Punto de vista de Angélica:
Durante la primera clase estuve distraída, de hecho, no escuché ni una palabra de todo lo que dijo el profesor. Y no solo eso, podía sentir a César mirándome todo el rato. Una vez que terminó la clase, me mordí los labios con fuerza, sostuve el dobladillo de mi falda y fijé mi vista en él con valentía.
Estaba rodeado de un grupo de chicas y algunos chicos. Pero, él parecía un dios en medio de ellos. Él estaba sonriendo inocentemente, haciendo que las chicas babearan por ello.
Al notar como todos mis compañeros pensaban que era un buen chico, sentí un pequeño dolor en mi corazón. Yo ya sabía que aquella actitud encantadora era una actuación para poder engañar a personas desprevenidas. César realmente era malvado y cruel por naturaleza, sin duda alguna era la reencarnación del diablo.
Durante esos últimos cuatro años, siempre me pregunté a mí misma por qué él había intentado abusar de mí. Sin embargo, lo que más me angustiaba, era que no se arrepintiera en absoluto. La sonrisa malvada que me había dedicado aquel día en tribunal quedó grabada en mi memoria. Por alguna razón, él había actuado como si me conociera, pero yo no sabía quién era.
Lo conocí ese día tan desafortunado. Yo solo era una chica buena con una vida normal. Nunca me metí con nadie, así que no me imaginé que alguien quisiera vengarse de mí. En ese instante, tenía un dolor de cabeza terrible, por lo tanto, ya no quería pensar más en el pasado.
"Angélica, ¿qué pasó? ¿Por qué llegaste tarde hoy?", preguntó Isabel, mi mejor amiga, mientras caminaba hasta mi asiento con una expresión inquisitiva en su rostro.
"No pasó nada, solo me desperté tarde", respondí con simpleza.
"De acuerdo. ¿Conoces a César?".
Mi corazón dio un vuelco ante la mención de ese nombre, y todo mi cuerpo comenzó a temblar al tiempo que sujetaba mi falda con fuerza.
"¡No, no lo conozco!", negué rápidamente, cerrando inconscientemente mis piernas con fuerza.
"¿Qué? Pero él dijo...".
"Isabel, por favor ayúdame a pedir permiso. No me siento bien". Al terminar de hablar, guardé mis libros y mi material en el bolso.
El miedo que tenía estaba incrementando. No podía olvidar la mirada maligna que tenía César al llamarme "puta" unos momentos atrás. Instantáneamente, un escalofrío recorrió mi columna, y tenía pánico de sofocarme si me quedaba un minuto más.
Después de reunir el valor suficiente, sujeté mi falda y me levanté. ¡Bang! La silla se estrelló contra el piso al levantarme tan rápido; el sonido fue tan fuerte que todos voltearon a verme. Incluso las que estaban babeando por César fijaron su atención en mí.
En seguida, me puse pálida. Algunos comenzaron a murmurar y a mirarme con ojos sospechosos. Todos pensaban que actuaba de manera extraña, así que aparté mis ojos de sus expresiones interrogantes y decidí marcharme. Pues, las cosas se complicarían si me veían entrando en pánico. Así que salí corriendo lo más rápido que mis piernas me permitieron.
Al tiempo que el horrible suceso de aquella noche se repetía en mi cabeza una y otra vez, podía escuchar la voz de ese demonio, la cual me decía que me quedara tranquila. Lloré con fuerza y seguí corriendo, mi vista estaba borrosa debido a las lágrimas. Por fortuna, el pasillo estaba vacío, por lo que no me topé con nadie.
Así que seguí mi camino hasta el estacionamiento. Jadeé intentando tomar aire, y apoyé mi peso sobre un auto que estaba cerca. Mi corazón latía rápido, estaba muy cansada. El estacionamiento no tenía mucha iluminación, y pocas personas iban allí durante el horario escolar. Pero, de repente, comencé a escuchar pasos. Entonces, me agarré el pecho, y contuve la respiración para voltear hacia el sonido.
"César", murmuré asustada.
Él se acercó majestuosamente. La tenue luz hizo reflejos en su cabello negro, pero no podía ver bien su rostro. Sentía que tenía el corazón en la boca mientras más se acercaba él. Era la última persona que quería ver.
'¡Huye!'.
Eso era lo único que pensaba.
Al instante, corrí rápidamente hacia mi auto y abrí la puerta. Y justo cuando me iba a sentar, un par de manos me apartaron para cerrar la puerta de nuevo.
