de las juntas directivas y los contratos millonarios.
Y acababa de encontrar la distracción más interesante de toda su vida.





