El Velo Manchado: Ximena Renace

El aire frío y húmedo del club nocturno se pegaba a mi piel, un olor a perfume barato y alcohol derramado llenaba mis pulmones. Estaba de rodillas en el suelo, con el vestido de novia blanco, ahora manchado y sucio, arrugado bajo mi cuerpo tembloroso.

Ricardo, el hombre que hasta hace unas horas era mi prometido, me miraba desde arriba, su rostro perfecto torcido en una mueca de desprecio.

"Ximena, Ximena," dijo, su voz goteando un falso pesar. "Eres una arquitecta tan brillante, diseñaste el rascacielos más alto de la ciudad. ¿Pero por qué tenías que ser tan estúpida? ¿Por qué tenías que meterte en mis asuntos?"

La traición era un sabor amargo en mi boca. Había descubierto sus fraudes, los materiales de mala calidad, las estructuras inseguras que ponían en riesgo miles de vidas. Pensé que, al revelarlo, lo estaba salvando de un desastre mayor.

Qué ingenua.

"Si no hubieras expuesto mis tratos," continuó Ricardo, agachándose para que su aliento me diera en la cara, "mi socio, 'El Buitre', no me habría abandonado. Ahora, tengo que pagar un precio muy alto. Y tú, mi querida Ximena, eres el primer pago. Este es el precio por interponerte en mi camino."

Me empujó hacia un hombre corpulento que me agarró del brazo. "Diviértete," le dijo Ricardo con una sonrisa. "Asegúrate de que entienda su nuevo lugar."

En ese momento, mientras me arrastraban por un pasillo oscuro, lo entendí todo. Él nunca me amó. Fui solo una herramienta, un escalón en su ambición desmedida.

Le pedí el divorcio. Él solo se rio.

"No te apresures, mi amor. Tengo otro espectáculo para ti."

Tres meses después, la noticia llegó a mis oídos como un trueno. Mi padre, Don Fernando Díaz, un urbanista respetado y honrado, fue acusado de corrupción. Su reputación, construida a lo largo de una vida de integridad, fue destruida en un solo día.

Y el héroe que "denunció" la corrupción, el hombre elogiado por los altos mandos y la prensa, no era otro que Ricardo Vargas.

La desesperación me consumió. El dolor, la humillación, la destrucción de mi familia... todo era demasiado. Cerré los ojos, deseando que todo terminara.

Y entonces, desperté.

El olor a café recién hecho y a los chilaquiles que mi madre preparaba los domingos llenó mis sentidos. La luz del sol se filtraba por la ventana de mi habitación, la misma habitación de mi infancia.

Estaba viva. Estaba en casa.

Me levanté de la cama, confundida. Mis manos temblaban mientras tocaba mi rostro. No había cicatrices, no había rastro del sufrimiento. Miré el calendario en la pared. La fecha me heló la sangre.

Era hoy.

El día en que los padres de Ricardo venían a casa a pedir mi mano.

Un golpe suave en la puerta me sacó de mi trance.

"¿Ximena, hija? ¿Ya estás despierta? Los señores Vargas llegaron."

La voz de mi madre, cálida y llena de alegría. La misma alegría que yo sentí una vez.

Me vestí mecánicamente, mi mente corriendo a mil por hora. No era un sueño. Había vuelto. Tenía una segunda oportunidad.

Bajé las escaleras y los vi. Los padres de Ricardo, sentados en nuestra sala, con sonrisas humildes y falsas en sus rostros. Mi padre, Don Fernando, conversaba con ellos amablemente, sin saber la clase de víboras que había dejado entrar en su casa.

La señora Vargas me vio y se levantó de inmediato, sus ojos brillando con una codicia mal disimulada.

"¡Ximena, querida! Cada día estás más hermosa. Ricardo no deja de hablar de ti."

Recordé sus palabras en mi vida pasada, en una fiesta, después de que me casé con Ricardo. "Esa tonta de Ximena, si no fuera por el estatus de su padre, ¿quién se fijaría en ella? Ricardo solo la está usando para conseguir los contratos de la ciudad."

Mi corazón, que pensé que se había convertido en piedra, sintió una punzada de dolor.

El señor Vargas, un hombre de apariencia sencilla pero con ojos astutos, asintió. "Mi Ricardo es un buen muchacho, pero es muy testarudo. Sin ti, Ximena, no sé qué sería de él. Necesita a alguien como tú, de una buena familia, para guiarlo."

Mentiras. Todo eran mentiras.

La señora Vargas se acercó a mi padre, su voz temblando con lágrimas de cocodrilo.

"Don Fernando, sé que nuestro Ricardo no es suficiente para su hija. Nuestra familia es humilde, no tenemos el prestigio de los Díaz. Pero le juro que mi hijo la ama. Hará cualquier cosa por ella."

Se arrodilló, tratando de agarrar la pierna del pantalón de mi padre, en un acto de humillación calculada.

"Por favor, acepte que nuestro hijo se una a su familia. Permítale casarse con Ximena."

Mi padre, un hombre de buen corazón, se apresuró a levantarla, incómodo y conmovido por su actuación.

"Señora Vargas, por favor, levántese. No hay necesidad de esto..."

Pero yo no me moví. Me quedé quieta, observando la escena con una frialdad que me sorprendió a mí misma. Recordé la cara de esta misma mujer cuando me vio en el burdel, una mirada de triunfo y desprecio. "Te lo advertí," me dijo en silencio con sus ojos, "no eres lo suficientemente buena para mi hijo."

El amor que una vez sentí por Ricardo se había convertido en cenizas. La ingenua Ximena que se sonrojaba con sus halagos había muerto en ese club nocturno. La que estaba aquí ahora solo sentía un frío glacial.

Todos me miraban, esperando mi respuesta. Esperando que me sonrojara, que aceptara con timidez, que corriera a los brazos de mi "amado" Ricardo.

Mi padre me miró con una sonrisa cálida. "Hija, ¿qué dices?"

Respiré hondo. Levanté la barbilla y miré directamente a los ojos de los padres de Ricardo.

Mi voz salió clara y firme, sin un atisbo de duda.

"Lo siento, pero no puedo aceptar."

El silencio en la habitación fue absoluto. Las sonrisas se congelaron en los rostros de los Vargas. Mi padre me miró, confundido.

"Ricardo Vargas no se casará conmigo," continué, mi voz cortando el aire. "Él no es digno."

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