No pudo más, y se estremeció, convulsionando de pies a cabeza, emitiendo un fuerte gemido de placer, después de algunos segundos, estiró sus manos hacia Germán, que, aun paladeando las sabrosas mieles del deleite de ella, la veía con devoción, aquello bastó para que lo decidiera.
—¡Tómame! ¡Quiero ser tuya! ¡No puedo esperar más! —le pidió con voz dulce y excitada— no tienes idea de cuanto ten necesito y te quiero sentir en mí.
Germán, no tardó ni un segundo en terminar de denudarse a toda prisa, frente a los atentos ojos de ella que no perdía detalle de todos y cada uno de los movimientos de su amado.
El abogado, subió de rodillas al escritorio, entre los hermosos y torneados muslos de ella y buscó la mejor forma de acomodarse, se fue recostando sobre ese fascinante cuerpo, con su boca buscó la de ella y mientras volvían a estrecharse en un pasional beso y las piernas de ella rodeaban la estrecha cintura de él, al tiempo que sus brazos rodeaban el varonil cuello con deleite.
Y fue en ese momento cuando la entrega plena y total por parte de los dos, se consumó, con una suavidad y con una ternura, que Wendy, disfrutó de principio a fin, su placer aumentó y su delirio fue total, de manera inconsciente, levantó la cadera para ir en busca del invasor que conquistaba ese sitio en el que jamás había estado nadie y que ahora entregaba al disfrute que sentía.
Recargado sobre sus codos, German, acariciaba el hermoso rostro femenino, besaba su frente, sus mejillas, sus labios, mientras sus caderas iniciaban el viejo vaivén que desde el principio de los tiempos ha servido para crear nuevas generaciones, además de manifestaciones de deseo y placer.
La abogada, no podía pedir más, aquello era estar en la gloria suprema, flotando entre nubes de goce, viajando entre sensaciones que le parecían fascinantes y deliciosas, que la hacían sentirse mujer de pies a cabeza, que la empujaban a continuar gozando de ese maravilloso momento.
Sin siquiera pensarlo, sus caderas trataban de acoplarse al increíble vaivén de las caderas de él, como si estuvieran en un baile, como si realizaran una coreografía de la pasión y del deleite y que como expertos bailarines realizaban los movimientos precisos y exactos que su lujuria, les exigía para llevarlos al límite del éxtasis supremo que tanto anhelaban.
Y aunque ella hubiera deseado que ese momento se prolongara un poco más, de nueva cuenta sintió esa bella emoción que emergió de sus genitales, subiendo por su vientre, llegando a su estómago, siguiendo por su pecho, arrancándole un profundo e intenso gemido, hasta llegar a su cerebro y estallar en una sensación a la que se estaba volviendo adicta por lo hermoso que sentía.
Fue tan intensa la experiencia que sus piernas se ciñeron con más fuerza a las caderas de él, que sus manos se abrieron y sus uñas se clavaron en la suave piel de la dura espalda de Germán, marcándole unos surcos que delataban su pasión, mientras que su boca, se prendía a la del muchacho con una ansiedad tan intensa que tal parecía que jamás había besado a alguien.
Y fue en ese preciso momento cuando lo sintió de nuevo, provocado por el momento en que Germán, se tensó, gimió, bufó y dejó salir toda esa pasión que ella le despertaba, causándole una reacción en cadena que de nueva cuenta la llevó al paraíso del orgasmo, al clímax de la lujuria.
Jadeantes, sudorosos y satisfechos, mantuvieron la postura y volvieron a besarse, con una ternura que era todo un deleite, Wendy, besó con ternura el bien marcado pecho de él, al tiempo que Germán, se iba incorporando para no asfixiarla con el peso de su cuerpo.
Ese fue el momento culminante, Wendy, se sentía tan feliz que se deleitó viéndolo levantarse, cuando estuvo de pie, le dio la mano y ella quedó sentara en el escritorio y entonces él le besó la frente con ternura, con cariño, con respeto, sin egoísmos, provocando en ella sentimientos hermosos como hacía mucho tiempo no sentía tan intensos y sobre todo sinceros.
Por primera vez en su vida supo lo que era sentirse deseada, anhelada, en realidad amada, porque, estaba convencida de que él la adoraba hasta la devoción, de pies a cabeza, sin egoísmos ni condiciones, la amaba por ser ella, por su esencia más que por su presencia.
Siempre lo había sabido y ahora lo confirmaba, el amor que, Germán le tenía era superior a cualquier cosa, la veneraba, con todos sus defectos, la aceptaba como su compañera, como su gran amor, le fascinaba, era estar a su lado y ahora lo sabía con plenitud, ahora se daba cuenta de todo el tiempo que había perdido por su inseguridad y sus temores.
Ahora estaba dispuesta a arriesgarse, tal y como lo hacía en todos los juicios que enfrentaba, estaba decidida a dejarse llevar por sus sentimientos y sus emociones, ya no se contendría, ya no ocultaría todo ese amor que sentía por Germán, que según podía ver en sus ojos, le correspondía.
No tenía caso que se contuviera ante algo que deseaba, lo mismo que él, no debía prolongar más esa incertidumbre de estar esperando a que él se decidiera a dar el primer paso, entendía que estaba temeroso de que si decía algo de sus sentimientos ella lo rechazara.
—¿Y ahora? ¿Qué te pasa? —dijo la “China”, sacándola de su ensimismamiento.
—¿Eh? Perdón… ¿qué dijiste? —respondió Wendy, dándose cuenta que soñaba despierta, ahora iba en su carro y su mente le había jugado una mala pasada trayéndole ideas de lo que deseaba.
—Que te quedaste muy callada, por un momento pensé que estabas dormida.
—No… nada de eso… sólo pensaba en lo que oímos.
Silvia Guzmán, la “China”, que ya trabajaba en el bufete jurídico de Wendy, conducía el auto de esta después de la entrevista que tuvieran con uno de los informantes de Martí, cuando de pronto:
—A propósito… Wendy, ¿cómo vas con Germán? ¿Ya se decidió a pedírtelo? —le dijo la “China”
—¿A pedírmelo…? —preguntó la abogada extrañada, sin saber si le hablaba en doble sentido, o si su pregunta había sido inocente y limpia, ya que, con Silvia, nunca se sabía.





