Carlos continuó, su voz resonando en el patio con la fuerza de una sentencia.
"Él me lo contaba. Decía: 'Carlos, tengo que ahorrar. Sofía está acostumbrada a otro nivel de vida y quiero poder darle lo que se merece en el futuro'. ¡Se mataba a estudiar y a trabajar en tutorías de mierda por diez euros la hora para poder comprarle un regalo!".
Cada palabra era un ladrillo más en el muro de mentiras que me estaba aprisionando. La multitud asentía, los murmullos se convertían en un zumbido de condena.
"¿Y tú te lo gastas todo?", me espetó Lucía, con lágrimas de cocodrilo corriendo por sus mejillas. "Eres una desalmada. Una egoísta".
Intenté hablar, explicar que la realidad era muy distinta.
"No es así. Los gastos...", empecé a decir, pero mi voz fue ahogada por el clamor.
"¡Claro que no es así para ti!", gritó alguien del grupo. "¡Con tus bolsos de marca y tus viajes!".
Carlos me miró con una decepción genuina, como si yo fuera la peor persona del mundo.
"Sofía, no me esperaba esto de ti. Javier te adora. Y tú le has robado su futuro".
Se acercó a Lucía, la rodeó con un brazo en un gesto protector y la alejó de mí como si yo fuera una apestada. La multitud se abrió para dejarles pasar, y luego se cerró de nuevo, dejándome sola en el centro de un círculo de odio.
Nadie quería escuchar mi versión. El juicio ya se había celebrado y el veredicto estaba dictado.
Me di la vuelta y me fui de allí, sintiendo docenas de ojos apuñalándome la espalda. El peso de la injusticia era tan físico que me costaba respirar. Sabía que esto era solo el principio.





