Edith estaba por defenderse cuando alguien se acercó a nuestro grupo e interrumpió la charla. Las risas se acallaron de inmediato y el aire se sintió repentinamente tenso cuando Alexander Colbourn hizo acto de presencia.
Me miró por un tiempo no mayor de un segundo y después saludó con un gesto a los demás. Todos correspondieron, a excepción de mí.
—Ethan, necesito hablar contigo—dijo tranquilamente y mi amigo asintió, para después disculparse y alejarse unos metros con el chico.
Siempre que él estaba con nosotros, la atmósfera se sentía mil veces más pesada, como si trajera consigo una vibra oscura, extraña.
No sabía cómo describir la sensación y no me agradaba en absoluto. Sin embargo, lo cierto era que sabía se trataba de un sentimiento compartido, pues siempre que por un desafortunado accidente del destino él osaba posar sus ojos en mí, su expresión era extraña; como una mezcla de curiosidad y repugnancia.
O tal vez era solo mi paranoia y nuestra historia familiar, que no me permitía convivir con él como gente normal. Aunque él también contribuía a volver nuestra relación más incómoda de lo que ya era ignorándome más que a una mancha en la pared siempre que estaba con los chicos.
¿Inmaduro? Tal vez. ¿Grosero? Sí. ¿Me importaba? No.
Podía contar con los dedos de mi mano derecha las veces que nos habíamos dirigido la palabra y todo el tiempo terminaba siendo algo extraño y muy, muy incómodo.
Todo lo que sabía era que...bueno, nada en realidad. No sabía nada de él, sólo los hechos: que era extrañamente popular, criminalmente guapo y, según decían mis amigos y mi novio, una persona carismática.
Ethan me daba la espalda y mientras charlaba con Alexander, los planetas volvieron a alinearse y sus ojos azules conectaron con los míos. Me sostuvo la mirada por un par de segundos y de inmediato me sentí inmersa en ese tonto juego de mira-quien-resiste-más, y yo odiaba perder, así que me obligué a no parpadear, aunque su mirada resultara mil veces más penetrante y avasalladora que la mía. Luego pareció rendirse, enfocándose de nuevo en mi amigo y en su acalorada conversación.
Era tan...
—¿Leah?—inquirió de pronto Jordan, sacándome de mis cavilaciones y de mi cruda batalla campal con el hijo de Drácula.
—Perdón, ¿qué?—musité sacudiendo la cabeza, con los ojos miel de mi novio mirándome expectantes.
—Qué distraída estás hoy—acarició mi mejilla y agradecí su cálido toque—. Edith decía que te vería por la noche en la fiesta de tus padres y se ha ido con Sara a la cafetería. Yo te comentaba que tal vez llegaría un poco tarde.
—Ah—contesté aún dentro de mi estupor, y parpadeé un par de veces buscando concentrarme—. Claro, no hay problema.
—Después iremos a la fiesta de Madeleine, ¿no es así?— sonrió y yo le correspondí entusiasmada.
—¡Por supuesto!—dije bailoteando a su alrededor y él soltó una carcajada ronca—. Las fiestas de papá a veces son tan mortalmente aburridas, las odio.
—Nunca entiendo una mierda de lo que hablan, aunque valdrá la pena si después puedo estar contigo—sus ojos miel se iluminaron con devoción.
Adoraba la manera en que me miraba, como si lo reservara sólo para mí.
—Lo sé, tampoco entiendo nada—concedí—. Pero, después de eso podemos ir a una verdadera fiesta.
—Eso suena mucho mejor—se acercó de nuevo, colocando sus manos en mi cintura y acercándome para reclamar su beso—. Debo ir a entrenar—susurró aún cerca de mí y yo estuve a punto de hacer un puchero.
—De acuerdo.
—Alex, ¿vamos juntos?—preguntó Jordan una vez nos separamos.
Estaba tan abstraída en nosotros que no reparé en que ya habían vuelto.
Clavé mis ojos en él sin disimularlo el ningún momento, pero Alexander ni siquiera se inmutó.
—Por supuesto—dijo con una sonrisa que parecía genuina. Se despidió de Ethan y, cuando fijó sus orbes en mí, encuadré los hombros y crucé los brazos, buscando dejarle en claro lo que era evidente.
Pasó a mi lado como si nada y tomó su camino junto a Jordan.
—Qué chico tan extraño, en serio—acoté una vez estuvieron lo suficientemente lejos—. Es insoportable, no sé cómo Jordan y tú pueden estar cerca de él.





