Continué con mi actuación, fingiendo estar tan decepcionada y confundida como él.
"¿Qué vamos a hacer, Ricardo?" pregunté con voz temblorosa. "Yo contaba con ese dinero para ampliar la taquería y para el futuro de Luna."
Él se detuvo y me miró con desprecio.
"¿La taquería? ¿Crees que me importa tu mugroso puesto de tacos?" escupió, olvidando por completo su papel de esposo cariñoso. "¡Se suponía que ese dinero nos iba a sacar de trabajar para siempre!"
Ahí estaba. La verdad saliendo a flote. Nunca le importó mi negocio, el negocio que mi padre construyó con sus propias manos y que me dejó con tanto orgullo. Solo veía los billetes.
"Pero... es nuestro patrimonio," dije débilmente, probándolo.
"¡Tu patrimonio no vale nada sin la lana!" gritó. "Tengo que... tengo que hacer una llamada. Voy a hablar con el abogado. Quédate aquí y no hagas nada."
Agarró las llaves del coche y su cartera y salió de la casa dando un portazo, sin siquiera despedirse de Luna. Lo vi por la ventana subirse a su auto y arrancar a toda velocidad. No iba a llamar a ningún abogado. Iba a ver a Laura, a planear su siguiente movimiento. Lo sabía porque en mi vida anterior, eso fue exactamente lo que hizo.
Mientras el coche desaparecía por la calle, mi fachada de mujer débil se derrumbó. Una sonrisa fría se dibujó en mi rostro. Todo estaba saliendo según el plan.
Miré a Luna, que me observaba con sus grandes ojos curiosos.
"Vamos, mi amor. Vamos a visitar a la abuela," le dije.
Rápidamente, empaqué una pequeña maleta con ropa para Luna y para mí, tomé mi bolso donde guardaba mis identificaciones y el teléfono, y salí de la casa. No sin antes transferir los 20 millones de pesos a una cuenta nueva, una que solo yo conocía y que había abierto hace unos días bajo otro nombre. La cuenta que le mostré a Ricardo, la de los veinte mil pesos, era ahora la única a la que él podría tener acceso si intentaba algo legal.
Mientras conducía hacia la casa de mi madre, los recuerdos de las humillaciones financieras de Ricardo volvían a mi mente. Recordé todas las veces que me dijo que "no era buena con los números" y que él se encargaría de las finanzas de la taquería. Recordé cómo, mes tras mes, los "beneficios" eran sorprendentemente bajos. Él siempre tenía una excusa: "Subieron los proveedores, Sofía", "Tuvimos que pagar una multa inesperada", "Las ventas bajaron este mes".
Y yo, la estúpida y confiada Sofía, le creí. Ahora sabía que todo ese dinero se iba directamente a sus bolsillos, y probablemente a los de Laura. Estaba financiando su doble vida con mi propio sudor. La rabia me hizo apretar el volante con fuerza.
Llegué a la casa de mi madre, Doña Elena. Era una casa modesta pero llena de calidez, el lugar donde crecí. Mi madre me recibió con un abrazo.
"Hija, ¡qué sorpresa! ¿Y esta princesita?" dijo, tomando a Luna en sus brazos.
"Hola, mamá. Solo venimos de visita," dije, tratando de sonar normal.
Pero mientras entraba, vi a alguien sentado en la sala con mi madre, tomando café. Era Don José, un viejo amigo de la familia, el hombre que nos había ayudado con los trámites del funeral de mi padre. El mismo hombre que, en mi vida pasada, descubrí que era el informante de Ricardo. Le contaba cada uno de mis movimientos a cambio de dinero.
Mi corazón se heló. El peligro estaba en todas partes.
"¡Sofi! Qué gusto verte," dijo Don José, levantándose para saludarme con una sonrisa que ahora me parecía la de una serpiente. "Justo le decía a tu mamá que qué bueno que ya recibieron la herencia. Tu padre trabajó mucho por ese dinero."
"Sí, Don José. Muchas gracias por todo su apoyo," respondí, mi voz sonando más fría de lo que pretendía.
Tenía que sacarlo de aquí. Necesitaba hablar con mi madre a solas.
"Mamá," dije, volviéndome hacia ella. "Se me olvidó por completo comprar el medicamento para la tos de Luna. ¿Crees que Don José, que es tan amable, podría ir a la farmacia por nosotros? Está a unas diez cuadras. Le doy el dinero."
Saqué un billete de mi bolso. Mi madre me miró un poco extrañada por mi petición tan repentina, pero Don José sonrió, siempre servicial.
"¡Claro que sí, Sofi! No te preocupes. Para eso estamos los amigos. No necesito tu dinero," dijo, tomando la receta imaginaria que le tendí.
"Muchas gracias, Don José. Es usted un ángel," dije, forzando una sonrisa.
Lo vi salir por la puerta y subirse a su viejo coche. En cuanto desapareció de la vista, cerré la puerta con seguro y me volví hacia mi madre. Mi cara ya no tenía ninguna sonrisa.
"Mamá, siéntate. Necesito contarte algo muy grave."





