Exesposa mimada: papá, mamá se escapó otra vez

Habían transcurrido cinco años desde aquel día.

Everleigh se encontraba en un prestigioso hospital de Prario.

Vestida con su uniforme de doctora, se hallaba en la sala de conferencias, analizando el informe de un caso junto a otros especialistas.

Llevaba el cabello corto, en un peinado pulcro y elegante. Un maquillaje discreto acentuaba su piel impecable y sus delicadas facciones. Sus ojos refulgían como diamantes.

"Disculpe, doctora Lewis, ¿está diciendo que la paciente no necesita cirugía porque usted puede tratarla con acupuntura?", preguntó uno de los médicos.

"Así es", respondió ella, "siempre que confíen en mí".

Everleigh ojeó los expedientes con una leve sonrisa.

Ahora era Nancy Lewis.

Everleigh no había muerto en aquel hospital. Cinco años atrás, el obstetra le salvó la vida. Fue ella misma quien le rogó al médico que anunciara su muerte.

Prefería la muerte antes que volver con la familia Harris.

Después, llegó a Prario, donde, gracias a las técnicas de medicina tradicional heredadas de sus ancestros, los Lewis, consiguió un puesto como doctora.

Sus colegas en la sala se mostraron escépticos ante su conclusión.

Pero Everleigh no tenía tiempo que perder esperando una respuesta. Consultó el reloj en su muñeca y se excusó antes de salir.

"Doctora Lewis, ¿ya se va a recoger a sus hijos?", le preguntó un colega mientras ella bajaba las escaleras a toda prisa.

"Sí". Everleigh sonrió.

Iba a recoger a sus pequeños.

Diez minutos más tarde, llegó al jardín de infantes de la zona.

"¡Mami, por fin llegaste! Te estuve esperando una eternidad".

Apenas Everleigh llegó a la entrada, una niña con un vestido rosa y dos moños altos corrió hacia ella, chillando de emoción.

Everleigh bajó del auto de inmediato.

"Perdón, mi amor, se me hizo tarde. Te prometo que de ahora en adelante llegaré a tiempo".

"No te preocupes. Mi hermano estuvo conmigo, ¡y me trajo muchos bocadillos!".

La pequeña, Millie Lewis, le sonrió con dulzura a su madre mientras esta la estrechaba entre sus brazos.

El corazón de Everleigh se inundó de alegría.

El hermano de Millie era un niño muy atento que siempre la cuidaba.

Everleigh sonrió. "¿Ah, sí? Vamos a buscar a tu hermano, ¿de acuerdo?".

"Está bien, mami".

Minutos después, Everleigh encontró a su hijo.

Sin embargo, se quedó perpleja al verlo rodeado por varias maestras. Everleigh no entendía por qué su hijo estaba en la sala de profesores.

"¡Dios mío! Este niño es idéntico a nuestro Sam".

"¡Es verdad, se parecen muchísimo!".

Una de las maestras colocó una foto junto al rostro de Samuel Lewis, comparando sus facciones con las del otro niño.

Samuel miró la foto con picardía.

"No me parece. ¿Acaso él tiene la cara tan redonda como la mía?".

"Pues no, la verdad es que no".

"¿Y es tan guapo como yo? Miren bien la foto. ¿De verdad creen que se parece a mí?".

Samuel sonrió con picardía y se inclinó hacia las maestras.

Todas las maestras soltaron una carcajada, pues se dieron cuenta de que el niño de la foto no se parecía en nada al que les hacía pucheros.

El niño de la foto no aparentaba ser mayor que Samuel, pero tenía un aire meditabundo y distante, casi como el de un adulto. No era, en absoluto, tan adorable como Samuel.

"¿Qué haces ahí, Sam?", preguntó Everleigh al ver lo que estaba pasando.

"¡Mami! ¡Mami, ya llegaste! Yo no hice nada".

Samuel reaccionó al instante. En cuanto escuchó la voz de su madre, sonrió y saltó del escritorio donde estaba sentado.

Su sonrisa era incontenible.

Samuel tenía un parecido asombroso con Weldon, pero su personalidad era cálida y amable. Jamás era frío y distante como aquel hombre; por el contrario, siempre saludaba a todos con una sonrisa.

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