ENCUENTROS FURTIVOS

CARLOS

Quiero volver a empezar… Tan pronto dijo eso, me volví loco.

Explicar de la mejor manera lo que sentí al escuchar aquello de su boca, con esa expresión exigiendo y rogando por ayuda, sería un arduo trabajo. Juro por lo más sagrado que no tengo caracteres ni números para exponerlo. Es de suponer que la única percepción efectiva al tocar a una desconocida, se limita en las sensaciones más físicas que puedan compartir dos personas. Pero esa mujer con sus palabras desordenadas y su roja confesión (un gran botón del peligro), me transformó en un ser de acción.

Me había propuesto no salir de casa esa noche. Mi trabajo suele ser demasiado competitivo y cansón; tratando de entenderme de manera sencilla. Los fines de semana los aparto para dedicarlos a la nada, a pernoctar en casa o en algún otro lugar para desconectar. Yo-no-estaría-allí. Aquello no estaba destinado y no soy un hombre de creer tanto en esas bobadas del destino. De hecho, todavía pienso que la cena que compartí con ella (si es que se le puede llamar cena, porque no recuerdo haberme comido nada que no fuese a ella misma), en el caso de desarrollarse en base a un plan, no habría quedado tan perfecta.

La vida nocturna en Maracaibo para un hombre que trabaja con tantas ratas y cizañas alrededor, suele teñirse de vicios y malos actos carnales. A ciencia cierta, muy pocos son los que saben cómo es este mundo aquí debajo. En las calles que todos transitan durante el día, el marabino siembra la sazón en base a los billetes que pagan putas, humos ilegales, peligro, delincuencia a borbotones, licor en cantidades infrahumanas, contrabando de cualquier tipo… Ver a una mujer sola en un restaurante como La Napolitana no es sorpresa, porque allí se reúnen desde artistas municipales con mayor renombre, hasta los chulos o proxenetas con sus hijas de la mafia. Y si los juntamos, déjenme decirles que de todo eso saldría una noche muy interesante. Es simple, ninguna mesa se comunica con la otra, todos dejan que fluya su noche predilecta pero, verla sola, esperando por alguien en una de esas mesas antiguas y de madera oscura que caracterizan al italiano establecimiento, podría ser, tal vez, un capítulo trillado en mi vida. Sin embargo, al verle el rostro algo pasó, nació ese interés, una malévola pretensión de sentarme a su lado así de la nada y comencé a darme cuenta de que ella no era una mujer cualquiera.

Pero algo más terminó por destruir por completo mi cordura: su desahogo. Y recordé que fue fácil acercarme, pero la ocasión como grandeza, colocó la cuestión espesa, difícil, como un tedioso problema. ¿Qué debía hacer? Su mala manera de responderme me dio a entender que frente a mí tenía a una altanera. Y como me gustan…, como gustan, de verdad, las altaneras.

No entiendo eso de que a los hombres nos encantan los desafíos. En mi caso, solo me gustan aquellas féminas sinceras y gracias a ese gusto, he aprendido a leerlas sin que hablen. Pues, ella lo hizo incluso antes de acercarme. Solo Dios sabe que Carlos, yo, este carajo quien tuvo la necesidad el día de hoy de contar aquella noche, luchó muchísimo consigo mismo para no desarmar a esa mujer en el acto.

Entonces ya la tenía bajo mis dedos, con ese olor tan conocido, aunque... No, no existía nada igual, nunca en mis treinta y cinco años de edad podría igualar su olor a feminidad con el de las mujeres que habían pasado por mis manos, no pude evitarlo.

Me acomodé como pude para taparla de los pocos curiosos, porque no iba a parar de tocarla y al mismo tiempo, no quería que se sintiera avergonzada. Ella había acabado en mis manos y la satisfacción era de miedo.

Con mi extremidad mojada por sus jugos, saqué la mano de su vestido y acerqué los dedos a sus labios. ¡Aun no entiendo cómo no morí en el acto! Empezó a reírse bajito, con la vista entrecerrada. Yo igual, no pude evitar sonreírle y mucho menos hacer que se saboreara entre mis yemas.

Entonces, así, inició una de las mejores conversaciones que he tenido en la vida.

OLIVIA

¿Qué dato interesante hay entre las historias que los empleados de un restaurante pueden contar a diario? Sobre todo los fines de semana, cuando mayor es la población de locura bajo estas mesas. Existe tanta gente con problemas y soluciones, que me catalogo entre la mujer más común de todas las estadísticas.

Empecé a salir con Alonso hace siete años, lo conocí en la universidad. Tuvimos nuestro tiempo de pasión desenfrenada, luego las peleas, después las sospechas de posibles engaños y las embarcadas continuas, esas que me confirmaban un desinterés inminente hacia la relación y mi persona. Eso es todo lo que una “mujer común" puede narrar mientras se tiene una vida que va desde ir al trabajo y llegar a casa temprano, para cocinar el almuerzo destinado a ser engullido en la siguiente jornada laboral. Salir a cenar a La Napolitana, uno de los lugares más reconocidos en la capital del gran estado Zulia, suele ser una diferencia notoria en los planes de una persona como yo. Entonces, ¿cómo no evitar que un desconocido me hiciera acabar en frente de un número penoso de mesoneros? Aquello era tan novedoso para mis días que no pude evitarlo y le eché la culpa al idiota de Alonso por haberme dejado varada una vez más. Carlos fue por mí en dos segundos y en tres más, ahogué la vergüenza en unas sonrisas compartidas. Si tenía sed, acercaba la copa a mis labios. Si pasaba mis manos por mi frente, apretaba mi cintura rodeándome al completo para darme seguridad. Susurraba cualquier cosa para hacerme sentir valerosa, entendiendo que mi respuesta a sus caricias no eran algo que yo haría todos los días. Dios, estábamos tan cerquita, él quería ser un capullo pero ambos formamos una pequeña burbuja de protección mutua. Carlos y yo esa primera cena parecíamos estar encerrados en un armario muy pequeño, y escondidos de nuestros padres como adolescentes.

