Heredero de la Luna

Ethan se quedó congelado, su respiración pesada llenando el silencio de la habitación. Los ojos amarillos habían desaparecido tan rápido como habían aparecido, pero eso no significaba que la amenaza se hubiera desvanecido.

Se levantó de golpe y tomó la pistola que guardaba en el cajón de la mesa de café. Con pasos controlados, se acercó a la ventana y miró hacia la calle. Nada. Solo el reflejo de las luces de los autos ocasionales y el murmullo de la ciudad que nunca dormía.

Pero lo sintió. Algo estaba ahí fuera.

Apretó la mandíbula y se apartó de la ventana, cerrando las cortinas. No tenía sentido salir a perseguir sombras. En cambio, necesitaba respuestas.

Se dirigió al viejo armario de su habitación, apartó algunas chaquetas y sacó una caja de madera que no había tocado en años. La colocó sobre la cama y la abrió con cautela. Dentro, encontró lo que buscaba.

Un colgante de plata con un extraño símbolo tallado.

Era lo único que le quedaba de su abuelo.

Aún recordaba la noche en que se lo había dado.

"Tarde o temprano, vas a entender lo que significa. Y cuando ese día llegue, estarás en peligro."

Ethan nunca había comprendido esas palabras... hasta ahora.

Cerró la caja con un suspiro y tomó su chaqueta. Si quería respuestas, solo había un lugar al que podía ir.

◆◆◆

El bar "La Madriguera" era un lugar al que solo los conocedores entraban. Desde afuera parecía un establecimiento común, pero cualquiera que hubiera escuchado rumores sabía que ahí se reunían los que no encajaban en la sociedad normal.

Ethan empujó la puerta y caminó hacia la barra. El olor a licor y humo lo golpeó, pero no le importó.

El hombre detrás de la barra, un tipo robusto con barba espesa y ojos oscuros, levantó la vista y lo reconoció de inmediato.

-Varela. Hace tiempo que no te veo por aquí.

-Necesito información, Franco -dijo Ethan sin rodeos.

Franco lo miró por un momento, como si estuviera debatiendo si valía la pena hablar. Finalmente, suspiró y sirvió un trago de whisky.

-No preguntas cosas simples, eso lo sabemos los dos. ¿De qué se trata?

Ethan se inclinó sobre la barra.

-Ataques en la ciudad. Cuerpos mutilados. Ojos amarillos en la oscuridad.

Franco endureció la expresión.

-No me jodas...

-No lo haría si no fuera serio. Sabes algo, Franco.

El barman miró a su alrededor, asegurándose de que nadie estuviera escuchando, y se inclinó un poco más.

-Hay rumores. Algo se está moviendo en las sombras. Algunos dicen que una manada antigua ha regresado, otros que alguien está rompiendo el equilibrio. Pero hay un nombre que se ha estado repitiendo últimamente.

Ethan entrecerró los ojos.

-¿Cuál?

Franco tomó un trago antes de responder.

-Los Ferrer.

Ethan sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No había escuchado ese nombre en mucho tiempo.

-Pensé que estaban muertos.

-Yo también. Pero si han vuelto... significa que esto apenas comienza.

◆◆◆

Ethan salió del bar con la mente llena de pensamientos oscuros.

Los Ferrer no eran cualquier manada.

Habían sido una de las más poderosas, despiadadas en su tiempo. Controlaban gran parte de los bajos fondos y tenían un código que nadie se atrevía a desafiar. Hasta que algo los destruyó.

O al menos eso era lo que se creía.

Encendió un cigarro y caminó hacia su auto. Estaba metiéndose en un territorio peligroso, pero no tenía opción.

Giró la llave en el contacto y el motor rugió. Pero antes de que pudiera salir, sintió algo.

Ese escalofrío otra vez.

No estaba solo.

Su mirada se desvió hacia el espejo retrovisor.

Y allí, en la oscuridad del callejón, lo vio de nuevo.

Ojos amarillos.

