Mateo Vargas corrió hacia el hospital.
Isabella, su Isabella, estaba muriendo.
Una enfermedad rara, un tratamiento experimental carísimo en el extranjero.
Él no tenía dinero, solo sus tangos.
Su único patrimonio.
Vendió los derechos de todas sus composiciones.
El dinero llegó a una cuenta anónima, como exigía la "fundación" que cubría el tratamiento.
Por Isabella, lo daba todo.
Llegó al hospital, al cuarto donde Isabella supuestamente convalecía.
Las amigas de ella, Sofía y Camila, estaban en la puerta.
"Mateo, qué generoso," dijo Sofía con una sonrisa extraña.
"Isabella necesita descansar ahora," añadió Camila, empujándolo suavemente hacia afuera. "Ve a casa, te llamaremos."
Mateo asintió, agotado pero aliviado.
Al doblar el pasillo, escuchó risas.
Risas fuertes, burlonas.
Se detuvo.
Su corazón empezó a latir con fuerza.
Regresó sigilosamente.
La puerta de la habitación estaba entreabierta.
Espió.
Isabella estaba sentada en la cama, perfectamente sana, mirando su celular.
Sus amigas la rodeaban, riendo a carcajadas.
"¡Ese idiota de Mateo se lo creyó todo!" exclamó Sofía.
"¡Qué ingenuo! ¡Vendió hasta el alma por ti!" se burló Camila.
Isabella sonrió, una sonrisa fría, calculadora.
"Fue el desafío número 96, queridas. Quedan tres para los 99."
Mateo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
¿Desafío? ¿Noventa y seis?
Se apoyó contra la pared, el aire le faltaba.
La voz de Isabella continuó, llena de veneno.
"Ese muerto de hambre me quitó el Gran Premio de Tango 'Bandoneón de Oro'. Julián debía ganarlo. Se lo prometí a Julián."
Julián Torres. El pintor mediocre, el protegido de Isabella.
"Juré vengarme 99 veces antes de deshacerme de él. Y lo estoy cumpliendo."
Mateo recordó.
Años cortejando a Isabella. Años de indiferencia.
Y de repente, ella aceptó su amor.
Un amor que era una trampa. Una elaborada, cruel venganza.
El dolor era físico.
Un puñal en el pecho, retorciéndose.
Le dolía el estómago, la cabeza le daba vueltas.
Quería gritar, romperlo todo.
Pero solo pudo sentir cómo las lágrimas calientes corrían por su rostro.
La humillación lo quemaba por dentro.
Se tapó la boca para no vomitar.
Huyó de allí.
Corrió sin ver, chocando con la gente.
Las risas de Isabella y sus amigas resonaban en sus oídos como martillazos.
Llegó a su pequeño departamento, el que Isabella le había "facilitado".
Para tenerlo controlado, ahora lo entendía.
Se miró al espejo.
Un rostro pálido, demacrado, con los ojos rojos e hinchados.
Un idiota. Un completo idiota.
En ese momento sonó su teléfono.
Un número desconocido.
Contestó con voz temblorosa.
Era su tío, un luthier en Sevilla, España. Un tío lejano del que apenas sabía nada.
"Mateo, muchacho, supe lo de tu madre... hace tiempo. Y ahora... bueno, las noticias vuelan. Escuché que no estás bien. Soy viejo, no tengo hijos. Necesito un aprendiz, alguien que herede mi taller. Vente a Sevilla. Empieza de nuevo."
Sevilla. Lejos. Muy lejos.
Una nueva vida. Lejos de ella.
Colgó.
Una decisión se formó en su mente, fría y dura como el acero.