"Estudiante número uno, ¿a dónde crees que vas? ¿Acaso intentas escapar de mí?".
Mientras me hacía esa pregunta en un tono cruel, colocó sus manos al lado de mi cuerpo y me atrapó. Me apoyé contra el frío auto y quedé estática. Hice un sonido de miedo, no quería abrir mis ojos y verlo.
"Ah, ¿quieres subir al auto? Entonces, ¿quieres que continúe lo que inicié hace cuatro años? ¡No te preocupes, haré lo que tú quieres!".
Tras esas palabras, César abrió la puerta del auto, se sentó en el asiento del conductor y me llevó con él. Luego, hizo que me sentara sobre su regazo.
La puerta estaba entreabierta, pero igualmente me costaba respirar, puesto que su aura maligna me ahogaba.
"Quédate tranquila. ¡Déjame ver!".
César usó una de sus manos para sujetarme con fuerza. Se me puso la piel de gallina mientras temblaba.
Él levantó la falda de mi uniforme y metió la mano por mi ropa interior.
"¡No! ¡Por favor, no lo hagas!", grité y supliqué. Sentí mi cuerpo débil mientras las lágrimas caían nuevamente por mi rostro.
En ese instante, haciendo caso omiso de mi súplica, acercó su dedo índice a mi lugar más privado, sin inmutarse. Después, comenzó a frotar mi clítoris con la yema del dedo.
De repente, sentí el bulto de su virilidad en mi trasero. Me encogí debido a su toque mientras seguía temblando.
"Déjame ir. ¡Por favor!".
"¡Uhm! Estás muy mojada. Tu líquido se está deslizando sobre mi dedo. ¡Mira!", dijo César, para luego retirar la mano e intentar mostrarme.
De inmediato, giré la cabeza rápidamente, negándome a ver. Él me obligó a mirarlo, volteando mi cabeza sin piedad. Sin embargo, en un ataque de ira, retorcí mi cuerpo y lo abofeteé.
Su rostro instantáneamente se volvió sombrío y me empujó fuera del auto, haciendo que cayera al piso. No tardé mucho en sentir un dolor fuerte en las rodillas, puesto que estaban raspadas y llenas de sangre.
Él salió del vehículo con una expresión macabra y se puso en cuclillas frente a mí. Luego, señaló su otra mejilla y dijo: "Vamos, pégame en esta también".
Lo miré y no dije nada, preferí no hacerlo.
"¿Qué esperas? ¡Hazlo!", rugió enojado.
Me asusté por su grito y cubrí mis heridas para suplicar como una niña.
"César, por favor, ¿por qué me haces esto?".
"¡Ja, ja! Eso es porque... Eres mi presa", dijo él, para luego sacar su lengua y lamer sus labios lentamente. "Angélica, mi buena chica. Te he echado tanto de menos. No pude sacarte de mi mente durante estos últimos años. ¿Cómo está tu madre? ¿Sigue moviéndose libremente en este mundo?".
Aunque sus palabras habían sonado raras, no les presté mucha atención. Lo único que quería era huir de ese chico malvado antes de que me hiciera más daño.
Sin pensar demasiado, levanté mi mano para abofetearlo de nuevo. Sin embargo, él fue más rápido, y agarró mi muñeca con fuerza. Fue entonces cuando notó las manchas de sangre en mis dedos, luego, fijó su vista en mis rodillas y vio que estaban heridas.
"¡Ay, Dios mío! ¿Te duele?".
Su pregunta me dejó completamente sorprendida. Incluso había sonado un poco preocupado. O, pensándolo bien, quizás solo fue mi imaginación.
Entonces, reuní lo que me quedaba de fuerza y lo aparté. Y debido a mi inesperado movimiento, él cayó al piso. Mientras se retorcía de dolor, aproveché para subir a mi auto y cerré la puerta.
"¡César, pervertido! ¡Eres el diablo en persona!", exclamé, llorando de manera desconsolada.
Y aunque estaba un poco a salvo, no me atreví a verle la cara, puesto que su expresión tal solo me asustaría más.
Así que sin esperar más, puse el motor en marcha y pisé el acelerador. Manejé rápidamente fuera del estacionamiento sin mirar atrás.
"¡Mamá!", grité con tristeza tan pronto abrí la puerta de la casa.
Pero, aunque llamé varias veces, nadie me respondió. La sala también se encontraba vacía, parecía que ella no estaba. Encontré eso raro ya que mi madre debería haber salido del trabajo en ese momento. Una extraña sensación se implantó en mi pecho. Algo estaba mal. Me coloqué las pantuflas y entré.
