La llamada llegó en mitad de la noche, despertándome de un sueño agitado.
Una voz frenética al otro lado de la línea me informó que Máximo Castillo había tenido un accidente. Estaba hospitalizado.
Me vestí a toda prisa, sin importarme el frío de la madrugada bogotana que se colaba por las ventanas de mi modesto apartamento.
El hospital privado era un mundo aparte, un lugar de lujo y silencio que contrastaba con el caos de mi vida.
Mientras me acercaba a la suite de Máximo, escuché risas ahogadas desde el pasillo. Eran sus amigos.
"Esa perrita faldera de Lina seguro que ya está en camino", dijo Roy, uno de sus más cercanos. "Apuesto a que llega antes que la ambulancia".
Máximo, desde la cama, soltó una risa seca. "Claro que sí. Esa mujer vive por y para mí".
Sus palabras no me hirieron. Ya no. Pensé en mi manda, en los diez años de sacrificio que estaban a punto de terminar. Solo necesitaba un poco más de tiempo.
Entré en la habitación. El olor a antiséptico y a dinero llenaba el aire.
Los amigos de Máximo me miraron con desprecio.
"Vaya, pero si es la devota Lina", se burló Roy. "¿Cómo llegaste tan rápido? ¿Viniste volando?".
Ignoré su tono y me acerqué a la cama. "Escuché que tuviste un accidente. ¿Estás bien?".
Máximo me miró desde su almohada, con una venda en la cabeza y un brazo enyesado. Había una chispa de malicia en sus ojos.
"Estoy aburrido, Lina. Y herido. ¿No decías que harías cualquier cosa por mí?".
Sus amigos rieron.
"Vamos, Máximo, pídele que nos entretenga un poco", sugirió otro.
Máximo sonrió. "Baila para mí, Lina. Un baile sensual. Demuéstrame cuánto te importo".
El nudo en mi estómago se apretó. La humillación era un sabor conocido, pero nunca dejaba de ser amargo. Sin embargo, la boda estaba tan cerca. No podía arriesgarlo todo ahora.
"Lo haré", dije con voz firme.
Comencé a moverme al ritmo de una música inexistente, quitándome la chaqueta lentamente. Sentía sus miradas lascivas sobre mí, despojándome de mi dignidad. Me consolé pensando que era el último tramo. Pronto, todo habría terminado. Leon despertaría.
Justo cuando mi mano fue a desabrochar el último botón de mi blusa, Máximo me detuvo.
"Basta", dijo con un tono de profundo desprecio. "Eres una desvergonzada. Me das asco".
Luego, como si nada, añadió: "Ahora ve y cómprame algo de comer. De ese restaurante al otro lado de la ciudad. El que me gusta".
Sus amigos estallaron en carcajadas.
Obedecí en silencio. Salí de la habitación y caminé por los pasillos estériles, sintiendo el peso de su desprecio. Era su perrita faldera, después de todo.
Cuando regresé con la comida, Máximo ya dormía. Sus amigos se habían ido.
Me senté en una silla junto a su cama, agotada.
En sus sueños, murmuró un nombre. No era el mío.
"Scarlett... si me lo pidieras... cancelaría la boda ahora mismo...".
El pánico me heló la sangre. No eran celos lo que sentía, sino un terror puro. Mi manda. Mi pacto con San Judas Tadeo. El 99% estaba completado. El milagro para Leon dependía de esa boda.
Cerré los ojos y recé en silencio, aferrándome a la imagen de Leon en su cama de hospital. Por él, soportaría cualquier cosa.
La historia de Máximo y Scarlett era la comidilla de toda Bogotá. Un amor de la infancia que terminó en una amarga ruptura. Mi compromiso con él no era más que un acto de despecho, una forma de provocarla.
Y yo... yo era la herramienta perfecta. La chica humilde y desesperada que lo amaba públicamente.
Pero mi amor era una mentira. Una actuación de diez años.
Mi verdadero amor, Leon, yacía en coma en un hospital público, víctima de un conductor ebrio. Los médicos no le daban esperanzas.
Desesperada, hice una promesa sagrada, una manda a San Judas Tadeo, el patrón de las causas imposibles.
Fingiría un amor devoto por el hombre más cruel que conocía, Máximo Castillo. Soportaría diez años de humillación y lograría que se casara conmigo.
Ese era mi sacrificio. Mi martirio.
A cambio, solo pedía una cosa: el milagro de que Leon despertara.
La boda era el acto final. El pago estaba casi completo.





