La madre de Scarlett me miró con desprecio, sus ojos fríos recorriendo mi ropa barata y mis manos callosas de artesano.
"Dos millones de pesos," dijo, su voz tan cortante como el cristal. "Tómalos y desaparece de la vida de mi hija. Olvida que alguna vez existió."
Puso un cheque sobre la mesa de caoba pulida. El silencio en la lujosa sala de la hacienda era pesado.
Miré el cheque. Dos millones. Una cifra que podría cambiar mi vida, que podría pagar el tratamiento de mi abuela.
La miré a los ojos. Esperaba que yo suplicara, que negociara, que me aferrara a Scarlett.
"De acuerdo," dije. Mi voz sonó extrañamente tranquila.
La sorpresa cruzó su rostro por un instante, reemplazada rápidamente por una sonrisa de suficiencia.
"Sabía que eras un hombre inteligente," dijo, empujando el cheque hacia mí. "Un arribista como tú siempre sabe cuándo tomar el dinero y correr."
Tomé el cheque. El papel se sentía frío. No dije nada más. Me di la vuelta y salí de esa casa que nunca fue mi hogar.
Regresé al pequeño cuarto de servicio donde me habían alojado. Sobre la mesita de noche había una foto. Éramos Scarlett y yo, en nuestro pequeño taller en Oaxaca. Ella sonreía, con la cara manchada de pintura, sosteniendo un alebrije a medio lijar. En ese entonces, ella no era Scarlett Salazar, la heredera. Era "Sol", la mujer que encontré herida y sin memoria en un callejón.
El recuerdo era tan claro. La lluvia caía a cántaros durante una protesta violenta en la ciudad de Oaxaca. La encontré acurrucada, sangrando por una herida en la cabeza, con los ojos llenos de miedo y confusión. No sabía quién era. No sabía nada.
La llevé a mi pueblo, a mi humilde taller. La cuidé. Durante tres años, vivimos con lo mínimo. Ella, a quien llamé Sol por la luz que trajo a mi vida, aprendió a amar mi mundo. Aprendió a lijar la madera de copal, a mezclar los pigmentos naturales con sus propias manos. Se enamoró de mí, y yo de ella. Fue el amor más puro que he conocido, forjado en la sencillez y la tierra de Oaxaca. Se tatuó un pequeño colibrí en la muñeca, el símbolo de mis alebrijes.
Hasta que un día, una revista de sociales tirada en el mercado cambió todo. Una foto de una lujosa bodega en Baja California. Una foto de su familia. Los recuerdos la golpearon como un rayo. Scarlett Salazar. Heredera de Salazar Vinos.
Regresó a su mundo y me llevó con ella, prometiendo que nada cambiaría. Pero todo cambió. Sol murió ese día, y Scarlett renació. Se sumergió en catas de vino, juntas directivas y galas de élite. Se volvió fría, distante. Yo era un adorno exótico, un artesano de pueblo en su nueva vida de lujos. El tatuaje del colibrí en su muñeca desapareció bajo un reloj de diamantes.
El golpe final llegó hace una semana. Una noticia en internet. "La heredera Scarlett Salazar y el empresario Máximo Hewitt anuncian su compromiso". La foto los mostraba sonriendo, él con su brazo posesivo alrededor de su cintura. Mi Sol, mi Scarlett, comprometida con otro hombre.
Entendí entonces que ella ya no era para mí. Era una nube flotando en el cielo, y yo era solo barro en el suelo. Éramos de mundos diferentes. La amnesia solo había retrasado lo inevitable. La luna no puede pertenecerle al polvo.
Por eso acepté el dinero de su madre. No por codicia, sino por resignación. Y por mi abuela. Su salud empeoraba cada día y este dinero era su única esperanza.
Esa noche no pude dormir. Al día siguiente, tenía una cita para mi abuela con un especialista en la Ciudad de México. Tomé el primer autobús, con el cheque guardado en el bolsillo interior de mi chaqueta.
El destino es cruel. La clínica estaba cerca de un hotel de lujo donde se celebraba una gala benéfica. Mientras esperaba un taxi, la vi. Scarlett salía de un auto negro, deslumbrante con un vestido de noche. A su lado, Máximo Hewitt, su prometido.
Se besaron. Un beso tierno, de esos que ella solía darme. Él le susurró algo al oído y ella rio.
Mi corazón se detuvo. Intenté esconderme, pero ella me vio. Su sonrisa se congeló.
"¿Leon?" su voz era un susurro sorprendido.
Máximo me miró de arriba abajo, con una sonrisa condescendiente. "¿Este es tu... amigo artesano?"
Antes de que pudiera irme, Máximo me agarró del brazo. "No seas tímido. Únete a nosotros. Hay que celebrar nuestro compromiso."
Me arrastró adentro. La humillación era un nudo en mi garganta.
Nos sentamos en una mesa llena de gente rica y poderosa. Scarlett estaba visiblemente incómoda, pero no dijo nada.
Me sentí como un animal en un zoológico. El menú estaba en francés, no entendía una palabra.
Máximo pareció disfrutar de mi incomodidad. "¿Qué pasa, Leon? ¿Nunca has visto un menú así? No te preocupes, yo pediré por ti."
Luego, levantó su copa. "Un brindis. Por mi hermosa prometida, Scarlett." Todos brindaron. Yo no tenía copa.
Máximo me miró. "Oh, qué descortés de mi parte. ¿Qué te gustaría beber? Sé que en Oaxaca les gusta el mezcal. ¿Qué tal un mezcal de pechuga? Es el más caro que tenemos."
Sabía de mi alergia a las nueces. Sol se lo había contado. Ese mezcal se destila con nueces. Scarlett lo sabía. Pero ella estaba distraída, respondiendo un mensaje en su teléfono, ajena a todo.
Iba a negarme, pero la mirada burlona de Máximo me detuvo. No quería parecer un ignorante. Estaba a punto de aceptar cuando un camarero derramó una sopa caliente sobre el traje de Máximo.
"¡Ah! ¡Mi traje!" gritó Máximo. Me miró con furia. "¿Ves lo que provocas? ¡Tu torpeza me ha costado un traje de cien mil pesos!"
Era absurdo. Yo no había hecho nada. Pero todos en la mesa me miraban como si fuera culpable.
Scarlett finalmente levantó la vista de su teléfono. "¿Qué pasa?"
"Tu amigo me ha arruinado el traje," dijo Máximo, con voz lastimera.
Scarlett me miró con frialdad. "Leon, ¿por qué siempre causas problemas? Vete. Ahora."
Se levantó y se llevó a Máximo, susurrándole palabras de consuelo. Nadie se fijó en mi mano, que había sido salpicada por la sopa caliente. La piel se estaba enrojeciendo, ardiendo.
Recordé una vez, en Oaxaca, cuando me quemé la mano con cera caliente. Sol, mi Sol, corrió a buscar agua fría, me curó la herida con una ternura infinita y lloró conmigo.
Ahora, la misma mujer ni siquiera notaba mi dolor.





