Falso amor

Olivia entró nerviosa y asustada a la sala de detención, allí estaba el hombre de la voz ronca y gruesa que la había frenado hacía unas horas, era el único encargado de hacerle la vida imposible a los estudiantes, le encantaba castigarlos y molestarlos, era una persona completamente desagradable.

Un hombre de unos 35 años, moreno con algunas canas y ojos también negros.

El hombre la miró con una sonrisa intimidante y ella se sentó rápidamente en un pupitre, el día estaba frío y húmedo, llovía a cántaros afuera.

Olivia buscó en su bolso y sacó su celular para avisarle a su madre que llegaría tarde pero alguien le arrebató el móvil de sus manos, alzó la vista y se encontró nuevamente con esa penetrante mirada.

—No se permiten celulares —sonrió siniestro y volvió a su escritorio. Ella lo miró con odio y se acomodó en su asiento.

Él no llegaba aún, estaba fuera del colegio, sentado en la parada del autobús, pensando a dónde ir, no tenía ningún lugar excepto la detención.

Se encogió de hombros y tomó su mochila para colgarla de su hombro. Caminaba por los vacíos corredores donde el silencio resonaba en cada rincón, encontró la sala correspondiente y giró el pomo de la puerta, abriéndola.

Quedó completamente helado al verla allí, pensó que lo más probable sería que se salvara del castigo o que lo pasara por alto. Pero no, ella estaba sentada en el tercer banco de la fila que estaba frente al escritorio del profesor Norman, como odiaba a ese hombre, le hacía la vida imposible cada vez que tenía la oportunidad.

Caminó a paso decidido hasta sentarse en el cuarto pupitre de la primera fila, la chica apenas lo miró, estaba... ¿completando tareas? Callum frunció el ceño y rio.

—Iré a buscar café, una sola palabra y se las verán conmigo —amenazó Norman y se marchó. Olivia apenas alzó su mirada y pegó un salto cuando el hombre dio un portazo.

Ella volteó la cabeza lentamente y lo miró, su cabello oscuro y corto pero no demasiado, sus ojos café oscuros pero había un brillo especial en ellos, un brillo que Olivia no podía describir.

Él arqueó una ceja y sonrió, lo que provocó que la joven volteara nuevamente nerviosa.

—Gracias... gracias por las flores —agradeció dudosa.

—No hay de qué —contestó extrañado el muchacho, no muy seguido alguien le agradecía algo—. ¿Estás mejor? —preguntó.

—Sí —dijo Olivia casi en un susurro—. Tú no lo estás por lo que puedo ver —dijo y dio vuelta su banco, mirando hacia él.

—¿Qué te hace decir eso? —dijo riendo nervioso.

—Bueno... no soy una experta leyendo gente, pero... sigues teniendo ese ojo morado, estás mojado y estancado aquí conmigo por dos horas —explicó la chica mirando al suelo, la ponía nerviosa mirar a la gente por mucho tiempo, más si eran chicos.

—Mi ojo ya está bastante mejor, no me importa estar mojado y créeme que he estado aquí más de dos horas y muchas veces con personas muy insoportables —contradijo—. ¿Piensas que te odio o algo así? —rió.

—¿Sí? —habló la chica, dudosa.

Él solo se limitó a soltar una carcajada, mientras la chica fruncía el ceño molesta, odiaba que la gente se burlara de ella.

Se quedó mirándolo fijo con odio, mientras golpeaba suavemente el banco con cada una de sus uñas, las cuales cuidaba como si fuesen oro, cubriéndolas siempre con el mismo tono de azul brillante, el cual le daba a su estilo un toque infantil o juvenil.

Cuando Callum dejó de reír la miró y se sorprendió por su expresión, preocupado iba a disculparse pero lo dudó. ¿Por qué tanta necesidad de ser amable con esa chica?

Era un problema resuelto, ya la había visitado en el hospital y le había dado un hermoso ramo de rosas rojas, el cual tuvo que robar, debido a que sus padres no le daban dinero nunca y lo habían despedido de su trabajo de tiempo parcial en la cafetería cercana a su hogar.

Además, no quería una tonta niña de 13 años detrás de él, sí, él pensaba que Olivia tenía 13, cuando en realidad tenía 16.

Pero antes de que pudiera hablar, se abrió nuevamente la puerta, el "profesor siniestro" había vuelto.

Miró a la chica con odio debido a como estaba situado su banco, se acercó a ella y violentamente lo acomodó, haciendo que ésta se golpeara con el pupitre de al lado. Pero se aguantó el dolor con un leve quejido.

—¿Piensas que puedes desobedecerme? Solo porque seas una inmadura que pinta sus uñas con colores ridículos y usa maquillaje barato, no quiere decir que puedas hablar cuando no estoy, y menos si es con Scott —habló de mal talante—. No tienes chance con él, a él le gustan las lindas, no sé si te has mirado a un espejo.

Ella lo miró, frunciendo el ceño, aguantando las ganas que tenía de soltarle un escupitajo.

—Por hablar cuando dije que no lo hicieras —siguió diciendo el profesor abusivo—, tendrás detención todo lo que queda de la semana y me burlaré de ti todos los días. No puedes maquillarte así mientras estés en mis detenciones. ¿Entendido? dijo Norman con desprecio mirándola a los ojos, mientras apretujaba la muñeca de la chica contra el banco.

Ella se sintió humillada, sus ojos se volvieron llorosos, pero lo único que hizo fue quitar su muñeca de las garras del hombre con un hábil movimiento y tomar sus cosas para salir sin decir ni una palabra.

