Capítulo 3
Vacas flacas
El año había iniciado con lentitud. Raúl logró estabilizar la empresa de su esposa, pero aún quedaba mucho trabajo por hacer. El mes de diciembre dejó al 100% Banco sin liquidez, ya que le tocó pagar las bonificaciones de fin de año a todos sus empleados.
Además de todas las obligaciones e impuestos que tuvo que liquidar, también estaban los aportes a las fundaciones. El sesenta por ciento del capital inyectado provenía de ellos. Por ser asociaciones sin fines de lucro, no representaban un flujo de capital sino un gasto a nivel contable. Pero por la felicidad que les proporcionaba ayudar a todas esas personas que lo necesitaban valía el esfuerzo.
A Raúl le hubiese gustado llevar a Amelia de luna de miel a Europa, pero por los momentos eso no era posible. Su capital personal lo había usado inclusive para inyectarle capital al banco y mantenerlo operando por un par de meses, mientras lograba obtener nuevos inversionistas.
Siguiendo una corazonada, adquirió un local que había sido embargado al dueño por el banco. Invirtió un poco más en el arreglo de la fachada e interiores, para así montar una sucursal del 100% Banco en Rhode Island. Cassie lo animó, ya que como ella se crío en una ciudad cercana a esta y lo convenció de que le convendría a la gente tanto de allí, como de Long Island tener una entidad bancaria cerca.
Inició con unos treinta empleados, de los cuales veinte serían administrativos y los diez restantes serían obreros. Por los momentos no se estipulaba ofrecer préstamos, sólo quería captar clientes para ofrecerles cuentas corrientes y de ahorro.
Para esa labor se apoyaba en Tessa, su amiga y mano derecha. Continuaba siendo su asistente personal y a su vez su relacionista pública. En el caso de Cassie, era encargada de los diseños y de la publicidad del banco.
Dos meses más tarde, continuaba Raúl haciendo malabarismos para mantener todo estable. No quería tener que decirle a Amelia que los gastos superaban los ingresos. La sucursal nueva aún no despegaba bien, ya que sólo se unieron unos cuantos pensionados.
Raúl llegó cansado después de un extenuante día de trabajo. Entró a la casa mientras se aflojaba la corbata.
—Amelia llegué. ¿Dónde estás?
—En la cocina mi amor. Acércate.
Raúl entró a la cocina, se sentó en uno de los banquitos de la isla y la observó en silencio. Amelia se acercó a él con una taza de café. La colocó frente a él y le dio un beso en los labios.
—¿Mucho trabajo amor? Debes estar hambriento. Ya casi termino.
Raúl se tomó el café mientras Amelia volvía a su labor. Una vez que terminó, tomó dos platos de la encimera para servir la comida. Hecho esto los llevó a la mesa de la isla, para después quitarse el delantal e incorporarse a la mesa.
—Espero que te guste amor. Es uno de los platillos más sencillos que aprendí a hacer con Clarita. Por cierto, llamó hace una hora y preguntó por ti. Te dejó dicho que la disculpes. Al parecer le tomará más tiempo del que planeó quedarse donde su familia.
Raúl comió en silencio. Aunque su cuerpo estaba en casa con su esposa, su mente se encontraba pensando cuál sería su siguiente movimiento. Puso sus acciones en la bolsa con un corredor de Wall Street, el cual no resultó ser más que un vil estafador.
El cincuenta y un por ciento de las acciones del 100% Banco fueron vendidas temporalmente, ya que Raúl fue convencido de que el dinero que obtuviera lo triplicaría. Con ello adquiriría nuevamente las acciones y nada pasaba. Pero qué equivocado estaba.
Su ausentismo no pasó desapercibido. Amelia lo notó y colocó una mano sobre él para tratar de indagar qué le pasaba.
—Amor ¿Todo está bien?
—¿Ah? —respondió distraído— ¿Dijiste algo?
—Te pregunté que si está todo bien. Siento que estás trabajando demasiado y no sólo yo lo resiento. Nuestro hijo insiste en esperarte despierto todas las noches, pero no puedo dejar que haga eso.
—Todo está bien amor, sabes que el primer trimestre del año es flojo. Lo que se conoce en el área económica como las vacas flacas... Las personas se endeudan y se gastan todo en diciembre, para luego pedir más préstamos. Y ahorita los tenemos suspendidos, por eso han bajado nuestros ingresos.
Amelia no entendía nada de economía ni de contabilidad. De sólo imaginar tantos números y fórmulas, le comenzaba a doler la cabeza.
—De acuerdo amor, confío en que todo mejorará. Yo no sé nada de números, pero te puedo ir a echar una mano si me explicas cómo hacerlo. Por cierto ¿Mi tarjeta de credito olvidaste pagarla? Porque fui a hacer unas compras y no pasó. Me tocó entregar el efectivo que tenía encima y aún así se me quedaron algunas cosas en la caja... la gente miraba y murmuraban cosas, pero no les presté atención.
