"Señorita Rojas, su contrato ha terminado."
La voz del gerente de Recursos Humanos era fría, sin emoción, como si leyera el pronóstico del tiempo.
Me entregó una carta. Despido.
La razón oficial: un supuesto error de contaminación de alimentos en mi cocina, la sección de repostería del restaurante insignia del hotel Vargas Grand. Un error que nunca cometí.
Pero yo sabía la verdadera razón. Su nombre era Sofía Elizondo.
La "Luz de Luna Blanca" de Mateo Vargas, su exnovia de la alta sociedad, había regresado de Europa.
Mateo, el dueño de todo este imperio y el hombre con el que había vivido durante tres años, me estaba desechando para hacerle espacio a ella. Para darle una bienvenida limpia, sin estorbos.
"Entendido."
Tomé la carta, no dije nada más. No supliqué. No protesté.
El gerente pareció sorprendido por mi calma. Esperaba lágrimas, quizás un escándalo. No le di esa satisfacción.
Empaqué mis cuchillos, mis espátulas, las herramientas que eran una extensión de mis manos. Cada objeto guardaba un recuerdo, un sabor, una creación hecha para él.
Salí por la puerta de servicio, la misma que usaba todos los días.
Y entonces los vi.
Al otro lado del lobby, a través de los cristales relucientes, Mateo Vargas recibía a Sofía Elizondo.
Él sostenía su mano con una devoción que nunca me había mostrado a mí. Su sonrisa era amplia, genuina. La miraba como si fuera la única mujer en el mundo.
Mi corazón se sintió pesado, un bloque de hielo en mi pecho.
Durante tres años, fui su amante sumisa, la chef perfecta que manejaba su casa y satisfacía sus caprichos. Él me sacó de las deudas de mi familia, y a cambio, yo le di mi obediencia.
Me trataba como un trofeo valioso, pero al final, un trofeo puede ser reemplazado.
Me di la vuelta y me alejé sin mirar atrás. La humillación era un sabor amargo en mi boca, pero debajo de ella, algo más comenzaba a arder.
La venganza.