Se sentía estúpida, caminaba por los pasillos a paso rápido, tomó su inhalador para el asma y lo usó. Al parecer ésa era una de las situaciones estresantes que el médico le había advertido.

Caminó hasta la puerta principal y estallando en lágrimas silenciosas, se sentó en las escaleras del porche escolar. Su muñeca le dolía y su humor era el peor, si se dirigía a su casa todo iba a empeorar, sus padres le dirían algo parecido a lo que el profesor le había dicho.

No lo podía creer, una semana entera en detención con ese maniático quien además, se burlaría de ella de la misma forma que hacía unos minutos, encima que tal vez habría otros estudiantes en los próximos días.

Miró sus uñas, mientras las lágrimas de frustración le nublaban la vista, tenía frío debido a la lluvia, pero su abrigo al parecer lo había olvidado. Cerró sus ojos intentando pensar en otra cosa y se apoyó en la pared.

Él, por otro lado, se había quedado helado. El profesor se había pasado con la chica... decirle todo eso era simplemente cruel, la niña parecía ser buena. A pesar de que hacía unos momentos, Callum había tenido la intención de ser malvado con ella.

Notó que su abrigo se había quedado en el banco, cuando el hombre volteó, él lo sacó del banco y rápidamente lo guardó en su bolso, se lo devolvería luego, si es que alguna vez la volvía a ver.

Norman sacó una caja de cigarrillos y comenzó a fumar, caminaba de un lado para el otro mientras repetía su diálogo a carcajadas. Al joven le dio asco, él no era la mejor persona del mundo pero Norman… él se pasaba en estúpido.

—¿Quieres uno, Scott? —preguntó con desagradable simpatía el hombre de ojos oscuros.

—¿Desde cuando me ofreces algo? —dijo el chico con tono desafiante pero de forma vaga.

—Bueno... insultar a esa niña me puso de buen humor, no se encuentra a un animal tan indefenso todos los días —explicó con satisfacción y le lanzó un cigarrillo al estudiante, el cual lo atrapó con agilidad.

Se lo puso en la boca y lo encendió.

[...]

—Bien, Scott, ya pasaron las dos horas. Puedes retirarte —dijo con su falsa simpatía el profesor.

Él tomó su mochila y se levantó de su pupitre sin decir ni una palabra, había fumado por un largo rato y se le había impregnado el olor a humo. El día seguía nublado, y en ese pueblo los días oscuros aterraban a la población, pero a él no.

Salió del edificio y miró a una esquina, Olivia estaba ahí, sacando el esmalte de sus uñas con odio mientras murmuraba cosas que Callum no podía entender.

Se acercó cauteloso hasta que se situó a su lado, al ver que la chica no notaba su presencia, se sentó y la miró muy de cerca, de tan cerca que cuando la chica volteó quedó asustada y a unos pocos centímetros de distancia de él.

—¿Qué haces? —tartamudeó la joven, mirándolo con los ojos bien abiertos. Él por poco no ríe nuevamente, la chica era muy tímida e insegura, eso le causaba gracia y hasta un poco de ternura.

—¿Qué haces tú aquí todavía? No me digas que te enfrentarás a Norman, eso es suicida para una chica como tú —dijo el chico alzando sus cejas, luego de ver cómo la niña fruncía el ceño.

—No puedo ir a casa y olvidé mi abrigo —contestó de manera fría, recordando como él también se había burlado de ella.

—Toma —dijo gentil, mientras buscaba la prenda entre sus cosas, se la entregó. Olivia lo miró confundida—No le hagas caso a Norkan... es un idiota —dijo, en un intento de consolarla.

—Já, además de decirme que soy fea e inmadura hará que mis padres me castiguen —contestó indignada—. ¿Por qué tienes tanto olor a humo? —preguntó, frunciendo el ceño nuevamente..

—Estaba fumando —explicó, encogiéndose de hombros—. Ahora... ¿quieres que te acompañe a algún lado? —ofreció amable, tenía curiosidad hacia la chica.

—No tengo ningún lugar adonde ir —contestó frustrada—. Si voy a casa, mis padres me castigaran como un mes... es por eso que tengo que inventar alguna excusa para llegar tarde durante toda la semana —dijo y reposó su cabeza en su mano mientras que su codo estaba apoyado en su pierna, bufando.

—No lo sé... diles que estás saliendo con un imbécil que tiene la necesidad de verte luego del colegio durante toda la semana y que no puedes fallarle —recomendó burlón.

Ahí fue cuando la chica abrió sus ojos desmesuradamente, el chico había encontrado la solución a todos sus problemas.

—¡Esa es una excelente idea! —exclamó impresionada y emocionada.

—Es la peor idea del universo… —replicó el chico frunciendo el ceño—. ¿Quién creerá que una niña de 13 años tiene novio? —rió divertido.

—Tengo 16 —contestó molesta Olivia, aunque un poco avergonzada, nunca había tenido novio ni besado a nadie. Se sentía toda una perdedora.

—Ah... entonces puede que funcione —sonrió vago.

Ella se levantó de su lugar y se puso su abrigo. Él la miró por primera vez, la miró como lo que realmente era, una adolescente… con problemas y frustrada, eso le hacía recordar a él mismo.

Sonrió, mientras la chica se alejaba y observaba todo su cuerpo de arriba abajo.

Olivia volteó una última vez y entre toda la lluvia y el frío, se limitó a saludarlo con la mano y a esbozar una reluciente sonrisa.

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