Narra Jasón
El tedio de las horas de clase se disipó lentamente, marcando el final de la jornada cuando el timbre, como un susurro liberador, resonó en los pasillos. Los alumnos se dispersaron, algunos hacia sus hogares y otros hacia las residencias estudiantiles. Reconocí mis pertenencias con el dulce sonido de la música inundando mis oídos a través de los auriculares. Era mi ritual cotidiano, preparándome para el trayecto a casa.
Como de costumbre, me encontraba unos metros detrás de Luz, puesto que mi anhelo silencioso es ser su sombra protectora. Sin embargo, algo alteró la rutina cuando, a varias cuadras de distancia, noté cómo se desviaba hacia un callejón solitario.
Un presentimiento inquietante me llevó a seguir sus pasos, manteniéndome en las sombras para no ser descubierto. Fue entonces cuando presentí algo que sacudió mi percepción de ella. Luz, quien siempre había sido la imagen de la serenidad, prendió un cigarrillo, pero no uno común y corriente.
Perplejo, observo cómo inhalaba algo más que humo. Al examinar más de cerca, mi corazón se hundió al reconocer lo que sostenía entre sus dedos temblorosos: era marihuana.
La sorpresa y el desconcierto se mezclaron en mi mente, provocando un torbellino de emociones. ¿Qué llevó a Luz a este callejón oscuro y a recurrir a la marihuana? ¿Había algo más en su vida que yo no había notado?. Mis pensamientos giraban como una espiral, incapaz de asimilar lo que mis ojos presenciaban.
La imagen de la aparente fragilidad de Luz, envuelta en esa nube tóxica, atormentaba mis pensamientos. ¿Debía confrontarla? ¿O debería respetar su privacidad y la distancia que claramente buscaba? La lucha interna entre la preocupación y el respeto por su espacio personal se agitaba dentro de mí mientras observaba en silencio, atrapado en un dilema moral que parecía no tener una respuesta clara.
Un desgarrador nudo se formó en mi estómago al ver a Luz, el amor de mi vida, sumergirse en ese oscuro mundo de drogas. La incredulidad se mezclaba con la urgencia de actuar, aunque supiera que enfrentarla no sería fácil. Decidí dar ese paso, incluso si sus palabras fueran dardos que atravesaran mi corazón. –¿Luz?– pregunté, con un susurro tembloroso en el aire enrarecido del callejón.
–¿Qué quieres ahora? ¿Por qué me sigues de nuevo? ¿Acaso no entiendes que no me gusta que me molestes?– dijo con furia, elevando el tono de voz, su ira vibraba en el aire y el enojo se reflejaba en sus ojos.
–Luz, solo quiero ayudarte–rogué, cada palabra temblorosa con la sinceridad de mi desesperación. –Por favor, déjalo, no vale la pena– supliqué, con la esperanza de que mi súplica lograra penetrar esa coraza que había erigido alrededor suyo.
–¿Qué demonios sabes tú sobre lo que vale o no?– Indago con su mirada llena de desafío, la cual por lo que siento, parece querer atravesarme. Sus palabras son como cuchillas, hiriendo más allá de lo físico. La amargura se deslizó por sus labios mientras me señala con un gesto de desdén. –Eres simplemente un niño mimado, todo te ha sido entregado en bandeja. ¿Te das cuenta de que abandonas a quienes más te necesitan?– sus palabras golpearon mi conciencia con unas palabras que me hizo tambalear. –Ayudarme… ¿de verdad piensas que voy a creer que eso es lo que buscas?– La ironía baila en sus palabras. –Solo buscas destrozarme– dijo con un tono que retumbó en mi alma, resonando con una amargura que me hizo sentir impotente.
–Luz, por favor, detén esas palabras– Le ruego, aunque se que mi súplica apenas deja una huella en su dolor. La angustia me estruja por dentro, pero ella parece inmersa en una oscuridad que la aleja de mi preocupación.
–¡Exijo que te marches ahora mismo!. No busco ni necesito ayuda, no la merezco– exclama, empujándome hacia atrás con una fuerza que refleja la fragilidad de su espíritu. Me quedo en silencio, aturdido por el aluvión de groserías y maldiciones que brotan de sus labios. La imagen de Luz, ahogada en su propio abatimiento, me perfora el corazón. Nunca la había escuchado pronunciar palabras tan devastadoras sobre sí misma.
–¿Por qué, Luz? ¿Qué te sucede?+ pregunto con desconcierto, luchando por comprender el abismo de dolor en el que se halla sumida. Mis ojos reflejan el desconcierto, mientras el deseo de comprender su tormento late en cada latido.
