El Último Voto Roto

La mañana siguiente comenzó con los gritos de una pareja en el apartamento de al lado, una pelea ruidosa que se colaba por las paredes. Ricardo se despertó sobresaltado y frunció el ceño con molestia.

"No entiendo cómo la gente puede ser tan vulgar", dijo, mientras se ponía una bata de seda. Se acercó a Sofía, que ya estaba vestida y maquillada, sentada al borde de la cama. "Nosotros nunca seremos así, ¿verdad, mi amor? Lo nuestro es para siempre."

Sofía lo miró, una sonrisa vacía en sus labios. "Claro que no, cariño. Para siempre."

La ironía era tan espesa que podría haberla cortado con un cuchillo. Él le besó la frente, un gesto paternalista y falso, y se fue a duchar. Justo en ese momento, Valeria salió de su habitación, ya vestida con un vestido ajustado que resaltaba sus curvas. Le lanzó a Sofía una mirada de superioridad mal disimulada.

"Buenos días, primita", dijo con una voz melosa. "Ricardo me pidió que lo esperara para ir a desayunar juntos. Tiene que discutir conmigo unos 'asuntos familiares' importantes."

El énfasis en las últimas palabras fue una clara provocación. Sofía simplemente asintió, sin darle la satisfacción de una reacción. Cuando Ricardo salió del baño, su mirada se posó en Valeria y una chispa de posesión brilló en sus ojos por un instante antes de que la ocultara.

"Ah, Valeria, qué bien que ya estás lista. Vamos, que se nos hace tarde para ir a casa de mis padres." Luego se volvió hacia Sofía. "Amor, ¿vienes? Sabes que mi mamá insiste en que vayamos a comer los domingos."

Sofía sabía lo que le esperaba. La familia de Ricardo, gente de alta sociedad, nunca la había aceptado del todo, la consideraban una advenediza, a pesar de su éxito como arquitecta. Para ellos, no tenía el apellido ni el linaje adecuados. Pero tenía que ir, era parte de su plan.

La comida en la mansión de los padres de Ricardo fue tan tensa como siempre. La señora De la Fuente, la madre de Ricardo, no dejaba de lanzarle miradas críticas a Sofía, comentando sobre su ropa, su falta de joyas, su carrera.

"Una mujer debe dedicarse a su hogar, a su esposo", dijo la señora, con la vista fija en Sofía. "Esta manía moderna de las mujeres de trabajar... no es natural. Ricardo necesita una esposa, no una socia de negocios."

Ricardo, como siempre, salió en su defensa, interpretando el papel del novio perfecto.

"Mamá, por favor. Amo a Sofía precisamente por lo que es, una mujer talentosa e independiente. Es la única mujer que quiero a mi lado, y nuestro amor es más fuerte que cualquier prejuicio", dijo, tomando la mano de Sofía sobre la mesa. Su toque era firme, su voz llena de una convicción que habría engañado a cualquiera. A cualquiera menos a Sofía.

Ella observó la escena como si viera una película. La mano de Ricardo sobre la suya, su pulgar acariciándola suavemente, sus palabras de amor resonando en el comedor opulento. Pero ella no sentía nada, absolutamente nada. Era como si su corazón se hubiera envuelto en una capa de hielo. Miró a Valeria, que observaba la escena con una sonrisita de suficiencia, sabiendo que todo era una actuación.

De repente, el celular de Valeria sonó. Ella lo miró y luego miró a Ricardo con una expresión particular.

"Ricardo, es sobre la tía abuela, pregunta por los papeles de la herencia que le ibas a llevar hoy", dijo Valeria, su voz inocente pero cargada de un significado oculto.

Ricardo se puso tenso de inmediato. "Cierto, se me había olvidado por completo. Mamá, papá, lo siento, tenemos que irnos. Es un asunto urgente." Miró a Sofía. "Amor, espérame aquí, no tardo nada. Valeria y yo vamos y volvemos."

Y así, sin más, se levantó y se fue, dejando a Sofía sola a merced de su familia. Apenas cerraron la puerta, la madre de Ricardo reanudó su ataque. Durante casi dos horas, Sofía soportó un monólogo de críticas y quejas, desde su incapacidad para llevar una casa "como Dios manda" hasta sus supuestas ambiciones que "distraían" a Ricardo de sus verdaderas responsabilidades. Ella aguantó todo en silencio, con la cabeza en alto, dejando que las palabras venenosas la golpearan sin hacer mella. Cada insulto, cada mirada de desprecio, solo alimentaba el fuego de su resolución. Eran una familia de víboras, y Ricardo era el peor de todos.

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