La injusticia se materializó unos minutos después, con nombre y apellido: Carlos.
El mismo Carlos del "arte con agallas" se acercó cojeando aparatosamente al escritorio del Maestro Fernando. Llevaba una pequeña y sospechosamente limpia venda en la muñeca derecha.
"Profe, qué pena molestarlo", dijo con voz lastimera. "Fíjese que ayer en el entrenamiento me di un mal golpe en la muñeca, el doctor dice que es un esguince leve pero que necesito reposo absoluto, no puedo ni agarrar el lápiz".
El cambio en el Maestro Fernando fue instantáneo y nauseabundo. Toda la dureza de su rostro se derritió, reemplazada por una expresión de paternal preocupación.
"¡No me digas eso, campeón! A ver, déjame ver", dijo, inspeccionando la venda con una delicadeza que jamás había mostrado a nadie. "No, no, ni se te ocurra forzarla. La salud es primero. Tómate el día, es más, tómate la semana si es necesario".
Carlos puso una cara de mártir. "Pero, profe, el proyecto…".
"¡Qué proyecto ni qué nada! Tú recupérate. Además", añadió Carlos con una sonrisa cómplice, "mis amigos me invitaron a un concierto de rock hoy en la noche, para animarme, ya sabe".
Sofía contuvo la respiración. La descarada mentira era tan obvia que dolía.
Pero el Maestro Fernando sonrió aún más. "¡Perfecto! La música es la mejor terapia. Te lo mereces, campeón. Ve, diviértete. Es más, ¿necesitas que te dé un aventón? Mi carro está abajo".
La oferta colgó en el aire, podrida y pestilente. Un concierto de rock era una "terapia", pero una exposición de arte de nivel mundial era "irse de pinta". Un esguince falso merecía transporte personal, pero una condición médica crónica era un "drama".
Sofía no pudo más. El dolor físico y la rabia se fusionaron en una sola energía volcánica que la impulsó a ponerse de pie.
"¿Es en serio?", soltó. La voz le salió más fuerte de lo que esperaba, cargada de una incredulidad temblorosa.
El Maestro Fernando y Carlos se giraron hacia ella. La sonrisa del maestro se desvaneció.
"¿Qué dijiste, Ramos?"
"Le pregunto si es en serio", repitió Sofía, avanzando un paso. "A mí me niega un permiso para algo vital para mi carrera, me acusa de dramática y de inventar enfermedades. Y a él", señaló a Carlos con un dedo tembloroso, "que claramente está mintiendo sobre una lesión para irse a un concierto, no solo le da permiso, sino que hasta se ofrece a llevarlo".
El silencio en el salón era total. Todos los ojos estaban fijos en la escena.
El rostro del Maestro Fernando se ensombreció, adquiriendo un tono rojizo. Se acercó a Sofía, invadiendo su espacio personal.
"Cuida tu tono, señorita", siseó. "¿Me estás acusando de algo?"
"Lo estoy llamando por lo que es", respondió Sofía, la adrenalina ahogando el miedo. "Un misógino. Un injusto. Usted desprecia a todas las mujeres de esta clase y favorece a los hombres sin ningún pudor".
"¡Insolente!", gritó él. Su aliento olía a café rancio. "¡Te crees muy valiente por levantar la voz! No eres más que una niña malcriada y resentida porque no consigue lo que quiere. Carlos es un joven con futuro, un deportista, un hombre de verdad. Tú solo eres una más del montón, con tus pinturitas y tus quejas".
Cada palabra era un golpe. "Hombre de verdad". "Pinturitas". "Una más del montón". El dolor en su costado se convirtió en una garra de fuego que la dobló por la mitad. Soltó un gemido ahogado y se llevó ambas manos al abdomen.
"¿Ves? ¡Ahí está otra vez! ¡El drama!", se burló el maestro, con una sonrisa cruel. "No soportas que te digan tus verdades y empiezas con el numerito. A ver si así aprendes a respetar a tus mayores y a conocer tu lugar".
Sofía apenas podía respirar. El mundo se estaba encogiendo, los bordes de su visión se oscurecían. El dolor era insoportable, una ola negra que la estaba ahogando.
"Siéntate y ponte a trabajar", le ordenó él, con desprecio. "No quiero oír ni una palabra más de ti".
Pero Sofía no podía sentarse. No podía moverse. El dolor era todo lo que existía. Negó con la cabeza, un gesto mínimo pero cargado de toda la rebeldía que le quedaba.
"No", susurró. "No voy a trabajar para usted".
La furia del Maestro Fernando alcanzó su punto máximo. Se inclinó hacia ella, su rostro a centímetros del de Sofía.
"Escúchame bien, Ramos", su voz era un veneno puro. "Vas a terminar el año en mi clase, y te juro que lo vas a lamentar cada día. Voy a hacer que repruebes, que tu promedio se vaya al diablo. No vas a entrar a ninguna escuela de arte. Terminarás vendiendo chicles en un semáforo, que es para lo único que sirven las mujeres como tú, que no saben obedecer".
La crueldad de la imagen, la vileza de su maldición, fue la última gota. El suelo pareció desaparecer bajo los pies de Sofía. La oscuridad la envolvió por completo.





