Ella se llevó la casa, el auto y mi corazón

En ese instante, Gerard Todd, el siempre diligente asistente de Kristian, dudó un segundo, antes de preguntar: "Señor, ¿debería reservar un restaurante?".

Masajeándose las sienes con irritación, Kristian contestó: "No, no es necesario".

Él sabía que Freya estaba desahogando su frustración. Y si gastar sin medida aliviaba su temperamento, entonces que así fuera.

Apenas esas palabras salieron de su boca, su teléfono volvió a vibrar con otra notificación bancaria. ¡Más de treinta millones acababan de desaparecer de su cuenta!

Por su parte, Gerard desvió la mirada, al tiempo que los cuatro guardaespaldas permanecían rígidos, con los brazos cargados de bolsas como si fueran burros de carga.

Poco después, Freya salió de la joyería, y le entregó su última compra a Gerard, cuyas manos estaban vacías. Luego, justo cuando se disponía a continuar con su recorrido, el teléfono de Kristian sonó otra vez.

No obstante, su postura cambió. La tensión en sus hombros se relajó, y su ceño se suavizó al mirar la pantalla. Acto seguido, habló con una inusual ternura. "Hola, Ashley".

Enseguida, Gerard y los guardaespaldas intercambiaron miradas de sorpresa. ¿Acaso su jefe había olvidado que Freya estaba ahí?

"¡Ashley tuvo un accidente automovilístico de camino al hospital! ¡Está inconsciente, todavía en cirugía!", soltó una voz frenética al extremo lado de la línea. "Por favor, ven. Ella no dejaba de llamarte antes de desmayarse".

"Envíame la dirección, voy para allá". El pecho de Kristian se apretó, y sus palabras salieron con urgencia.

Al colgar, su mirada se dirigió a Freya.

Si bien una explicación flotaba en sus labios, se la tragó. En cambio, se volteó hacia Gerard y los guardaespaldas. "Quédense con ella y déjenla comprar lo que quiera. Si las cosas no caben en el auto, que las entreguen más tarde".

"Sí, señor", corearon los cinco hombres.

Sin decir nada más, Kristian se alejó, dejando a Freya y a los demás atrás.

A raíz de ello, un incómodo silencio se instaló en el grupo.

Pronto, Gerard ajustó sus lentes de montura dorada, y forzó una sonrisa. "Señora Shaw, no se preocupe. El señor Shaw volverá una vez que haya resuelto los asuntos pendientes".

"¡Guau! Qué empleado tan leal", murmuró Freya, en un tono cargado de algo indescifrable.

Desconcertado por la respuesta, el chico parpadeó.

Mirando las brillantes lámparas del centro comercial, Freya lanzó: "Ser su asistente es una cosa, pero limpiar sus desastres... Dime una cosa, Gerard, ¿alguna vez has visto a un hombre dejar a su esposa a mitad de una cita para correr hacia su amante?".

Ante semejante planteamiento, los guardaespaldas se tensaron y la sonrisa de Gerard se congeló.

Por un momento, los cinco hombres la miraron con una peligrosa sensación cercana a la lástima.

Ese podría ser el precio de casarse con un hombre rico: saber que él la había dejado por otra mientras se esperaba que se tragara el insulto.

"Ahórrense la simpatía", se burló Freya, divertida por sus expresiones. Luego, señaló las bolsas que los agobiaban. "Una sola de esas podría cubrir su salario por un año. Quizás por diez años...".

Ese golpe aterrizó en el lugar indicado.

"En fin, ¿hay algo que les gustaría tener?".

Al escucharla, cinco pares de ojos se abrieron de par en par.

En definitiva, la mente de Freya trabajaba de maneras que ellos no podían comprender.

"Ya que él está haciéndose el héroe para su amante, démosle un mejor uso a su dinero", agregó la mujer, girando la tarjeta negra entre sus dedos.

A decir verdad, no había imaginado que la partida de Kristian la afectaría.

