La voz de Sofía me sacó de la neblina.
"Mateo, cariño, ¿puedes llevar el coche al taller? Es el aniversario de nuestro regalo, se merece una puesta a punto."
Su voz era la misma de siempre, cálida y llena de amor, pero para mí, fue como un trueno que me partió en dos.
Miré el calendario del móvil.
Era el día. El día en que todo se fue al infierno.
El sudor frío me recorrió la espalda. Los recuerdos de mi otra vida, la que terminó de forma tan brutal, me golpearon con la fuerza de un tren.
El coche destrozado en mitad de la Gran Vía.
Los gritos de la gente.
"¡Asesino!"
La cara de Sofía, descompuesta por el dolor y la humillación, antes de que su mano impactara en mi mejilla.
La llamada informándome de que mis padres, huyendo de la prensa en su pueblo de Castilla-La Mancha, habían muerto en un "accidente".
Y el final. El frío del metal de una navaja casera hundiéndose en mi costado en el patio de la cárcel, mientras un preso susurraba "justicia" en mi oído.
Morí sin entender nada.
Ahora estaba aquí, vivo. En la mañana de ese mismo día.
"¿Mateo? ¿Estás bien? Te has quedado pálido."
Sofía se acercó y me tocó la frente con preocupación. Su tacto, que siempre había sido mi refugio, ahora me quemaba.
La miré a los ojos. La mujer con la que había construido un imperio de arquitectura, la mujer que amaba más que a mi propia vida. En mi primera vida, su fe se quebró al instante. ¿Podía confiar en ella ahora?
El pensamiento fue fugaz, un veneno que aparté de inmediato. No, Sofía no era la culpable. Era una víctima, igual que yo. Pero la trampa era tan perfecta que la arrastró con ella.
"He dormido mal", mentí, forzando una sonrisa. "Una pesadilla horrible."
Ella me abrazó. "Solo fue un sueño, mi amor. Ya pasó."
No, no fue un sueño. Y estaba a punto de repetirse.
Reflexioné sobre nuestra vida juntos. Nuestro estudio, un referente en Madrid. Nuestro éxito. Se lo debía todo a ella, a su talento, a su apoyo incondicional cuando decidí tomarme un respiro por el agotamiento. Ella se quedó al mando, llevando el peso de los dos.
Y el coche. Un Jaguar E-Type clásico, nuestro sueño hecho realidad, el regalo que nos hicimos en nuestro último aniversario. El arma del crimen.
La coincidencia era demasiado perfecta. El coche, el taller, el momento exacto. Alguien había planeado esto con una precisión de arquitecto.
Tenía que cambiar el guion.
"Sofía", dije, agarrándome la cabeza. "Creo que me está subiendo la fiebre. Me encuentro fatal, no puedo conducir."
Su expresión cambió de la ternura a la preocupación genuina.
"Claro que no, cariño. No te muevas. Llamaré yo al taller para cancelar la cita. Descansa, te prepararé algo caliente."
Verla actuar con tanta normalidad me confundía aún más. Si ella no era parte del complot, ¿quién era? ¿Y cómo pensaban robar el coche si yo no lo llevaba a ningún sitio?





