Cinco años después.
El champán tenía un sabor metálico, o quizás era el sabor del miedo lo que impregnaba el salón de baile del Hotel Plaza.
Elena Rivas ajustó el auricular en su oreja, tratando de ignorar el dolor punzante en sus pies. Llevaba doce horas de pie, corriendo de un lado a otro con tacones de siete centímetros que no podía permitirse reemplazar, organizando la "Gala de la Innovación" de Vanguard Tech. Innovación. La palabra le parecía un chiste cruel. La única innovación que Claudio Vega había introducido en los últimos cinco años era encontrar nuevas formas de maquillar los balances financieros para ocultar que la empresa se hundía.
-¡Elena! -El grito agudo cortó el murmullo de las conversaciones educadas.
Elena cerró los ojos un segundo, respiró hondo y compuso su rostro en una máscara de eficiencia neutra antes de girarse. Sofía Vega, vestida con un diseño exclusivo de Versace que costaba más que el salario anual de Elena, la fulminaba con la mirada desde la zona VIP.
-Señora Vega -dijo Elena, acercándose rápidamente-. ¿En qué puedo ayudarla?
Sofía señaló su copa vacía con una uña manicurada en rojo sangre.
-Le dije al camarero hace cinco minutos que quería más hielo. Claudio está sudando como un cerdo en el escenario y necesito que esto parezca una celebración, no un funeral. ¿Es que tengo que hacerlo todo yo? Para eso te pagamos, ¿no?
Elena apretó la mandíbula. "Pagar" era un término generoso. Su sueldo apenas cubrías las facturas del tratamiento de diálisis de su madre, razón por la cual soportaba los gritos, las horas extras no remuneradas y la humillación diaria.
-Me ocuparé de inmediato, señora -respondió Elena con voz suave.
Mientras se alejaba hacia la barra, Elena echó un vistazo al escenario. Claudio estaba frente al micrófono, con el rostro brilloso por el sudor y una sonrisa demasiado amplia, demasiado desesperada. Estaba hablando sobre el "futuro brillante" de la compañía, pero todos en la sala -inversores, prensa y competidores- sabían la verdad. Las acciones habían caído un 40% este trimestre. Vanguard Tech era un barco con una vía de agua, y las ratas ya estaban buscando los botes salvavidas.
El rumor en los pasillos era que Claudio había encontrado un "salvador". Un misterioso conglomerado de inversiones extranjeras llamado Blackwood Holdings. Nadie sabía quién estaba detrás, solo que tenían capital ilimitado y una reputación de depredadores. Hoy, supuestamente, el CEO de Blackwood haría acto de presencia para formalizar la intención de compra.
Elena sintió una punzada de lástima, no por Claudio, sino por el pobre diablo que decidiera comprar este desastre. Claudio y Sofía eran como termitas; habían devorado la estructura sólida que el fundador original -aquel tal Damián Cruz del que solo quedaban viejas fotos en el archivo- había construido, dejando solo una cáscara vacía y podrida.
De repente, el aire en el salón cambió.
No fue un sonido, sino una ausencia de él. El murmullo constante de trescientas personas se apagó como si alguien hubiera bajado el volumen de golpe. La orquesta de jazz titubeó y dejó de tocar.
Elena se giró hacia la entrada principal, con la hielera en la mano.
Las puertas dobles de caoba estaban abiertas de par en par. Y allí, recortado contra la luz del vestíbulo, había una figura que parecía absorber la luminosidad del ambiente.
Era un hombre alto, superando el metro noventa, enfundado en un esmoquin negro hecho a medida que se ajustaba a unos hombros anchos y poderosos, muy diferentes a los trajes holgados de los ejecutivos habituales. Caminaba con una elegancia depredadora, lenta y deliberada.
Pero no era su ropa lo que había silenciado la sala. Era su rostro.
Tenía una barba oscura, perfectamente recortada pero densa, que ocultaba la mitad de sus facciones y le daba un aire salvaje, casi peligroso. Una cicatriz fina y pálida cruzaba su ceja izquierda, rompiendo la simetría de un rostro que, de otro modo, habría sido demasiado perfecto. Sus ojos eran oscuros, insondables, y barrían la sala con la frialdad de un juez dictando sentencia de muerte.
