Entre Copas y Traiciones: Un Engaño

El corazón me latía tan fuerte que sentía que se me saldría del pecho, un tambor salvaje contra mis costillas. Era el mismo día. La misma resaca incipiente, el mismo aire viciado por la fiesta. Pero esta vez, yo sabía. Sabía el infierno que me esperaba.

Me levanté con un cuidado infinito, sin hacer el menor ruido para no despertar a la perra impostora. Fui de puntillas al baño y me encerré. Me miré en el espejo. Mi cara era la de un hombre aterrorizado. Esto no era un sueño, era una segunda oportunidad. Una oportunidad para evitar la catástrofe.

Escuché los pasos de Sofía acercándose.

"¿Mi amor? ¿Estás bien?", preguntó desde el otro lado de la puerta, con esa voz dulce que ahora me sonaba a veneno.

"Sí, sí, solo me duele un poco la cabeza", mentí, tratando de que mi voz sonara normal.

"Pobrecito. 'La Jefa' ya quiere su desayuno, ¿le das de comer mientras me meto a bañar?"

Ahí estaba otra vez. "La Jefa". Una prueba.

"Claro", respondí.

Salí del baño y ella me dio un beso. Un beso frío, un beso de Judas. La vi entrar a la ducha y respiré hondo. Fui a la cocina, evitando mirar a la perra que me seguía a todas partes. Le serví comida en su plato, mis manos temblaban.

Mis tíos ya estaban en la cocina, repitiendo el mismo guion.

"Buenos días, campeón", dijo mi tío sin mucho entusiasmo. "Menuda fiesta la de anoche."

"Felicidades, mijo", añadió mi tía, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. "Pero no deberías beber tanto. Das un mal ejemplo."

La misma conversación. La misma atmósfera opresiva de falsedad. Esta vez no dije nada sobre el perro. Jugaría su juego.

"Sí, tía, tienes razón. Me excedí un poco", dije, forzando una sonrisa.

Necesitaba pruebas. Mi memoria contra la de todos ellos. Mientras Sofía estaba en la ducha, corrí a mi estudio y cerré la puerta con seguro. Mi refugio. Mi santuario.

Agarré mi celular, el que estaba sobre el escritorio. Empecé a buscar fotos. Deslicé el dedo por la galería, buscando a mi Jefe. Y ahí estaban. Cientos de fotos. Pero en todas, era la perra hembra. En algunas se notaba un poco raro, como si un collar rosa hubiera sido añadido digitalmente sobre el viejo collar azul de El Jefe. En otras, el ángulo ocultaba... las partes importantes.

El corazón se me detuvo. No era solo gaslighting. Habían planeado esto. Habían alterado mis recuerdos digitales.

Abrí mi correo electrónico, busqué "veterinario". Encontré los registros. Facturas, recordatorios de vacunas. El nombre en todos los documentos era "La Jefa". Sexo: Hembra.

Sentí un escalofrío. ¿Desde cuándo? ¿Cuánto tiempo llevaban manipulando mi vida, borrando a mi perro de la existencia?

Me senté en mi silla, abrumado. Mi tío, el padre de Sofía... él era el hermano de mi madre. Y mi tía, la madre de Sofía, era la hermana de mi padre. Sofía y yo éramos primos hermanos. Nuestro noviazgo siempre fue un tema delicado en la familia, algo que mi abuelo desaprobaba en silencio. Pero mis padres habían muerto en un accidente de coche cuando yo era niño, y sus hermanos, mis tíos, me criaron. Sofía y yo crecimos juntos. Éramos inseparables. Pensé que era amor.

Ahora todo se sentía sucio, retorcido.

Mi ingenuidad. Mi amor por mi perro. Mi éxito. Lo estaban usando todo en mi contra. No querían solo volverme loco. Querían destruirme. Querían algo más. La herencia. La empresa de tequila de mi abuelo.

De repente, ya no sentía miedo. Sentía una rabia fría y clara.

Me habían subestimado. Pensaban que era un niño ingenuo, un diseñador de videojuegos que vivía en su propio mundo.

Pero en mi mundo, yo creaba las reglas. Y en esta segunda vuelta del juego, yo iba a ganar.

Me levanté y guardé el celular manipulado en el cajón. Busqué en mi mochila de trabajo. Ahí estaba. Mi verdadero celular, el personal, el que casi nunca usaba en casa. Lo encendí. La batería estaba casi muerta, pero funcionó.

Busqué en mi galería personal, la que no estaba sincronizada con la nube familiar.

Y ahí estaba él.

El Jefe.

Con su collar azul. Con su juguete de dinosaurio. Inconfundiblemente macho.

Las lágrimas se me escaparon. No estaba loco.

El alivio fue tan intenso como el miedo. Ahora tenía una prueba. Pero tenía que ser inteligente. No podía simplemente mostrárselas. Me llamarían mentiroso, dirían que yo mismo las edité.

Necesitaba un plan. Un plan a prueba de balas.

Y la primera regla era simple: no tocar a esa perra. No acercarme a ella. Evitarla a toda costa. Si no la tocaba, no podía morir en mis manos.

Salí del estudio, con una determinación que nunca antes había sentido. La batalla por mi cordura, por mi perro y por mi vida acababa de comenzar.

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