Esposa falsa

Serena no recuerda haber escrito la última línea del poema; solo recuerda el temblor del lápiz, el aire frío sobre la piel y el instante en que sus pensamientos dejaron de obedecerle. Todo lo demás lo reconstruye ahora, sentada en una silla de plástico arrinconada en el pasillo del centro cultural, mientras el vigilante habla por radio como si ella fuera un asunto urgente.

Respira hondo y vuelve mentalmente unas horas atrás.

El día empezó cuando la hermana Lucía apareció en la puerta de su cuarto con un fajo de vales de donación y una frase lacónica:

—Nos esperan en el centro cultural. Van a entregar ropa para los niños del orfanato.

A Serena la noticia la agarra a mitad de un verso. Tenía el diario abierto sobre las rodillas, las palabras recién nacidas todavía tibias. No quería dejarlo, pero tampoco quería contradecir a la hermana Lucía. Así que desliza el diario debajo del hábito como si fuera un secreto prohibido.

La van nueva las espera en el estacionamiento. A Serena le encanta el olor fresco que despide cada vez que se abre la puerta, como si fuera una oportunidad a punto de estrenarse. Se sienta, cierra la puerta y deja que el aire acondicionado le acaricie la cara mientras piensa —por décima vez en la semana— que en otra vida ella manejaría así: libre, con el viento desobediente metiéndose por las ventanas.

Lucía arranca sin decir palabra. Conduce como siempre, con una paciencia infinita, como si cada semáforo fuera un altar invisible. Serena la observa: hay algo casi monástico en su postura, en su manera de aferrarse al volante. Todo en ella es severo, incoloro, silencioso. Aun así, Serena imagina otra versión de esa mujer: joven, con pretendientes, quizá con historias que nunca contó.

El camino avanza entre edificios, árboles polvorientos y carteles gigantes que parecen competir por llamar la atención. Uno de ellos —nuevo, violeta intenso— logra arrancarla de su ensimismamiento:

TÚ ESCRIBES TU DESTINO, anuncia con letras amarillas que brillan como si tuvieran luz propia.

La frase le perfora el pecho. Serena siente una necesidad inmediata, urgente, física, de escribirla. Saca el diario sin pensarlo y lo transcribe con torpeza mientras el auto vibra bajo sus manos. Debajo añade el nombre que apenas alcanzó a leer al pasar: Editorial Marroquín.

Lucía estaciona sin previo aviso.

—Llegamos.

Serena guarda a prisa el cuaderno, aún electrizada por la idea del cartel.

El centro cultural no es hermoso, pero tiene vida: talleres, pasillos llenos de cajas, jóvenes cargando instrumentos, ancianos organizando perchas de ropa donada. El aire huele a tela vieja, pintura fresca y café barato.

Serena apenas da unos pasos cuando ve, cerca de la entrada, a un grupo de adolescentes con uniformes deportivos. Parecen de su edad, pero mucho más seguros, más dueños de su propio cuerpo. Uno de ellos la mira. Es una mirada breve, nada extraordinario, pero a Serena le arde todo por dentro. Acelera el paso. Ha vivido casi toda su vida sin hombres alrededor; no sabe qué hacer con esa sensación que le sube por la garganta como un nudo dulce.

La hermana Lucía se sumerge entre percheros buscando tallas adecuadas para los niños del orfanato. Serena aprovecha para abrir el cuaderno y anotar una frase más.

Pero algo tira de su hábito.

—¿Me ayudas a buscar a mi papi? —pregunta una vocecita temblorosa.

Serena baja la vista y encuentra a una niña pequeña, con las mejillas húmedas y dos coletas desiguales. Tiene la ropa impecable pero el cabello en desastre, como si la hubieran vestido con prisa.

—Estoy ocupada… —murmura Serena, nerviosa, mirando a todos lados. Lucía ya ha desaparecido entre los pasillos.

—Pero eres de Dios —protesta la niña con una lógica contundente—. Las mujeres de Dios ayudan.

Serena siente que la frase le cae encima como un ladrillo. Cierra el diario, suspira y toma la mano de la pequeña.

—De acuerdo. Te ayudo.

¿Cómo te llamas?

—Luz Verónica Marroquín Villanueva —dice la niña con solemnidad.

Serena sonríe pese a todo. Camina con ella por los pasillos.

Luz le cuenta que no tiene mamá. Serena no sabe qué decir. Solo aprieta un poco la mano de la niña, como si eso bastara para remendar una herida tan grande.

Al llegar a la zona de las cajas, el empleado les indica que hablen con el vigilante cerca de la salida. Serena se siente aliviada: ya falta poco para que la pequeña encuentre a su padre.

O eso cree.

De pronto, desde el fondo del pasillo, retumba una voz:

—¡Ey! ¡Policía! ¡Detengan a esa mujer!

Serena gira de inmediato. Un hombre avanza con paso furioso, señalándola con un dedo rígido, acusador.

—¡LA QUE VA DISFRAZADA DE MONJA! ¡SE ESTÁ LLEVANDO A MI HIJA!

Primero hay silencio.

Luego murmullos.

Luego gritos.

El vigilante la agarra del brazo antes de que Serena pueda explicarse. Una empleada toma a Luz con suavidad, pero la niña estira la mano hacia Serena como si algo estuviera mal.

El corazón de Serena golpea como si quisiera escaparse.

El aire se le hace estrecho.

Y por un segundo, antes de romperse por dentro, piensa:

"Tú escribes tu destino."

Pero no siente que esté escribiendo nada.

Siente que todo se le está cayendo encima.

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