Raúl la miró y se sintió culpable. Esos ojos azules lo miraban con dulzura, cómo podría decirle que estaban en saldos rojos. Aunque tuvo que pagar una fuerte suma de dinero para evitar que el escándalo de la estafa saliera a la luz, las acciones del 100% Banco comenzaron a bajar. Los inversionistas que entrarían al negocio se retractaron por tal hecho.
“Lo lamento, señor Peralta. No pienso arriesgar todos los ahorros de mi vida con un CEO que se dejó engañar como a un niño. Espero lo entienda”.
Se sacudió el recuerdo y decidió seguir el hilo de la conversación, ya que Amelia esperaba una respuesta.
—Tranquila mi amor, puedo manejarlo. En este momento es muy estresante y no quiero que te amargues, cariño. Con respecto a la tarjeta... —pensó que excusa podría decirle— debe ser un error. El lunes chequearé eso amor, seguramente no fue enviado el pago.
Amelia se tranquilizó aparentemente con esas palabras. No es que fuera del tipo materialista, pero en su vida nunca tuvo que preocuparse por dinero. De hecho, fue más feliz cuando tenía que trabajar por él mientras vivió en el extranjero, que cuando la colmaban de lujos.
Raúl se levantó y se fue a la habitación de su hijo. El pelinegro veía un programa de caricaturas y pegó un brinco cuando vio a su papá.
—¡Papi! — dijo saltando a sus brazos.
—Hola campeón —lo acunó en su pecho— cuánto has crecido.
—Te extrañé... ¿Quieres ver caricaturas conmigo?
—Está bien, Pierre. Hazme un espacio.
El niño se arrimó, Raúl se quitó los zapatos y se acostó a su lado. El pequeño usó el brazo de su padre de almohada para continuar viendo su programa.
Mientras tanto, Amelia se encontraba en la cocina pensado. Desde que arrancó el nuevo año, Raúl la disuadió de ir a la empresa. No quería pensar mal, pero no le parecía normal que su marido trabajara hasta altas horas de la noche. Así que sólo se le cruzó a la mente una posibilidad.
“¿Será que Raúl me engaña? ¿Y si tiene una aventura con su secretaria o con alguna otra empleada? ¿Habrá sucumbido ante alguna inversionista?” se dijo a sí misma.
Sacudió la cabeza y sonrió para sí misma.
“En qué tonterías estás pensando, Amelia Valverde... Raúl te adora y sólo tiene ojos para ti. Pero igual no debo de bajar la guardia, hay muchas resbalosas por ahí detrás de mi marido. Pues se joden, perras. Él es mío”
Terminó sus cavilaciones y subió a la habitación de Pierre. Tanto el padre como el hijo estaban profundamente dormidos, lo cual la enterneció. Extendió la cobija con suavidad y se las colocó encima. Apagó la luz y cerró la puerta de la habitación con sumo cuidado.
Esa noche le tocaría dormir sola. Como se le hacía difícil dormir sin el calor de Raúl, decidió leer algo hasta que su vista se cansara. Tomó de la mesa de noche un libro que su madre le había obsequiado a principios de año. El título era bastante llamativo: Los secretos de familia se ocultan en casa.
“A ver, a ver —dijo mientras lo abría— se ve interesante”.
Comenzó a leer y en vez de darle sueño, la avivó. La historia relataba la vida de una joven médico que se enamora de la paciente a la que está consultando, en el área psicológica. Pero resulta que las cosas se salen de control cuando intenta romper con ese romance incorrecto.
“Ya veo por qué se agotó a la primera semana de publicado. Eres realmente buena, mamá” dijo para sí misma.
Con la lectura logró sacar de su cabeza las ideas que tenía horas atrás. Colocó el marcalibros en la página que se quedó, lo colocó dentro de la gaveta de la mesita de noche y apagó la lámpara, para finalmente dormir.
En cualquier lugar de Manhattan, una de la madrugada
—Es cierto el rumor, señorita. El 100% Banco está hundiéndose.
—Perfecto, eso hará las cosas más fáciles. Necesito que pidas una cita esta semana para hablar con el CEO y le ofrezcas lo que te dije —dijo y le dio un sorbo a su copa de champagne.
—Pero señorita —intentó disuadirla el hombre mayor y más experimentado— es la oportunidad perfecta para comprar esas acciones a precio de gallina flaca. Le sugiero esperar a que sigan bajando...
La rubia perdió su sonrisa y golpeó la mesa con el puño.
—¿Quién carajo es la que tiene dinero aquí: tú o yo?
—Usted, señorita. Sólo pensaba...
—No te pago para que pienses —le dijo con despotismo— dime si puedes con la misión o busco a alguien más. A fin de cuentas no eres más que un número para mí —volvió a tomar un sorbo de su copa de champagne.





