Mi nombre es Lina Salazar. O, para ser más exactos, ese era mi nombre.
Ahora soy un alma, flotando en el aire, observando cómo celebran mi muerte.
Abajo, en la gran hacienda de tequila de mi familia en Guadalajara, se celebra la boda del siglo.
Luciana Castillo, la verdadera heredera, se casa con mi ex prometido, Patrick Lawrence.
Mi padre adoptivo, el señor Castillo, llora de alegría.
"Finalmente, nuestra verdadera sangre, nuestra Luciana, se casa con un Lawrence. ¡Qué honor para la familia!"
Mi madre adoptiva, con un vestido carísimo, asiente con la cabeza.
"Es una pena que esa impostora, Lina, no esté aquí para verlo. No, espera, es una bendición que no esté. Su sola presencia mancharía este día sagrado."
Los invitados murmuran entre ellos.
"¿Oíste lo que pasó con Lina? Se suicidó. Qué cobarde."
"Dicen que estaba celosa de Luciana. Intentó sabotear la boda y, al no conseguirlo, se quitó la vida."
"Qué bien que murió. Una vergüenza como ella no merecía el apellido Castillo."
Escucho todo. Floto sobre ellos, invisible, una espectadora silenciosa de mi propia humillación póstuma.
La boda es un espectáculo de riqueza. Cientos de invitados, comida exquisita, y el mejor tequila de la hacienda que una vez llamé hogar.
Todo es perfecto. Un final feliz para todos.
Excepto para mí.
Pero está bien. Porque les dejé un regalo.
Un pequeño regalo de bodas desde el más allá.
Y está a punto de ser abierto.





