Lena regresó a casa en cuanto salió del complejo de aguas termales.
Pero se encontró con una escena caótica. Las herramientas para su puesto de comida estaban destruidas. Su hermano, Leroy Evans, no estaba a la vista, y su madre, Kamila Jonson, estaba llorando en el suelo.
"Mamá, ¿qué pasó? ¿Dónde está Leroy?", preguntó la joven con preocupación.
Se arrodilló para ayudar a su madre, quien tenía la mejilla hinchada por un golpe.
Entre sollozos, Kamila respondió: "La familia Evans no lo dejó marcharse. Me echaron y me advirtieron que no les dijera nada a los Harvey. Y que si causábamos problemas..., ellos...".
Con voz quebrada, terminó: "Le harían daño a Leroy".
"¡Esto es indignante!". Lena apretó fuertemente los puños. La furia se apoderó de ella cuando se dio cuenta de que estaban a merced de la familia Evans.
Kamila estaba limpiando los escombros mientras las lágrimas corrían por su rostro. "Leroy ha sido débil desde que era un bebé. Si lo lastiman, es posible que no sobreviva".
"No te preocupes, mamá. Yo lo recuperaré", respondió Lena decisivamente.
Aunque aún no entendía por qué Alana no podía tener intimidad con Dylan, era consciente de que la familia Evans estaba ocultando un secreto.
Estaba decidida en liberar a Leroy ileso de sus garras.
Debido a años de tiranía por parte de Juliet Evans, la madre de Alana, la familia de Lena tuvo que sobrevivir vendiendo bocadillos en la calle. Después de terminar su carrera, Lena intentó encontrar un empleo estable, pero siempre era rechazada después de sus prácticas.
Los Evans no tenían intención de permitirle un momento de paz.
Si no actuaba ahora para contraatacar, la destruirían una vez que ya no les sirviera.
Después de atender a su madre herida, se dirigió a la mansión de los Evans.
En la sala de estar, Alana estaba revisando una colección de bolsos y ropa. A pesar de notar la presencia de Lena, fingió no verla y siguió admirando sus nuevos artículos.
Esta última apretó los labios y se tragó su angustia. "Alana, te ruego que dejes de atormentar a mi madre".
A pesar de haber accedido a su demanda, su madre y su hermano seguían siendo cruelmente maltratados.
"¿Atormentar?". Alana soltó una risa, como si hubiera escuchado una broma ridícula. Se acercó a Lena y la agarró del cuello. "No olvides que tu familia no significa nada para nosotros. Unas vidas insignificantes como las suyas no merecen el esfuerzo de atormentarlas".
Solo cuando el rostro de Lena se puso rojo, Alana la soltó y se limpió los dedos con un pañuelo húmedo. "Si quieres que nos detengamos, hay una solución sencilla".
Con una sonrisa, ordenó: "Trae un teclado de computadora".
Un sirviente obedeció a toda prisa.
"Ponlo en el piso", señaló Alana, todavía sonriendo.
Lena palideció completamente.
"Todo lo que tienes que hacer es arrodillarte ahí, darte una bofetada y gritar, 'soy basura, y mi madre también'. Si haces eso, tal vez considere perdonar a tu familia", declaró Alana.
Lena apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en su piel. Su media hermana siempre se esforzaba por afirmar su poder.
Alana ladeó la cabeza y cruzó los brazos. "¿Qué pasa? ¿No sabes arrodillarte? ¿Quieres que te ayude?".
La otra bajó la cabeza para ocultar su rabia y murmuró: "Si me arrodillo, mis rodillas podrían lastimarse. Al señor Harvey no le gustaría eso si tengo que acompañarlo esta noche...".
Al instante, la expresión de Alana se ensombreció y le dio una fuerte bofetada. "De tal madre, tal hija. ¡Solo saben seducir a los hombres!".
"¿No te satisfizo anoche?", preguntó venenosamente. "¿Esperas más hoy? ¡Pues qué pena! ¡Esta noche es mío! ¡Ahora arrodíllate!".
Reprimiendo la humillación, Lena bajó la mirada y comenzó a arrodillarse.
Su piel había sido suavizada por una semana de baño de leche, así que estaba más delicada que antes. Ahora las duras teclas se clavaban en sus rodillas, causándole un dolor punzante.
Alana se echó a reír cruelmente. "Ya te lo he dicho, estás por debajo de mí, no eres más que un juguete a mis pies. ¿Por qué personas como tú piensan que pueden estar relacionados con mi familia? ¡Ahora empieza a abofetearte!".
Lena se mantuvo inmóvil.
Al ver su vacilación, Alana resopló: "¿Qué pasa? ¿No te animas a hacerlo? Tal vez debería llamar al centro de atención y pedirles que le den un medicamento adicional a tu hermano".
Unas lágrimas se deslizaron por el rostro de la pobre chica mientras levantaba su mano temblorosa para golpearse a sí misma.
Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, se escuchó desde afuera la voz del mayordomo: "Los Harvey están aquí".
Alana se sorprendió ante su repentina visita.