Dante Blackwood había llegado.
Elena sintió un escalofrío involuntario recorrerle la espalda. Había visto a hombres poderosos antes, pero este hombre emanaba algo diferente. No proyectaba dinero; proyectaba violencia contenida. Era como ver a un lobo entrar en un corral de ovejas engalanadas.
Claudio, que se había quedado congelado en el escenario con la boca abierta, reaccionó tarde. Bajó los escalones casi tropezando, secándose el sudor de la frente con un pañuelo, y corrió hacia el recién llegado con Sofía pegada a sus talones, transformando su mueca de desprecio en una sonrisa encantadora en cuestión de segundos.
-¡Señor Blackwood! -exclamó Claudio, extendiendo la mano con entusiasmo nervioso-. Es... es un honor. No sabíamos si su avión llegaría a tiempo. Soy Claudio Vega, CEO de Vanguard.
El hombre ignoró la mano extendida. Simplemente se quedó allí, mirando a Claudio. El silencio se alargó hasta volverse incómodo, doloroso. Elena contuvo la respiración. Nadie ignoraba a Claudio Vega en su propia fiesta sin consecuencias.
-Señor Vega -la voz de Dante Blackwood era profunda, rasposa, como grava triturada bajo una bota pesada. Tenía un acento indescifrable, una mezcla de aristocracia europea y callejones oscuros-. Su fiesta huele a desesperación.
El susurro de asombro recorrió la sala. La sonrisa de Claudio vaciló.
-Yo... eh... es una gala benéfica, señor Blackwood. Estamos celebrando...
-Están celebrando que voy a inyectar quinientos millones de dólares para que no tengan que declararse en bancarrota mañana por la mañana -interrumpió Dante, sin levantar la voz, pero asegurándose de que los inversores cercanos lo escucharan.
Sofía, viendo que su marido estaba siendo aplastado, intervino, desplegando todo su encanto ensayado. Dio un paso adelante, poniendo una mano sobre el brazo del esmoquin de Dante.
-Señor Blackwood, soy Sofía Vega. Es un placer tener a un hombre de su... calibre, aquí. -Lo miró a los ojos, coqueteando descaradamente-. Me resulta vagamente familiar. ¿Nos hemos visto antes? Quizás en Mónaco o Aspen...
Dante bajó la mirada hacia la mano de ella en su brazo. Su expresión no cambió, pero sus ojos destellaron con algo que parecía odio puro, tan intenso que Elena, observando desde la distancia, sintió ganas de retroceder.
-Tengo un rostro común, señora Vega -dijo él, retirando el brazo con un movimiento suave pero firme, como si el contacto le repugnara-. Y le aseguro que si nos hubiéramos conocido antes, lo recordaría. Yo nunca olvido una cara. Ni una deuda.
Sofía parpadeó, confundida por el rechazo y el tono amenazante.
-Bien -Dante miró por encima de las cabezas de la pareja, escaneando la sala como si buscara algo-. No he venido a beber champán barato ni a socializar con cadáveres corporativos. Quiero ver los libros actualizados. Ahora.
-¿Ahora? -Claudio palideció-. Pero... la gala... los invitados...
-Ahora -repitió Dante. Su mirada se posó, casi por accidente, en Elena, que seguía parada cerca de la barra, abrazando la hielera como si fuera un escudo.
Durante un segundo, el mundo se detuvo para Elena. Esos ojos oscuros la atravesaron, desnudándola, evaluándola. No había deseo en esa mirada, al menos no del tipo habitual. Había cálculo. Era como si él estuviera resolviendo una ecuación matemática compleja y ella fuera una variable inesperada. Elena quiso apartar la vista, intimidada, pero algo en la profundidad de esos ojos rotos la ancló al suelo. Vio soledad. Una soledad tan vasta y antigua que le cortó la respiración.
Dante rompió el contacto visual tan rápido como lo había iniciado y volvió a mirar a Claudio.
