La mente de Corina se quedó en blanco y sus pies se volvieron de plomo sobre el pavimento.
El vehículo pasó a toda velocidad junto a ella, como una bala de obsidiana que atravesara el espacio y el tiempo.
La violenta ráfaga de aire hizo que Corina cayera desparramada sobre el duro suelo.
En la desolada calle, lo lógico era que el conductor se esfumara en la noche, sin testigos, sin consecuencias, sin dejar rastro.
Pero el destino le tenía reservado algo distinto. El motor del vehículo gruñó mientras retrocedía, deteniéndose a escasos centímetros de donde ella estaba tirada.
La puerta del acompañante se abrió con elegancia deliberada, revelando una elegante figura que descendía del coche. Unos zapatos negros de cuero personalizados tocaron el suelo cuando su ocupante emergió, abriendo un paraguas de ébano para protegerse del incesante aguacero.
"¿Se encuentra bien?" El profundo timbre de la voz de Nate Hopkins resonó en el aire húmedo.
Corina levantó la mirada, observando la escena que tenía ante ella. Su rostro era una obra de arte de precisión: ángulos afilados y planos definidos que denotaban nobleza, mientras que sus ojos tenían un magnetismo inexplicable que le resultaba extrañamente familiar.
Esos ojos despertaron algo en su interior, un susurro de reconocimiento que se escapaba de su comprensión.
"Estoy bien, gracias..." Las palabras salieron de su garganta apenas como un susurro.
Su intento de ponerse en pie fracasó cuando un dolor agudo, como una lanza, le atravesó las piernas raspadas y el pie lacerado, haciéndola caer de nuevo.
Antes de que la gravedad pudiera reclamarla, un brazo firme la sujetó por la cintura, atrayéndola hacia un cuerpo sólido y musculoso.
El frío que emanaba del cuerpo de Nate la envolvió mientras se encontraba presionada contra su pecho.
Sus palmas se posaron sobre el firme torso de él, y un calor inesperado se extendió bajo sus dedos a pesar del frío exterior de Nate.
El contraste de sensaciones la abrumó por completo. Instintivamente, intentó apartarse, pero Nate respondió sujetándola con más firmeza, levantándola del suelo con una gracia natural.
"¿Qué estás haciendo? ¡Bájame!" El hielo en la voz de Corina hacía juego con la repentina frialdad de su expresión.
El íntimo contacto le resultó discordante, pues ni siquiera Bruce, su novio durante tres años, se había atrevido a más que tomarla de la mano. Las atrevidas acciones de este desconocido provocaron una incómoda agitación en su mundo perfectamente ordenado.
La mirada firme de Nate se cruzó con la suya, y su voz transmitía una autoridad tranquila. "Estás herida. Necesitas ir al hospital".
"Yo... puedo caminar sola", protestó ella, aunque su proximidad le provocaba oleadas de tensión y su aura fría la presionaba por todos lados.
"No te muevas". La orden salió de su boca como un trueno lejano, sin admitir réplica y silenciando su resistencia.
El frío interior del coche hizo que Corina estornudara.
La mano de Nate se deslizó hacia los controles del aire acondicionado y lo apagó. Al notar sus temblores, le colocó su chaqueta sobre los hombros con sorprendente delicadeza. "Intenta no resfriarte".
"Muchas gracias". La prenda llevaba su esencia impregnada, tanto su aroma como su calor residual, haciendo que su corazón se acelerara de forma inesperada.
Un destello de diversión brilló en los ojos de Nate al notar el rubor que teñía las mejillas de ella. "Soy yo quien debería darte las gracias".
La confusión se reflejó en el rostro de Corina. "¿Qué?"
Su voz permaneció firme como el acero. "Gracias por aceptar mis disculpas y darme la oportunidad de compensártelo".
Llegaron al hospital más cercano, donde ella insistió en caminar a pesar de sus heridas. Nate se adaptó con paciencia a su paso vacilante hasta que llegaron a su destino.
Cuando Corina regresó del tratamiento, lo encontró hablando por teléfono, con su alta figura recortándose contra las paredes del hospital. Al verla acercarse, él terminó la conversación y le entregó una tarjeta de presentación. "Aquí tienes mi información de contacto. Si necesitas algo, no dudes en llamarme".
"No necesito nada". Su cortés negativa era definitiva: este capítulo no necesitaba un epílogo.
Extendió la chaqueta hacia él. "Aquí tienes. Yo me encargaré de la limpieza".
Nate esbozó una leve y enigmática sonrisa mientras observaba la prenda en la mano extendida de ella. "Quédatela. La necesitas más que yo".
Sus palabras, aunque sencillas, tocaron una fibra sensible que no esperaba. Sintió un nudo en la garganta mientras luchaba por contener una repentina oleada de emoción.
Se dijo a sí misma que era por los acontecimientos del día: el shock, el agotamiento y el desengaño amoroso. Seguramente por eso se sentía tan conmovida por la fugaz amabilidad de un desconocido.
"Gracias. Pero ahora debo irme", murmuró Corina, con un toque de vulnerabilidad en la voz. Enderezando la espalda, se alejó, decidida a volver a la casa de la familia Ashton para resolver algunos asuntos importantes.
Nate permaneció clavado en el sitio, observando mientras la silueta de ella se desvanecía, con un brillo indescifrable en los ojos. "Nos volveremos a ver".





