El Secreto del Héroe

El aire acondicionado del lujoso apartamento en Bogotá enfriaba mi piel, pero no podía calmar la rabia que sentía por dentro, era una rabia que me quemaba el estómago.

Mi prometido, el Capitán Roy Lawrence, el héroe de Medellín, estaba en la cama con otra mujer.

Y esa mujer era Sylvia Ramírez, mi supuesta amiga de la infancia.

Me escondí detrás de la puerta entreabierta, el corazón me golpeaba tan fuerte que temía que lo escucharan.

Los sonidos que salían de la habitación eran asquerosos, una mezcla de gemidos y el chirrido de la cama que me revolvía el estómago.

"Roy, ¿estás seguro de que esa idiota de Lina no sospecha nada?", susurró la voz de Sylvia, una voz que yo conocía desde que éramos niñas.

"Tranquila, mi amor", respondió Roy, su voz, que tantas veces me había parecido heroica, ahora sonaba hueca y falsa, "ella todavía cree que soy el hombre que la salvó de aquel secuestro, está completamente ciega por mí".

Me mordí el labio para no gritar, la mentira de su heroísmo era la base de toda nuestra relación, una farsa que él había construido para llegar a mi padre y a nuestra fortuna.

"Pero la boda es en dos semanas", insistió Sylvia, "no puedo soportar la idea de que te cases con ella".

Entonces, escuché una tercera voz, una que reconocí al instante, era la madre de Roy, una mujer que siempre me había tratado con una dulzura empalagosa.

"Sylvia, querida, ten paciencia", dijo la señora Lawrence con una frialdad que nunca le había conocido, "es solo un trámite, en cuanto Roy se case con Lina, su dote será nuestra, pagaremos todas las deudas y la hacienda estará a salvo".

"¿Y qué hay de mis hijos?", preguntó Sylvia, su voz llena de angustia, "¿qué hay de nuestros dos hijos, Roy? ¿Van a vivir siempre escondidos?".

Dos hijos.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

No solo me engañaba, no solo planeaba robarme, sino que tenía una familia secreta, una vida entera construida a mis espaldas.

Sentí una náusea violenta, me tapé la boca y corrí hacia el baño del pasillo, vomité todo lo que había en mi estómago, vaciándome por completo, pero la sensación de asco no se iba.

Cuando salí, temblando, la conversación continuaba.

"El niño mayor se parece demasiado a ti, Roy", decía la señora Lawrence, "pero el pequeño... ese nació durante el luto nacional por la tragedia de Armero, nadie sospechará si Sylvia dice que es de otro hombre, un desliz de su pasado".

La frialdad de su plan me heló la sangre, estaban dispuestos a sacrificar la identidad de su propio nieto para mantener su estatus.

No pude más, abrí la puerta de golpe, los tres se giraron, sus rostros una mezcla de sorpresa y pánico.

Sylvia se cubrió con la sábana, Roy se levantó de un salto, su rostro heroico deformado por la culpa.

"Lina...", tartamudeó.

No le dejé hablar, me quité el anillo de compromiso, un diamante enorme que ahora me parecía una piedra sucia, y lo tiré al suelo, el sonido metálico resonó en el silencio.

"Se acabó, Roy", dije, mi voz sonó más fuerte y clara de lo que esperaba, "quédate con tu farsa, con tu amante y con tus hijos".

Me di la vuelta y salí de allí sin mirar atrás, cada paso que daba me alejaba de la mentira y me acercaba a una nueva realidad, una en la que yo, Lina Salazar, no sería la víctima de nadie.

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