Pero esta vez... no estaban solos.

Había más. Muchos más.

La cacería había comenzado.

Ethan apretó el volante, su pulso acelerándose mientras su mente procesaba la escena ante él. Ojos amarillos brillaban en la oscuridad del callejón, parpadeando entre las sombras como depredadores al acecho. Eran al menos cinco, tal vez más.

El instinto le gritó que arrancara, que saliera de ahí antes de que fuera demasiado tarde. Pero Ethan sabía que huir solo lo convertiría en presa. Y él no era una presa.

Con un movimiento rápido, deslizó la mano hacia la guantera y sacó su revólver. Lo cargó con balas de plata. No sabía si las historias eran ciertas, pero si lo eran, no quería estar indefenso.

Respiró hondo y abrió la puerta del auto.

La noche estaba fría, la humedad del asfalto le daba un aire espectral a la calle. El callejón estaba silencioso. Demasiado silencioso.

-Sé que están ahí -dijo Ethan, su voz firme, sin rastro de miedo-. ¿Van a quedarse escondidos o vamos a hacer esto de una vez?

Hubo un murmullo entre las sombras. Luego, un movimiento.

Uno de ellos salió a la luz.

Era un hombre alto, de cabello oscuro y ojos brillantes como los de un animal. Su rostro era anguloso, con una mandíbula fuerte y una piel que parecía tensarse sobre los huesos como si estuviera a punto de transformarse en algo más.

-Varela... -su voz era profunda, rasposa, casi gutural-. Sabía que eventualmente nos encontraríamos.

Ethan levantó el arma sin dudar.

-¿Quién eres?

El hombre sonrió.

-Mi nombre no importa. Lo que importa es que estás en territorio equivocado.

-¿Territorio? -Ethan frunció el ceño-. Esto es una maldita ciudad, no la selva.

-Las reglas han cambiado -el hombre inclinó la cabeza-. Y tú sigues sin entenderlas.

Antes de que Ethan pudiera reaccionar, el hombre se movió.

Demasiado rápido.

Era como si la gravedad no lo afectara. Un instante estaba a varios metros de distancia y al siguiente ya estaba frente a él, empujándolo con una fuerza descomunal. Ethan cayó contra el capó de su auto, su arma resbalando de su mano.

Maldición.

El desconocido lo sostuvo por el cuello, apretando con una fuerza que no era humana.

-Siempre supe que algún día despertarías -susurró el hombre-. Pero no pensé que seguirías negando lo que eres.

Ethan forcejeó, tratando de soltarse. Su visión se nublaba, su respiración se volvía difícil.

Fue entonces cuando ocurrió.

Un ardor recorrió su cuerpo. Primero en su pecho, luego en sus brazos y piernas. Como si su sangre se hubiera encendido.

Y el hombre lo notó.

-Ah... ahí está -susurró con una sonrisa depredadora-. Estás despertando.

Ethan no entendía lo que estaba pasando. Su cuerpo temblaba, su visión se volvía más clara, más aguda. Su respiración se hizo pesada, profunda.

Entonces, sin pensarlo, dejó que el instinto lo guiara.

Soltó un gruñido bajo y con una fuerza que no sabía que tenía, apartó al hombre de un solo movimiento.

El tipo salió despedido varios metros, chocando contra una pared.

Ethan cayó de rodillas, jadeando.

¿Qué demonios había sido eso?

El hombre se levantó lentamente, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano.

-Impresionante... -dijo, sin dejar de sonreír-. Muy impresionante.

Ethan lo miró con furia, su corazón latiendo con fuerza, su cuerpo aún temblando por la adrenalina.

El hombre lo miró con satisfacción.

-Nos veremos pronto, Varela.

Y con eso, se desvaneció en las sombras, llevándose consigo a los otros.

Ethan se quedó ahí, de rodillas en el pavimento, sintiendo el ardor recorrer su cuerpo.

Sabía que algo había cambiado.

Y ya no había vuelta atrás.

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