Elegida por el maldito Rey Alfa

La puerta se cerró de golpe detrás de mí, formalizando mi exilio.

Me quedé allí, en el pasillo, mirando fijamente el suelo de madera agrietada bajo mis pies. Mi mejilla aún me palpitaba por la bofetada de mi padre, y tenía los dedos llenos de sangre de tanto apretar los puños.

Pero ese dolor no era nada comparado con lo que sentía en el pecho.

Traición. Soledad. Una rabia tan aguda que amenazaba con destrozarme por dentro.

Me tragué el grito que se me había atascado en la garganta y caminé rígida hacia la pequeña y fría habitación del fondo de la casa. Solía ser el trastero, hasta que mi madre decidió que era el lugar adecuado para que viviera la deshonra de la familia: yo.

Empujé la puerta y me quedé en el umbral, observando la pocilga a la que me habían mudado. Un fino colchón en el suelo. Una cómoda rota a la que le faltaba una pata. Un espejo agrietado.

Me lo habían robado todo. Mi dignidad. Mi derecho a existir. Mi futuro.

Pero no me habían robado mi esencia.

Aún no.

Tomé la pequeña bolsa de tela que guardaba junto al colchón. Contenía algunas de mis pertenencias: ropa, un libro viejo con las esquinas gastadas y dobladas.

Lo metí todo dentro, ignorando el temblor de mis dedos. El reloj de la pared marcaba la hora, acercándome cada vez más al anochecer.

Esta noche me enviarían al palacio del Rey Alfa con las otras omegas, como ganado al matadero.

Todos decían que estaba maldito. La muerte lo había tocado. Su cama era un cementerio de mujeres destrozadas.

¿Pero qué otra opción tenía?

Mi pecho latía con respiraciones profundas y temblorosas mientras permanecía de pie frente al espejo agrietado. Mi reflejo era pálido y fantasmal. Tenía los ojos enrojecidos por haber llorado en silencio demasiadas noches. Los labios agrietados y el moratón que me florecía en la mejilla destacaba como una marca escarlata.

Y aun así, en algún lugar profundo de ese reflejo, vi algo más, algo que ellos no veían.

Fuego.

Me limpié la sangre de la palma de la mano y presioné los dedos contra el cristal.

"Sobrevivirás", me susurré a mí misma. "Sobrevivirás a esto, sin importar lo que pase".

Hice el viaje al palacio en una camioneta negra oxidada que olía a perro mojado y metal viejo. Éramos seis en total, todas vestidas con el mismo sencillo vestido gris que se ceñía torpemente a nuestros cuerpos. Éramos sacrificios.

Reconocí a algunas chicas de otras manadas. Unas temblaban de miedo. Otras intentaban disimularlo con una falsa bravuconería. ¿Y yo? Me quedé callada.

Miré por la ventana, viendo pasar los árboles borrosos, el cielo oscureciéndose y tragándose el sol en lentos y codiciosos bocados. Cuanto más nos acercábamos al palacio, más frío sentía.

Decían que el palacio del Rey Alfa estaba excavado en la ladera de las Montañas Negras, un lugar al que jamás llegaba la luz del sol ni resonaban risas en sus muros. Estaba maldito... como el hombre que lo gobernaba.

No sabía qué esperar. Lo único que sabía era que no iba allí a morir. Iba a sobrevivir.

Cuando llegamos, había luna llena, como un testigo silencioso en el cielo sin estrellas. El palacio se alzaba ante nosotros: piedra negra y torres dentadas, sus muros cubiertos de hiedra que parecía más venas que plantas.

Salí de la camioneta y se me cortó la respiración.

Los rumores no le hacían justicia al sitio, que parecía una fortaleza construida por la propia muerte.

Los guardias estaban junto a las enormes puertas de hierro, vestidos de negro. Sus ojos nos escudriñaron con desinterés mientras el conductor de la camioneta entregaba unos papeles. Era una lista, sin duda.

Nos alinearon y nos inspeccionaron como animales en el mercado. Uno de los guardias recorrió la fila, arrugando la nariz mientras nos miraba.

Se detuvo frente a mí.

"Nombre", ladró.

"Emilia", respondí con voz firme.

Me miró alzando una ceja. "¿Hija de quién?".

Apreté la mandíbula. "Del Alfa Gonzáles de la Manada Luna Roja".

Eso lo hizo detenerse. "¿Eres hija de un Alfa?".

"Ya no", murmuré.

Volvió a mirarme y vi un destello en sus ojos, ¿era compasión? ¿Curiosidad? Borró esa mirada rápidamente.

"Muévete", ordenó, señalando hacia la puerta.

Nos metieron como ovejas.

Dentro, el palacio estaba inquietantemente silencioso. Las paredes de piedra eran frías al tacto, los pasillos largos y estrechos. El aire olía a cenizas viejas y a algo metálico, tal vez sangre.

Una mujer con un vestido negro ajustado, ojos penetrantes y un tono aún más cortante nos recibió en el salón principal.

"Permanecerán en silencio a menos que se les hable. No hablarán del Rey a menos que se les ordene. No lo mirarán a los ojos".

Se paseó frente a nosotras como un depredador.

"Si se les llama, irán con él. Sin protestar. Sin dudarlo. Ni intenten gritar... nadie vendrá a salvarlas".

Otra chica a mi izquierda gimió.

La mujer del vestido negro clavó sus ojos en ella. "No busquen la misericordia del Rey, él no la tiene ni la tendrá".

Se giró hacia nosotras. "Ahora las llevarán a sus aposentos. Una de ustedes será llamada esta noche".

El lugar se quedó en silencio mientras ella se paseaba, mirándonos a cada una como si estuviera decidiendo quién sería adecuada para el matadero de esta noche.

Sus ojos se posaron finalmente en mí.

No me inmuté.

Sus labios se curvaron en algo que no era del todo una sonrisa.

"Llévenla a ella primero".

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