El Silencio Que Grita

"Nuestro futuro", repetí en mi mente después de colgar, la frase ya no significaba nada, era un eco hueco, una mentira repetida tantas veces que había perdido toda su fuerza, me senté en el sofá, mirando la pared vacía, sintiendo el peso de los siete años que le había regalado.

Faltaban dos semanas para nuestro séptimo aniversario, la fecha que habíamos fijado para, supuestamente, empezar a planear nuestra boda en serio.

De repente, el teléfono vibró sobre la mesa, no era él, era una notificación del grupo de WhatsApp de la empresa, "Catering de Altura", el nombre que yo misma había elegido.

Mi corazón dio un vuelco, la llamada de Ricardo había sido interrumpida abruptamente, como si alguien le hubiera quitado el teléfono.

Abrí la aplicación, Ximena había escrito un mensaje largo en el grupo, dirigido a todos, pero claramente para mí.

"Compañeros, solo quiero agradecerles a todos por su apoyo, y en especial al chef Ricardo, por creer en mí y en mis raíces, algunos no entienden la importancia de la tradición y el trabajo duro, pero sé que juntos llevaremos esta empresa a otro nivel, con humildad y pasión, no con egos ni pretensiones".

Inmediatamente, el chat se llenó de respuestas, "¡Así se habla, Xime!", "¡Eres la mejor!", "¡La humildad ante todo!".

Una ola de náuseas me subió por la garganta, eran mis empleados, gente que yo había contratado, a la que le había pagado sus sueldos puntualmente, ahora me apuñalaban por la espalda en un foro público.

Y entonces, llegó el golpe de gracia, un mensaje de Ricardo en el mismo chat.

"Ximena tiene toda la razón, en esta empresa no hay lugar para la gente que no rema en la misma dirección, la envidia y la soberbia solo nos detienen, a partir de mañana, habrá cambios importantes".

Sentí el aire abandonar mis pulmones, lo estaba haciendo, me estaba despidiendo públicamente, humillándome frente a todos.

Un nuevo mensaje de Ricardo, esta vez privado, directo a mi celular.

"Esto es lo que te ganas por tus jueguitos, Sofía, preséntate mañana a las nueve en punto en mi oficina, tienes que firmar tu liquidación".

Miré alrededor del apartamento, el que habíamos comprado juntos pero que yo había amueblado con mi gusto y mi dinero, cada objeto, cada cuadro, cada cojín, de repente se sentía ajeno, contaminado, miré a mis colegas en la oficina al día siguiente, sus miradas me evitaban, susurrando cuando yo pasaba, la soledad era un manto pesado que me cubría por completo.

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