El Retorno del Abandonado

Mi prometida, Sofía Sánchez, me había arrastrado a un infierno de deudas de juego, destrozando mi vida para cubrir sus vicios, y desde ese momento, la mala suerte se pegó a mí como una sombra. Me rompí una pierna porque un anuncio espectacular se me cayó encima, me envenené por tomar agua de la llave, e incluso terminé en la cárcel por un crimen que no cometí, mientras tanto, la familia Sánchez no hacía más que prosperar, mi suegro consiguió un ascenso, a mi cuñada le duplicaron el sueldo, y hasta Marco, el amigo bueno para nada de la infancia de Sofía, se convirtió en un pez gordo de los negocios. Mi final fue patético, morí en la calle, abandonado, y mi cuerpo fue devorado por perros callejeros, mientras Sofía y Marco se reían a carcajadas al cobrar el dinero del seguro. "Miguel Ángel, qué bueno que ese chamán que encontraste le chupó toda la suerte..." escuché decir a Sofía. Marco la tomó por la cintura, burlándose de mi cadáver: "Gracias, cuñado, ahora la lana y la vieja son mías". "¡Mírame desde el más allá, gastando tu dinero, durmiendo con tu mujer y criando a tu 'hijo'!"

Cuando abrí los ojos de nuevo, el mundo giraba, pero estaba de vuelta en el día de mi boda.

"¡Plaf!"

La bofetada de Sofía me aterrizó de golpe, confirmando que esto no era un sueño, había renacido.

Mis oídos zumbaban, frente a mí estaban los flashes de las cámaras de la boda y su cara retorcida por el asco.

"La peor suerte que tuvo mi abuelo fue haberte salvado a ti", susurró, clavándome las uñas en el brazo.

"¿Hasta en tu propia boda te puedes distraer? ¡Qué inútil!"

Agaché la cabeza, pero una sonrisa fría se dibujó en mis labios. Hace diez años, en un accidente, el abuelo Sánchez me salvó, a mí, un huérfano sin nadie en el mundo, y antes de morir me hizo prometerle que me casaría con Sofía como pago por su favor. Desde ese día, mi vida se fue al carajo, una mala racha interminable que culminó con una muerte absurda.

"Mi esposa tiene razón", asentí con docilidad, pero mi mano derecha arrugaba con fuerza el programa de la boda que guardaba en el bolsillo de mi saco.

Sofía resopló con desdén y se alejó, justo en ese momento, Marco se paró frente a mí con una copa de vino.

"Miguel, por ahí escuché que no das el ancho con Sofía", dijo a propósito en voz alta, logrando que todos los invitados voltearan a vernos.

"¿Quieres que yo cumpla con los deberes de esposo por ti? Al fin y al cabo... tú no sirves para nada".

Varias invitadas soltaron risitas, mirándome con una mezcla de desprecio y lástima.

Observé la copa de vino que me ofrecía, en mi vida pasada, Sofía me obligaba a beber supuestos "brebajes" para la virilidad todos los días, pero mientras más los tomaba, peor me sentía, hasta el punto de no poder ni sostener los cubiertos.

"¿Tan buena gente es Marco?", tomé la copa y la levanté hacia la luz, examinándola. "Este color... ¿no tendrá algo extra?"

La cara de Marco cambió por completo, me arrebató la copa de un tirón y fingió que se le resbalaba, derramando todo el líquido sobre mis pantalones.

"¡Miren todos!", se rio a carcajadas, señalando mi entrepierna mojada. "¡Miguel no puede ni sostener una copa, con razón en la cama tampoco sirve para nada!"

Entre las risas de los presentes, mi suegro me miraba con una frialdad que helaba la sangre.

Mi colega Luis se acercó y me guiñó un ojo discretamente.

"Miguel, ¿quieres que te presente a un viejo chamán muy bueno?"

"Claro", me sacudí los pantalones y le sonreí. "Preséntame a varios, para tener de reserva".

Marco se quedó pasmado por un segundo, abrió la boca para decir algo, pero justo en ese momento el maestro de ceremonias anunció que la novia subiría al escenario para dar unas palabras. Entre los aplausos, Marco no tuvo más remedio que disimular su coraje. Se acercó a mi oído y, apretando los dientes, soltó tres palabras.

"¡Pinche idiota!"

Cuando Sofía subió al escenario, pisó mi pie a propósito con su tacón de aguja.

"Hoy también quiero anunciar una buena noticia", dijo con una sonrisa dulce al micrófono, pero sus ojos me lanzaban dagas. "El proyecto del parque comercial del este de la ciudad estará a cargo de Marco".

Apreté los puños con fuerza, ese era el plan en el que había trabajado sin dormir durante tres meses, y en mi vida pasada, lo defendí en el escenario, solo para que me desnudaran públicamente hasta quedar en calzones para "verificar mi identidad".

"Miguel, ¿tienes alguna objeción?", Sofía entrecerró los ojos, golpeando el micrófono con su dedo.

"Claro que sí", mi voz sonó clara y firme, y todo el salón se quedó en silencio.

"Creo que..."

Sofía apretó los dedos, y Marco ya sonreía victorioso.

"...Marco es, de hecho, más adecuado que yo", añadí con una sonrisa.

El salón entero se alborotó, Sofía frunció el ceño, confundida, y Marco se quedó con la boca abierta. Me miró con asco.

"Miguel, ¿qué chingados estás tramando ahora?"

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