Allí, encontré una nota en la mesa de la sala de estar, justo al lado del florero. Era la letra de mi madre, y decía: "Querida Angélica, tuve que salir a un viaje de negocios de emergencias. Cuídate en mi ausencia. Te llamaré. ¡Te quiero!".
Al terminar de leerla, sentí mi corazón hundirse y dejé la nota sobre la mesa. Estaba tan asustada que simplemente caí sobre el sofá. En esa situación tan difícil, debía quedarme sola. Mi madre tenía un viaje de negocios, por ello no podía contarle mi problema.
Mientras más recordaba los toques de César, más me asustaba. Y después de pensar mucho tiempo en qué hacer, decidí llamar a mi mamá.
"Hola, querida. ¿Regresaste hoy temprano de la universidad?", dijo ella.
"Sí. Mamá, ¿cuándo vuelves a casa?", pregunté.
"Ay, cariño. Lo siento, pero no sé exactamente cuándo terminaré. No te preocupes, te lo diré cuando haya una fecha segura".
"Mamá, yo... Te extraño".
"Mi bebé, yo también lo hago. No suenas muy bien. Además, ¿por qué volviste tan temprano? ¿Pasó algo en la universidad?".
"¡Él volvió!".
"¿Quién?".
"¡César Hernández!", solté con fuerza, mientras apretaba el puño.
"¿Eh? Angélica, no hablemos de eso ahora. Volveré a casa de inmediato cuando termine mi trabajo".
"Mamá, sabes lo que él me hizo, ¿no es así? Todavía estoy intentando recuperarme de ese horrible incidente. Ahora ha venido a arruinar mi vida en esta ciudad. ¿Por qué me hace esto?".
"Escúchame. Hay algunas cosas que no puedes saber, no importa qué tan curiosa seas. Espera a que vuelva. Entonces, lo manejaremos. Te amo. ¡Adiós!".
En ese momento, quería abrirle mi corazón a mi madre, pero ya había colgado.
'¿Qué debo hacer ahora? ¿Cómo puedo alejar a ese demonio? ¡Ah! ¿Y si viene a mi casa? ¿Cómo me defenderé?', al pensar en ello, mi miedo se intensificó. No podía ni imaginar lo que me haría estando sola.
Sostuve el celular en mis manos, estaba aturdida sentada en el sofá. En la mesa junto a este, estaba nuestra foto familiar. La tomé y la sostuve en mis brazos, mientras más lágrimas recorrían mi rostro.
"Papá, cuánto deseo que aún estuvieras aquí conmigo".
Como era alguien indefensa estando sola, decidí llamar a mi novio, Félix.
"Hola, Félix. ¿Puedes venir a mi casa para hacerme compañía?". "Está bien, nena. Voy en camino", respondió él de manera cariñosa.
Treinta minutos después, alguien llamó a la puerta, así que me apresuré a abrir sin mirar quién era. Luego, mis ojos se llenaron de lágrimas al ver a mi novio allí parado y, rápidamente, lo abracé con fuerza.
"Bebé, ¿qué pasa?", preguntó Félix preocupado, mientras palmeaba mi espalda. En ese momento, me di cuenta de su preocupación por su tono de voz.
"Quiero ir a una nueva universidad...".
Él, al ver mi humor, me abrazó con fuerzas mientras seguía con sus caricias.
"¿Qué pasó? ¿Por qué ahora, tan de repente?".
"Ehmm... No es nada". Sacudí mi cabeza y sorbí por la nariz.
"Cariño, ¿has estudiado demasiado estos días? ¿Estás descansando? Creo que necesitas relajarte".
A pesar de saber que Félix estaba genuinamente preocupado, no me atreví a contarle nada acerca de César. Estaba segura de que él se volvería loco si le contaba, y seguramente querría enfrentarlo. Desafortunadamente, César no nos dejaría ir tan fácil. Ese chico era un demonio despiadado.
Tras ello, Félix colocó las manos sobre mis hombros y me llevó a la habitación. De manera gentil me ayudó a acostarme y me metió en la cama.
"Que duermas bien. No pienses en nada. Estaré contigo todo el tiempo. No te preocupes".
Luego, me dio un beso en la frente y sonrió. Al sentirme tan segura, me dormí al cabo de unos minutos. Sin embargo, escuché a lo lejos a Félix hablar con Isabel mientras yo descansaba.





