sigue narrando Annie
El tipo da asco con solo mirarlo, me habla tocándose la entrepierna, mientras pasa su lengua por los pocos dientes que tiene.
Otras veces, se sienta cerca de mí cuando salgo al jardín, saca su periódico y lo lee, casual, como si no buscase nada, pero de forma —según él—disimulada, empieza a acercar su silla a la mía.
Una vez acabé moviéndome con todo y silla contra la pared y ahí estaba él, pegadito a mis piernas. En varias ocasiones llegué a pensar que quizás debía abandonar el lugar, pero me ha dicho que, si me marcho así de prisa, no me dará mi depósito y son mil dólares que no puedo jugármela a perder.
¿Es que acaso Dios no puede enviarme un multimillonario que me pague a cambio de sexo?
En aquel momento no sabía qué tan cerca estaba de obtener lo que quería.
Después de desayunar un poco del pan del día anterior me fui a mi trabajo de empacadora en el supermercado. No es obviamente el trabajo ideal, no hay propinas ni nada, pero es uno de los tres empleos que me permiten pagar la renta. Salgo de ahí a las 2 de la tarde, llegó a un restaurante chino, no muy bonito, pero me ubico en el callejón de atrás lavando los platos. Así que realmente no me importan los tipos de clientes que les lleguen.
No es cómodo, de hecho, estoy en el suelo usando tinas grandes, una con jabón dos con agua y como se ensucian fácil toca levantarlas para volcar el contenido y son bastante pesadas. Ahí acabo a las seis y empiezo como mesera en un pequeño pub, bastante familiar el ambiente y las propinas son las que pagan mi única comida diaria.
A veces...mucha veces...bueno, siendo honesta, cada segundo de mi día le pido al de arriba por un milagro que me haga salir de aquí, pero nada sucede. Hay gente que nace con estrella y otros que nacemos estrellados.
He vuelto a casa a las 10 de la noche, con tiempo apenas para darme una ducha y dormir, pues empiezo temprano en el supermercado. La cortina de la casa de mi casero se mueve y este sale oliendo a licor.
Está en calzoncillos, se acerca a mí de forma peligrosa. Miro a todas partes, pero estoy arrinconada. Así que con disimulo sacó las tijeras que llevo conmigo y trato de enterrárselas en el estómago, pero es rápido, me las quita y se ve furioso. Su aliento llega a mí, es asqueroso.
—¡Maldita puta!
—No se me acerque así o iré a la policía.
—Tonta, acabarás siendo mía.
—Primero muerta, ¿me escucha?
El viejo puerco me sujeta del cuello y empieza a asfixiarme, veo manchas de colores, mis manos van a las suyas, trato de que me suelte, pero es imposible, le golpeo los brazos y sé con certeza que estoy muriendo. De pronto me libera. Llevo mis manos al cuello en busca de aire.
—No puedes contra mí, niña. Acabarás siendo mía y si dices algo te mataré.





