Punto de vista de Anahí Torres:
El agua seguía brotando, un rugido ensordecedor que llenaba el baño estéril. Mis dientes castañeteaban sin control, pero el frío era casi un consuelo, una sensación física lo suficientemente fuerte como para distraerme momentáneamente del caos en mi mente y del ardor en mis entrañas. Me arrastré fuera de la bañera, mis músculos gritando en protesta, mi ropa empapada pegada desagradablemente a mi piel. Cada movimiento era un esfuerzo, un testimonio de la batalla invisible que se libraba dentro de mí.
Mis pies crujieron sobre la botella de vino rota en la recámara, cada paso un doloroso recordatorio de la furia de Agustín. La habitación era un desastre, almohadas rasgadas, lámparas volcadas, un caos que reflejaba el paisaje de mi alma. Pero en medio de la destrucción, algo brilló bajo la dura luz del techo.
Era una pequeña caja de terciopelo, casi perfectamente conservada a pesar de los destrozos a su alrededor. Mi visión se nubló ligeramente, mi cabeza nadaba por el frío y el dolor, pero tropecé hacia ella, atraída por un impulso inexplicable. Suavemente, la recogí, mis dedos temblando.
Dentro, acunado en un cojín de seda, había un collar de diamantes. No cualquier collar. Era el "Abrazo Estelar", una pieza a medida de Cartier, el diamante central una maravilla en forma de lágrima rodeada de piedras más pequeñas e intrincadamente engastadas. Había aparecido en Vogue México, una obra maestra del diseño moderno. Agustín le había ganado la puja a un jeque árabe en una subasta benéfica, una grandiosa exhibición pública de su supuesta devoción.
Una risa amarga escapó de mis labios, un sonido seco y áspero. Recordé la noche en que me lo regaló, hace solo unos meses. Había orquestado una lujosa "cena de reconciliación", con un chef privado y un cuarteto de cuerdas tocando nuestra canción de bodas. Habló de nuevos comienzos, de reconstruir lo que habíamos perdido, de un amor más fuerte que cualquier error. Me había colmado de regalos caros, me había llevado a viajes extravagantes, reconstruyendo meticulosamente la fachada de nuestra vida perfecta. Había sido tan serio, tan atento, tan obsesivo en su afán por recuperarme.
Y por un tiempo, un tonto y fugaz tiempo, casi le había creído. Empecé a preguntarme si tal vez, solo tal vez, su aventura había sido un momento de debilidad, una aberración. Parecía tan genuinamente arrepentido, tan desesperado por expiar. Se había convertido en el esposo perfecto en el papel, anticipando cada una de mis necesidades, asfixiándome con su sofocante afecto.
Pero el miedo a la traición se había calcificado dentro de mí, formando un caparazón impenetrable. Cada llamada telefónica tardía, cada mensaje de texto apresurado, cada mirada compartida con una asistente, todo se convertía en monumentales focos rojos, prueba de su engaño inherente. El trauma de mi infancia, la forma en que mi mundo se hizo añicos cuando mi madre se suicidó después de que mi padre se fuera, abandonándome a días de terror solitario, había deformado mi percepción. Agustín se había convertido en un sustituto de mi padre, y yo estaba constantemente preparada para el próximo abandono.
La verdad era que estaba agotada. Agotada por la vigilancia constante, por la farsa, por el lento y doloroso deterioro de mi propio cuerpo. El cáncer era una broma cruel, una manifestación física de la podredumbre emocional que se había instalado después de la primera traición de Agustín. Era un reloj en cuenta regresiva, y con cada día que pasaba, mi paciencia, mi capacidad de perdonar, se marchitaba. No quería un nuevo comienzo. Quería un final. Una finalidad que borrara el dolor.
Mi aventura de venganza no fue un acto de pasión. Fue un experimento. Una prueba desesperada y retorcida. Necesitaba ver si realmente cambiaría, si su amor posesivo era genuino, o si era solo otra faceta de su control. Necesitaba saber si él sentiría el mismo vacío que aplasta el alma que yo había sentido.
—Dijiste que nunca me abandonarías de nuevo —susurré a la habitación vacía, agarrando el collar—. Pero lo hiciste, ¿no? Me abandonaste a plena vista, mientras pretendías construirme una jaula dorada.
Pensé en su primera aventura, la que había comenzado todo esto. ¿Cómo pudo haberse alejado de mí, de todo lo que construimos, por ella? ¿Qué le había ofrecido ella que yo no pudiera?
Mis dedos rozaron algo más escondido debajo de un recibo arrugado. Era una pequeña tarjeta en relieve. Mi visión volvió a nadar, pero forcé mis ojos a enfocar. "Para Anahí, mi único y verdadero amor. Que esto sea un símbolo de nuestro lazo inquebrantable. Tuyo por siempre, Agustín." Las palabras estaban garabateadas con su elegante caligrafía, un marcado contraste con la violencia que acababa de desatar.
Una oleada de risa amarga sacudió mi cuerpo, convirtiéndose en una tos seca y cortante que me apretó el abdomen, enviando agudas punzadas de dolor a través de mis entrañas. Se sentía como si mil pequeñas agujas me perforaran el estómago, una agonía familiar que me llenó los ojos de lágrimas. Los diamantes del collar se burlaban de mí, brillando con un resplandor frío e indiferente.
Mi teléfono vibró en la mesita de noche, una interrupción discordante en el silencio sofocante. Lo levanté, mis dedos torpes. Era un mensaje de un número desconocido. Una foto.
Era Cristina. Cristina Robles, la influencer de redes sociales, la amante de Agustín. Su rostro, perfectamente esculpido por filtros y procedimientos caros, brillaba desde la pantalla. Estaba recostada sobre un elegante Porsche negro, con los labios entreabiertos en un puchero sensual. El pie de foto era corto, agudo y diseñado para herir: "El nuevo juguetito de Agustín. Algunas mujeres saben cómo mantener felices a sus hombres."
Se me cortó la respiración. Reconocí el Porsche. Era la adquisición más reciente de Agustín, un auto que había comprado la semana pasada, afirmando que era una inversión. Miré la imagen, luego volví a mirar el collar "Abrazo Estelar" en mi mano. Dos regalos muy diferentes, dos mujeres muy diferentes. Mi calma se hizo añicos, reemplazada por una furia fría y abrasadora.
El teléfono volvió a vibrar. Otro mensaje, del mismo número. "Él siempre vuelve a lo que realmente desea, Anahí. Tú solo fuiste una distracción temporal. Un caso de caridad."
Una profunda sensación de vacío me invadió, más profunda y fría que el agua helada. Conocía este sentimiento. Era el mismo que tuve cuando mi madre se fue. El mundo fuera de la recámara se desvaneció. Todo lo que quedaba era el dolor punzante en mi estómago y la imagen de la sonrisa triunfante de Cristina. El juego no había terminado. Acababa de empezar.





