El Veneno de Su Amor

El vídeo se extendió como la pólvora por los chats de la universidad.

Era yo.

Sofía Montoya, estudiante de Bellas Artes.

Y Mateo Vidal, el empresario influyente, el mecenas.

En la suite de un hotel de lujo en Madrid.

Un momento que yo había creído especial, ahora era una humillación pública.

Mi móvil no paraba de vibrar con notificaciones.

Mensajes, comentarios, burlas.

"Mira a la mosquita muerta."

"Se lo tenía bien callado."

"Así consigue las becas."

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Estaba en el taller de pintura, trabajando en su retrato.

Un regalo sorpresa.

Las manos me temblaban tanto que el pincel cayó, manchando el lienzo.

Mi corazón latía desbocado, un dolor agudo en el pecho.

Quería gritar, pero la voz no me salía.

Salí corriendo del taller, buscando a Mateo.

Necesitaba una explicación.

Lo encontré cerca de la cafetería, rodeado de sus amigos.

Me acerqué, pero me detuve al escuchar sus risas.

"Mateo, eres un genio," dijo uno de ellos. "La cara que pondrá cuando se entere."

"Isabella estará encantada," añadió otro. "Por fin le das su merecido a la hija de la otra."

Isabella.

Su hermanastra. La novia de Mateo.

Todo encajó de golpe, como un puñetazo en el estómago.

La venganza.

Isabella había convencido a Mateo de que yo era la culpable de alguna supuesta humillación pasada, de que había arruinado su reputación.

Una mentira.

Isabella, que vivía a cuerpo de rey con el dinero que Mateo le enviaba mientras fingía un "exilio" forzado por mi culpa.

Me sentí la persona más estúpida del mundo.

Engañada. Utilizada. Destrozada.

En ese momento, un grupo de estudiantes empezó a señalarme y a cuchichear.

"Ahí está."

"Qué descaro, aparecer por aquí."

Mateo se giró, me vio.

Su expresión cambió. Se acercó, apartando a los que me rodeaban.

"Sofía, ¿estás bien?" preguntó, con fingida preocupación. "No hagas caso a esta gente."

Su mano en mi brazo.

Quería apartarme, gritarle, pero estaba paralizada.

Recordé cómo había aparecido en mi vida hacía unos meses.

Yo era nueva en la facultad, objeto de rumores por la historia de mi madre.

Decían que era una "destroza hogares".

Mateo se presentó como mi protector.

Amable, carismático. Me defendió.

Me hizo sentir segura.

Confié en él. Me enamoré de él.

Recordé la noche del vídeo.

En su suite. Champán, música suave.

Sus palabras dulces. "Eres especial, Sofía."

Creí cada una de ellas.

Y él solo estaba actuando.

Siguiendo el guion de Isabella.

"Ven conmigo," dijo Mateo, tirando suavemente de mi brazo. "Te llevaré a un lugar tranquilo."

Le seguí, como una autómata.

No por confianza.

Sino porque una parte de mí, masoquista, quería ver hasta dónde llegaba su farsa.

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