Ese Dulce Chico Es mío

—…—abre su boca para tratar de decir algo, pero solo acaricia su cabello, relame sus labios, toma un trago de cerveza de arroz y mira a los ojos del hombre frente a ella. —¿Qué sugieres, anciano? —Aquella mirada para Dai, es señal de que está atenta y que su orgullo no la dejaría pedir disculpas, pues cada palabra del hombre rebosa de verdad. —Dime qué sugieres o me iré ahora mismo, no tengo tiempo para tus sermones.

—Eres imposible. —niega con su cabeza y cierra sus ojos tratando de recordar. —Lo tengo… Pero, escucha muy atentamente. —retira las bebidas y apoya sus manos lado a lado de la pequeña mesa. —Juro por mi hija Momo, asesinada por Yamato Ayaka, que, si te atreves a causarle daño a ese muchacho, yo mismo te cortaré los dedos y haré que te los tragues.

Señala con su dedo a la joven rubia, que, sin mostrar expresión alguna, traga entero, pues el señor Kobayashi solo jura en nombre de su hija fallecida cuando se siente amenazado o sabe que están amenazando a alguien cercano… “Alguien a quien ama y aprecia mucho…”, recuerda las palabras de su padre al contarle sobre el señor Hiroshi.

—No me importa si después tu propio padre viene por mi cabeza, moriré en paz. —asiente con fuerza y toma un trago de sake rápidamente. —Ve a la cafetería Valkyria Zhōu Táo, busca a la señora Píng guǒ Zhōu Chén, dile que te he enviado de mi parte y dile que me haré responsable de todo y protegeré a su nieto. Dile que necesitamos de sus conocimientos.

—Bueno, ¿Eso es todo? —suspira y se levanta fastidiada por la situación.

—Impertinente, ni siquiera he terminado de hablar…

—Pues termina ya. —demandante e imponente arregla la chaqueta para luego colocársela.

—Compra un peluche gigante de Totoro, el más grande que encuentres, será la única forma en que te ganes su confía. Ah, y un libro clásico, no le gustan los libros actuales.

—¿Tuta qué? Oye, ¿de qué carajos hablas? Acaso voy a tratar con un niño de preescolar.

—Cállate y haz lo que te digo, pronto descubrirá quién es. —sonríe burlón. —Más te vale empezar a meditar querida Duscha.

—Cierra la boca, adiós. —dice fuera de sus casillas y sin cruzar palabra con los presentes que se encontraban en el pasillo, sube al auto donde, Donato, ríe al ver su rostro enfurecido y enrojecido por lo mismo. —Deja de reír y arranca, bastardo.

—¿Y ahora qué te picó?

—Después hablaremos de ello en casa, por lo pronto vamos a comer algo en una cafetería que me recomendaron.

—¿Tú paga verdad?

—Insolente… Sí, yo pago.

—Perfecto porque solo me he comido una paleta de desayuno, la maldita calor no me dejó desayunar tranquilo.

—Pareces andropáusico, ¿acaso eres más viejo y me has engañado todos estos años?

—Maldita. —ríe a carcajadas. —Ahora, dime, ¿qué está pasando?

—Aziz me está provocando, ¿y sabes lo que me falta?

—Paciencia. Duscha, es mejor que aprendas a tenerla, nuestra generación no es tan diplomática como nuestros padres, a estos bastardos les gusta el conflicto y nuestro contexto es muerte y sangre asegurada. —baja la velocidad del auto. —¿Esa cafetería no es solo para ir a llenarnos de dulces, cierto?

—No. —niega suavemente con su cabeza. —Vigilaremos durante un rato a los dueños del establecimiento. Solo eso y después iremos a una tienda asiática, la que sea para comprar unas cosas, debo asegurar al cien por ciento, la ayuda de ese muchacho.

—Creo que sé de quién hablas. —pensativo sigue conduciendo el auto. —Nunca lo he visto, pero mi padre dijo que más vale no tocarle un pelo al chico o el señor Kobayashi...

—Nos cortará los dedos y nos lo hará tragar… Sí, ya lo sé.

Toda esta incógnita le estaba causando picazón en el pecho. Era la primera vez que le sucedía tal cosa y lo que empeoraba el momento era aquel cartel gigante frente a ella ¡¿QUIERES DESCUBRIR QUE HAY DETRÁS DE LAS PUERTAS?! ¡PUES VEN Y ACERCATE A LA GRAN PLAZA DE MOSCÚ! Por Dios, aquello le estaba causando migraña nuevamente y sería la segunda vez con migraña en el día, definitivamente algo pasaría al llegar a la cafetería, ¿a quién vería? ¿Aquel chico es tan temible? No estaba segura de ello, pero sabiendo sus gustos por aquella creatura infantil, debía ser alguna clase de psicópata o algo parecido. Sonrió, pensativa y triunfante “Seguramente podré exprimirlo hasta dejarlo sin aliento”, balbucea pervertida y cierra sus ojos para descansar del sol.

Aquellos recuerdos afloraron nuevamente entre la divagación, en medio del viaje, aquel olor a fango, sangre y la imagen de ese rostro, de ese niño sobre la…

—Duscha.

La dictadora y déspota, Petya, volvió a sus sentidos, ligeramente agitada y desorientada. Otra vez aquellas pesadillas vivientes le estaban atormentando. ¿Pero hoy? ¿Por qué?

—Oye, vamos, ya llegamos a la cafetería.

—¿Sí, ¿dónde está? —pregunta con el ceño fruncido observando su alrededor?

—Ahí. —señala sonriente el pequeño café.

—Esa caja de fósforos es un café ahora.

—Bueno, pues esa caja de fósforos es otro cuento por dentro, amiga mía.

—Como sea entremos.

—¡Ohe!, espera. —Le entrega una goma para el cabello. —Hazte una volita para que te veas menos intimidante, si no nos echarán y cuando nos echen hay que irnos, aquí no puedes hacer lo que se te dé la gana. —esta arruga el rostro y pone los ojos en blanco impaciente.

—Ya, ¿así? —de una vuelta descaradamente, burlando sus advertencias. —Entremos antes de que coja a golpes, me estás estresando.

Sin cuidado abre la puerta cristalina y pulcra, tocando con fuerza la campana y ganándose las miradas de las personas que se encontraban dentro del establecimiento. Una sensación extraña, llamada vergüenza, se instaló en ella por unos segundo y prepotente se sentó en la segunda mesa del lugar. Los clientes siguieron en su comelona mientras hablaban cotidianidades tranquilamente.

—Estúpida. —Donato se sienta entre carcajadas frente a ella. —Oye, ¿fue tan bueno el polvo de año que estás tan sensible hoy?

—Maldito mocoso. —Intenta alcanzarlo con sus manos, pero este explota en risas llamando la atención de los usuarios.

—Hoy tienes suerte, hijo de puta. —masculla sin dejar de mirarlo con hostilidad.

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