Me exalté cuando sentí un frío punzante en el lateral de mi cuello.

—Olivia, me llamo Olivia —exhalé rápido mi nombre bajo la tortura de sus preguntas heladas, enmarcadas con el pasar de un pequeño cuadro de hielo por donde tuviese descubierta mi piel—. Yo no... no suelo hacer estas cosas.

—Diablos, eres hermosa. —Siguió acariciándome con el hielo y yo siseando apenas—. Mira cómo se evapora el frío por tu piel… Estás tan caliente y excitada… —vociferó impresionado.

Mordí mis labios.

—Carlos, todo el mundo se está dando cuenta.

—Ya no queda casi nadie aquí. Mira, no voy a invitarte a mi casa, tampoco te persuadiré de irnos a la tuya. En cualquier momento la noche se acabará, nos sacarán de aquí y quizás no coincidamos en otro lugar. Pero necesito saber una cosa.

Al escucharle, un profundo bajón de desilusión se apoderó de mí. ¿Le perdería la pista tan rápido? No sabía cómo había llegado a esa situación y ahora no quería saber qué pasaría si no continuaba.

—Deja el hielo. ¡Deja el hielo, por favor! —supliqué en un fuerte susurro. Estaba tan caliente, que juro haber sentido una especie de parálisis a un costado de mi cuerpo. ¿O se trataba de otra cosa? Y su risa tan osada, ¡era casi insoportable el que no quisiera continuar con la noche!

—Dime una cosa, Olivia… ¿Por qué una mujer tiene que esconder sus lágrimas? Todavía me parece una estupidez que ustedes acepten una vida así.

—¿Qué quieres decir?

—Vamos, es normal que tu pareja hizo bien su trabajo. Te dejó sola aquí, te hizo llorar. ¿Qué fue lo que pasó esta vez? ¿Tuvo atasco en la oficina, o inventó alguna excusa barata?

Estaba a punto de lloriquear como una nena de quince. Maldito.

—Aleja el hielo y seguiré respondiendo lo que quieras.

Como si fuese una orden directa, por fin obedeció y me apartó de la tortura. Sus preguntas parecían más una confirmación a sus certezas, que otra cosa. Parecía saber todo de mí, esa era la impresión que me daba.

Bueno, mejor dicho, conocía todo sobre las mujeres, y al parecer sobre las mujeres en ese lugar.

Pensé también que desde hace varios años me había vislumbrado predecible, fácil era adivinar lo que sea sobre mí; hasta mi pena ante los mesoneros que ya se iban moviendo al son de sacarnos. Debía responderle antes de irme.

—No es fácil hablar así, Carlos. ¿Qué tanto importa si lloré, lo haré a escondidas o delante de toda Maracaibo? Sí, me han dejado embarcada otra vez y me dejé llevar por ti. —Al decir esto, posicionó su mano en mi muslo, como un ancla, y tuve que tragar. De nuevo mi mano en su muñeca—. No voy a decirte algo que ya sabes, ¿entiendes?

Comenzó a acariciarme, a suspirar y exhalar, como evitando profundizar de nuevo entre mis piernas.

—¿Puedo confesar que me pones nervioso?

Mi rostro cambió de la excitación a la extrañeza. «¿Nervioso?» Logré apartarme un poco colocando las palmas de mis manos en su pecho para crear distancia y mirar bien su cara. Entonces lo detallé: ojos café, rostro no tan joven pero demasiado sexy para el gusto de cualquiera. Sonrisa desafiante, cejas gruesas… Ya sabía que era alto y ahora que lo veía mejor, estaba en buena forma física. ¿A qué se dedicaba y qué hacía allí es noche? También pude notar que se arrepentía de su pregunta. Ahora que decido contar hoy la historia, recuerdo el momento y suelo reírme por su expresión tan congelada, mirándome, y del tiempo que duramos clavándonos en la memoria del otro. Al pasar los minutos, un mesonero se acercó para cobrarnos la cuenta, nos estaba echando. De inmediato Carlos pagó mi consumo sin dejarme refutar, acomodó mi vestido, me repasó con la mirada una vez más y tomándome de las manos, me ayudó a levantarme para salir de allí. Pregunten qué color de cabello tenía el mesonero, o si nos había sonreído tan siquiera. No tengo recuerdos de ello por andar escondiéndome de la gente que nos miraba, mientras detallaba el impuro suelo de La Napolitana para no caerme del cansancio hormonal en el que había quedado.

¡Un desconocido! Un extraño vino a mí esa noche y se enterró en mi vida. Y al salir, al ser tocados por el fresco y el vapor de los carros encendidos, al mezclarnos de súbito con los olores de la noche, se hizo imposible separarnos. Se hizo inevitable hasta el día de hoy.

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