-Necesito un enlace. Alguien que conozca la empresa pero que no esté contaminado por su... gestión creativa -dijo Dante, con una mueca de asco-. No quiero tratar con usted directamente hasta que mis auditores terminen. Quiero a alguien competente. Y quiero a alguien ahora.
Claudio miró a su alrededor, desesperado. Sus vicepresidentes estaban borrachos o escondidos. Sus ojos cayeron sobre Elena.
-¡Elena! -llamó Claudio, chasqueando los dedos como si llamara a un perro.
Elena se tensó. «No, por favor, no», pensó.
-Ven aquí. Inmediatamente.
Ella caminó hacia el centro del salón, sintiendo el peso de trescientas miradas en su espalda, y sobre todo, la mirada pesada y ardiente de Dante Blackwood. Cuando llegó junto a ellos, se sintió minúscula al lado de la imponente figura del desconocido. Olía a sándalo, a lluvia fría y a tabaco caro. Un aroma embriagador y peligroso.
-Señor Blackwood, ella es Elena Rivas, mi asistente ejecutiva -dijo Claudio, empujándola ligeramente hacia adelante-. Conoce la agenda, los archivos y los números mejor que nadie. Es... servicial. Y discreta.
Dante la miró desde su altura. De cerca, Elena pudo ver que la cicatriz en su ceja continuaba ligeramente hacia la sien. Era un hombre marcado.
-Elena -dijo él, probando el nombre en su lengua. Sonó casi como una advertencia.
-Señor Blackwood -respondió ella, alzando la barbilla. Se negó a mostrar miedo, aunque le temblaban las rodillas. Había lidiado con cobradores de deudas y médicos impacientes; podía lidiar con un multimillonario arrogante.
Dante notó el gesto desafiante. Una chispa de interés, o quizás de diversión oscura, iluminó sus ojos muertos.
-¿Conoces los protocolos de seguridad del servidor privado de Vega? -preguntó él.
-Sí -respondió ella sin dudar.
-¿Tienes acceso a las agendas personales y a los registros de gastos no oficiales?
Claudio hizo un ruido de protesta, pero una mirada de Dante lo silenció. Elena miró a su jefe, al hombre que le negaba los aumentos mientras gastaba miles en cenas, al hombre que la trataba como mobiliario. Luego miró a Dante. Vio una oportunidad. O quizás, vio un arma.
-Tengo acceso a todo, señor -dijo Elena con firmeza.
Dante sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de un depredador que acaba de encontrar la llave de la jaula.
-Excelente -Dante se giró hacia Claudio-. Me la quedo.
-¿Disculpe? -parpadeó Claudio.
-Durante el proceso de adquisición y auditoría, la señorita Rivas trabajará exclusivamente para mí. Responderá ante mí. Y si descubro que usted intenta darle una sola orden, o si intenta ocultarme algo que ella sepa, retiraré mi oferta y dejaré que los bancos se coman los restos de su empresa al amanecer. ¿Estamos claros?
Claudio asintió, pálido y sudoroso. Sofía miraba a Elena con un odio renovado, pero no se atrevió a hablar.
-Bien -Dante volvió a mirar a Elena. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal, obligándola a levantar la vista. Su voz bajó una octava, volviéndose un susurro íntimo y aterrador solo para ella-. Vámonos, Elena. Tenemos mucho trabajo que hacer. Y te advierto una cosa: yo no tolero la lealtad a medias. O eres mía, o eres mi enemiga. Elige ahora.
Elena miró la mano que él no le ofrecía, miró la salida y miró a sus antiguos jefes. Su corazón latía desbocado. Sabía que estaba haciendo un pacto con el diablo. Pero el diablo, al menos, parecía tener un plan.
-Soy suya, señor Blackwood -dijo ella.
Dante asintió, satisfecho.
-Entonces, empieza por tirar esa hielera. No eres camarera. A partir de hoy, eres la mano derecha del nuevo dueño.
Dante dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida sin esperarla, sabiendo que ella lo seguiría. Y Elena, dejando la hielera caer sobre la alfombra inmaculada con un golpe sordo, lo siguió hacia la oscuridad de la noche, sin saber que acababa de entrar en la boca del lobo.