–Confía en mí, por favor– le ruego con voz quebrada, al borde del llanto. Anhelo desesperadamente ser su apoyo, recuperar esa conexión que una vez nos unió en la alegría y la complicidad. El peso de su sufrimiento me envuelve, mientras mis palabras se convierten en una súplica por acceder a su mundo, por hallar una fisura en su armadura para ofrecerle consuelo. Pero, en medio de su desesperación, Luz parece haberse encerrado en un caparazón impenetrable, uno que me dejaba desolado por mi incapacidad para ayudarla a encontrar la luz que alguna vez brilló en su mirada
Las palabras cortantes de Luz se clavan en el aire, llenas de sarcasmo y desprecio. –¿Confiar en ti… en serio?– Se burla con una risa amarga. –¿Confiar en ti?– repite con un grito, dejando un breve silencio cargado de odio mientras me fulmina con la mirada. –No confío en nadie, mucho menos en alguien como tú– me desafía, dejando que sus palabras resuenen con amargura. La tristeza asoma en su rostro mientras habla de la inutilidad de la confianza, de cómo solo conduce al dolor y al abandono. –Cuando confías, te usan y luego te desechan como si no valieras nada–sentencia con una mezcla de pesar y desesperación. –Escúchame, niñato– arremete con dureza, su voz retumbando con una determinación feroz. –No necesito ayuda, no quiero amigos, no necesito a nadie cerca. Solo deseo estar sola– exclama con frialdad, helando mis intentos por acercarme a ella. Su despedida es una bofetada dolorosa, una puerta cerrada con fuerza que deja el eco de su angustia resonando en el aire.
–Luz, no sigas así+ ruego, aferrándome a su brazo en un intento desesperado de detenerla, de hacerle ver que no está sola en su tormento. Pero su reacción es tajante, liberándose de mi agarre con violencia. Su mirada, cargada de odio, me perfora el alma, dejándome atónito y solo, con la crueldad de sus palabras martilleando mi corazón.
No puedo negar el dolor que esas palabras me causan, pero sé que algo la atormenta profundamente. Comprendo que atraviesa un momento oscuro y desgarrador. Por eso, a pesar de todo, seguiré luchando por su felicidad, porque bajo su armadura de frialdad y rechazo, sé que yace una persona herida que necesita ser sanada.
Narrador Omnisciente
Luz se echa a correr, como si cada zancada fuera un intento desesperado por alejar a Jason, cuyas palabras resuenan en su mente y encienden su ira. No permitirá que él se acerque, fingiendo interés en su bienestar cuando su mera presencia la hiere más de lo que puede soportar.
–Que estúpido… ¿cree que voy a caer en sus juegos?– murmura entre dientes, desahogando su frustración al patear una botella descuidada en el suelo, canalizando su ira en ese objeto inerte. “Está muy equivocado si piensa que voy a permitir que me juzgue todo el tiempo”, añade, su voz tintineando con un deje de amargura, mientras desbloquea la puerta de su hogar con manos temblorosas.
Al llegar, ignora cualquier intento de saludo y se dirige directo a su cuarto, su santuario. Se encierra entre las paredes de ese espacio, evitando a toda costa cualquier interacción con el mundo exterior. Su padre, quien la observa llegar, siente el impulso de abordarla, de romper ese muro que ella misma ha construido, pero la sombra de la desesperación que refleja su rostro le detiene. Prefiere guardar silencio, consciente de que ella solo lo ignorará.
Roger, su padre, se sumerge en el laberinto de pensamientos, tratando de desentrañar los nudos de la transformación de su hija. ¿Es acaso la pérdida de su madre en aquel trágico accidente la raíz de este cambio? Es solo una conjetura, una sospecha que lo carcome. Sabe que debe hablar con ella, desenterrar esos dolores enterrados que le pesan tanto, pero el peso emocional lo paraliza. Entonces, opta por refugiarse en el trabajo, escapando momentáneamente de esa tarea pendiente que lo consume, sabiendo que tarde o temprano, tendrá que enfrentar esa conversación ineludible.
La habitación de su hermana resuena con melodías tranquilas, una escena que, paradójicamente, llena de alivio a Luz. Es ese pequeño ser el motivo por el cual ella lucha cada día, una razón para aferrarse a la vida y evitar que la oscuridad la envuelva por completo. No puede soportar la idea de que su sufrimiento afecte a su hermana de alguna manera.
Sin embargo, la oscuridad persiste en su mente, envolviéndola en una sombra constante. A menos de un mes para cumplir veintidós años, sostiene la creencia sombría de que todo cambiará drásticamente. Un plan oscuro y desesperado se cierne sobre ella, una solución trágica que espera poner fin a su agobiante dolor.
Sintiendo la necesidad urgente de liberar ese dolor que la agobia, se encierra en el baño, desenterrando una navaja, su aliada en la lucha contra los tormentos internos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco cortes profundizan en su piel, el flujo de sangre parece aliviar el peso de las heridas invisibles que la agobian. –Sal de mi cabeza– susurra, viendo cómo la sangre fluye, anhelando desesperadamente escapar del tormento que la persigue sin tregua.
Cuando finalmente sus brazos dejan de derramar ese líquido rojo, envuelve las heridas con cuidado, cubriéndolas con vendajes para ocultarlas de la mirada de su padre. Se pone un pijama de mangas largas para disimular las marcas y se recuesta en su cama, anhelando descansar aunque sea por unas pocas horas. La oscuridad la consume, ruega por un descanso eterno, sabiendo que el sueño no le concederá tregua y tendrá que enfrentar la rutina de clases a pesar de su agotamiento emocional.





