El silencio del violinista

La lluvia había dejado un olor nuevo en el aire. Tierra mojada, corteza, hojas recién caídas.

Elías caminaba por el sendero con pasos lentos, observando cómo el agua aún goteaba desde las ramas más altas. La mañana estaba envuelta en una niebla suave, como si el mundo no quisiera despertarse del todo.

Llevaba la libreta en el bolsillo.

Desde su encuentro con Abril, había comenzado a llevarla a todas partes, aunque aún no entendía por qué. No esperaba hablar con nadie. No quería que nadie lo obligara a hacerlo. Pero había algo en esa chica que le removía fibras dormidas. Su forma de moverse, de sonreír sin pedir explicaciones. De aceptar el silencio como si fuera parte del lenguaje.

La encontró sentada en la tarima donde solía bailar, con los pies colgando sobre el borde, mordiendo una manzana verde. Al verlo, alzó la mano y le hizo una seña sencilla: un saludo. No usó palabras. No escribió. Solo le hizo espacio a su lado. Elías se sentó junto a ella.

Abril sacó su libreta y le ofreció una hoja:

¿Siempre fuiste músico?

Él lo pensó un momento, luego escribió:

Desde que tengo memoria. Creo que la música me encontró antes de que yo supiera hablar.

Ella asintió, como si eso tuviera todo el sentido del mundo. Luego escribió:

¿Y ahora?

Esa pregunta era un nudo en la garganta.

Elías miró al frente. El arroyo corría en silencio, al menos para él. Se tomó su tiempo antes de contestar:

Ahora solo respiro.

Abril no respondió de inmediato. Cerró la libreta, guardó el lápiz, y se levantó. Con un gesto, le indicó que lo siguiera. Caminaron juntos entre los árboles, dejando atrás la tarima y el sonido (que Elías suponía que existía) de los pájaros. Llegaron a una cabaña de madera pequeña, cubierta de hiedra, con una puerta que parecía no haberse abierto en años.

-Aquí vivía mi abuelo -le dijo, vocalizando despacio para que pudiera leerle los labios-. Era carpintero. Amaba la madera como tú amabas la música.

Entraron. El lugar olía a serrín y aceite viejo. Sobre una mesa, aún estaban las herramientas: cepillos, formones, un banco de trabajo cubierto de polvo. En una esquina, un estante lleno de pequeños instrumentos de cuerda a medio terminar. Elías se acercó con curiosidad. Sus manos tocaron la superficie de una mandolina sin cuerdas. Luego una flauta. Una caja de resonancia vacía.

El silencio lo envolvió como un abrigo viejo.

Abril sacó una caja rectangular de debajo de la mesa. Se la mostró.

Dentro, envuelto en un trapo de lino, había un violín.

No era nuevo. Las curvas estaban ligeramente agrietadas, la madera desgastada por el tiempo, el barniz opaco. Pero aún conservaba su forma. Su dignidad. Su alma.

Lo hizo para mí cuando era niña. Nunca aprendí a tocarlo.

Pensé que a ti te gustaría verlo.

Elías lo sostuvo con una mezcla de temor y reverencia. Lo acarició como si fuera frágil. El instrumento no estaba afinado. Las cuerdas eran viejas, el puente flojo. Pero el peso era familiar. Una vibración se despertó en su pecho.

Un eco que no era sonido. Era memoria.

Lo llevó hasta el banco de trabajo.

Se sentó. Lo sostuvo contra su barbilla.

Cerró los ojos.

Y tocó.

No escuchó las notas. Pero las sintió.

La madera vibrando contra su cuello. El arco rozando las cuerdas con suavidad. El leve cambio de tensión bajo sus dedos. Era como caminar por un lugar que conocía de memoria, con los ojos vendados.

Cuando terminó, Abril tenía los ojos húmedos.

Él la miró, sin saber qué decir. No podía saber cómo sonaba. No podía saber si aquello había sido música o un balbuceo. Pero en su rostro no había compasión, ni lástima. Solo una admiración honesta, una gratitud muda.

Ella se inclinó y escribió:

Puedo enseñarte a bailar, si tú me enseñas a tocar.

Elías sonrió por primera vez en semanas. No con melancolía. No por cortesía.

Una sonrisa verdadera. Lenta, torpe, pero sincera.

Tomó su lápiz, y escribió:

Trato hecho.

Esa noche, en la cabaña, Abril limpió el polvo del banco de trabajo. Elías revisó el violín, reemplazó una cuerda suelta, ajustó el puente. No dijo nada. No necesitaban decirlo. Algo había empezado a moverse. Algo más grande que ellos.

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