Ahora todo lo que quería hacer era vaciar su cuenta.

Gerard y los guardaespaldas se quedaron boquiabiertos.

Y encantada por su sorpresa, Freya reanudó las compras.

Aunque suponía que Kristian se quedaría en el hospital todo el día, cuando se sentó a comer, él apareció como una tormenta, cortando la calidez y la calma del restaurante como un cuchillo.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, la agarró de la muñeca y la llevó hacia el área del estacionamiento.

Una vez ahí, la impactó contra la puerta del auto, lastimándola. Haciendo una mueca, ella se preguntó cuál era su problema.

"¿Por qué le hiciste daño a Ashley?", la acusó él de repente, temblando con rabia contenida. "Contrataste a alguien para atropellarla, ¿verdad? ¡Te di todo lo que querías, la casa, el auto, el dinero! ¿Qué más quieres? ¿Por qué la heriste?".

El hombre parecía la personificación de la venganza.

Dadas las circunstancias, la confusión de Freya era genuina cuando dijo: "¿Qué...?".

"¿Vas a seguir mintiendo?". La voz de Kristian era tan fría que podría congelar el aire. "¡Tú planeaste eso! Elegiste este día porque sabías que yo estaría distraído. ¡Sabes que yo preferiría morir antes de dejarla sufrir!".

Su tono mordaz era escarcha ártica, del tipo que se filtraba en los huesos y hacía que las espinas se endurecieran.

Gracias a eso, la furia inicial de Freya se disolvió en algo más frío. La absurda acusación tuvo un efecto irónico: drenó su ira, dejando solo claridad.

Mirándolo a los ojos, Freya sonrió con desdén. "Qué poético... Convertir la traición en una gran historia de amor".

"¡Freya Briggs!", gritó Kristian perdiendo el control.

"Estás delirando". Sin inmutarse ante su estatus, ella replicó: "Piénsalo bien. ¿Por qué arruinaría mi nuevo comienzo, mi libertad, por alguien como ella?".

"¡Tú sabes exactamente por qué!", escupió él en voz baja, como una hoja presionada contra su garganta.

En ese momento, Freya se dio cuenta de algo. "Ahh... ¿Crees que todavía estoy obsesionada contigo?".

Aunque no dijo nada, la mandíbula apretada y el fuego en los ojos de Kristian fueron respuesta suficiente.

"¿Por qué debería seguir queriéndote?", se burló ella. "Después de ser tratada como un reemplazo. Después de tu infidelidad. Después de verte babear por otra mujer".

Sus palabras aterrizaron como bofetadas en la cara del hombre.

"Yo no te engañé", dijo él con esfuerzo.

"Le entregaste tu corazón mientras llevabas mi anillo", argumentó Freya con una sonrisa letal. "Eso es engañar".

"Basta de desviar el tema".

"¡Eres tú quien está alucinando conspiraciones!".

Dicho eso, Kristian la estudió como si estuviera desnudando sus capas por primera vez. La intensa mirada del hombre resultaba asfixiante.

Aun así, Freya se negó a ceder. "Entonces, ella afirmó que contraté a un sicario para matarla, ¿y tú le creíste así como así?".

"Sí". A pesar de que su rabia vaciló bajo su mirada inquebrantable, el desafío permaneció. "Ashley no miente, ¡y tiene pruebas!".

Al escuchar eso, las cejas de Freya se arquearon.

Apretando su cartera con fuerza, exclamó: "¡Perfecto, vamos al hospital ahora mismo!".

¿Qué? Su acuerdo inmediato desconcertó a Kristian.

Las personas culpables evitaban la confrontación.

Esa reacción de Freya hizo que la duda se instalara en él. ¿La supuesta evidencia era fabricada?

"Andando". Su orden lo sacó de sus pensamientos.

Soltó su muñeca, desconcertado por su desapego. De pronto, algo feo se retorció en su pecho. ¿Era molestia, culpa? Antes de que pudiera determinarlo, abrió la puerta del auto.

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