Sofía salió de la sala de conferencias con la cabeza palpitante, pero con una claridad helada en la mente. Había aceptado el trato de Alexander Kirov. La oportunidad de limpiar el nombre de su padre era demasiado valiosa, demasiado irrenunciable, para permitir que la moralidad se interpusiera en el camino.
Alexander no la acompañó. Simplemente dio una orden a Dimitri, el guardia, con un movimiento de cabeza.
-Dimitri la llevará a su alojamiento. Mañana comienza la auditoría. No tolere errores, Señorita Volkov.
El alojamiento de Sofía no era un hotel. Era un apartamento de lujo en el piso ático de un complejo residencial, propiedad de Titan Steel. El diseño era nórdico, minimalista y frío, con enormes ventanales que ofrecían una vista impresionante de las luces de la ciudad que se encendían bajo el cielo oscuro.
Al entrar, Sofía sintió una vez más la mano invisible del control de Alexander. El apartamento era una jaula de oro.
Apenas había desempacado sus portátiles y cifrado sus comunicaciones cuando sonó el videófono encriptado de la sala de estar. Era Alexander. Su rostro llenaba la pantalla con una nitidez perturbadora.
-Espero que el alojamiento sea de su agrado, Señorita Volkov.
-Es excesivo, Señor Kirov. Prefiero un hotel.
-Usted está aquí bajo mi supervisión. Un hotel implicaría la interferencia de la prensa, los socios curiosos y la inevitable vigilancia del FSB. Aquí, solo la vigilamos nosotros.
-Su confianza es abrumadora -replicó Sofía con sarcasmo.
-La confianza es un lujo que no puedo permitirme. Ahora, al asunto central. Mañana le daré acceso total a los servidores contables de Titan Steel, pero hay una condición adicional que se aplica a nuestro "acuerdo".
Sofía se tensó. -¿Qué condición?
-Usted es un pasivo de seguridad. Es extranjera, tiene un apellido marcado por el escándalo y está investigando el corazón de mi empresa. Los ataques contra Titan Steel no son solo financieros; a menudo son personales. Necesito asegurarme de que usted no sea un punto débil que pueda ser explotado por mis enemigos.
Alexander hizo una pausa, y su mirada se volvió más intensa, más íntima.
-A partir de ahora, y durante la duración de la auditoría, usted cenará conmigo cada noche.
La propuesta la tomó por sorpresa. -¿Una cena? ¿Para discutir los balances?
-No. Para establecer su coartada. Usted es mi invitada especial en Moscú. La prensa y la sociedad deben ver que usted no es una auditora independiente, sino alguien bajo la protección directa de la familia Kirov. En nuestro mundo, la protección se demuestra con proximidad. Si usted cena conmigo, si la ven a mi lado, nadie se atreverá a tocarla.
-Esto es ridículo. Esto es una demostración de fuerza innecesaria.
-No es ridículo. Es supervivencia. Y hay otra razón, Sofía. -Alexander usó su nombre de pila por primera vez, un movimiento deliberado de dominio-. Necesito entenderla. Necesito saber si la sed de venganza es lo único que la impulsa. Y la mejor manera de desarmar a un enemigo es compartir una mesa.
Sofía apretó la mandíbula. Esto era un intento de control total, de forzar una intimidad que socavaría su profesionalismo. Pero él tenía razón: si sus rivales pensaban que ella era la amante o la aliada de Alexander Kirov, nadie se atrevería a atacarla o a buscar información.
-Acepto -dijo Sofía con voz fría-. Pero que quede claro, Señor Kirov. Esto es una farsa. Y yo solo estoy interesada en el archivo.
-Perfecto. La limusina la recogerá a las 8:00 p.m. Y le sugiero que se vista adecuadamente. Esta noche, usted no es una auditora. Es mi invitada.
La Tensión en el Metropol
A las 8:00 p.m., Sofía estaba lista. Había elegido un vestido de seda negra de corte sencillo, elegante pero sin ostentación. Su armadura profesional.
La limusina la llevó al Hotel Metropol, un ícono de la opulencia zarista y soviética. El restaurante era un santuario de terciopelo y oro. Sofía sabía que cada persona en esa sala era alguien, y cada par de ojos estaba clavado en Alexander Kirov. Y ahora, en ella.
Alexander ya estaba sentado en la mesa más discreta, pero estratégicamente visible. Se levantó cuando ella llegó, un gesto de cortesía antigua que contrastaba con su brutalidad.
-Llegas tarde -observó él, su mirada recorriendo su vestido con una lentitud que la hizo sentir desnuda bajo la tela.
-Tuve que cifrar mi portátil, Señor Kirov. La seguridad es prioritaria.
Alexander no respondió. En su lugar, tomó la mano de Sofía, un toque rápido y firme que envió una punzada de alarma a su sistema.
-Siéntate, Sofía.
Durante la cena, Alexander no habló de balances ni de finanzas. Habló de literatura rusa, de la historia de Moscú, del exilio y del precio de la ambición. Era un conversador fascinante, erudito y profundamente oscuro. Sofía se encontró cautivada a pesar de su resistencia. Él estaba revelando un lado de sí mismo que era una distracción deliberada, un intento de bajar su guardia.
-¿Por qué te fuiste a Londres, Sofía? -preguntó Alexander, cortando un trozo de carne con precisión quirúrgica.
-Por las oportunidades -mintió ella.
-Mentira. Te fuiste porque tu padre te obligó a elegir la seguridad sobre la venganza. Elegiste la comodidad de un trabajo de analista en lugar de luchar en el barro por su nombre. Eres brillante, pero eres una cobarde.
El ataque fue tan inesperado y certero que Sofía sintió que le faltaba el aire.
-No tienes derecho a juzgar mis decisiones.
-En mi mesa, tengo todos los derechos. Yo no huí. Yo me quedé aquí, en el infierno que mi padre creó, y lo hice mío. Lo hice porque la supervivencia de mi apellido es más importante que mi moral. Tú no regresaste por justicia, Sofía. Regresaste porque el dinero y la seguridad no te dieron lo que realmente querías: un nombre.
La cena terminó con esa verdad cruda pendiendo entre ellos. Cuando salieron, el frío de la calle los golpeó.
-Mañana a las 8:00 a.m. en la oficina -dijo Alexander, abriendo la puerta de su limusina.
Sofía asintió, entrando. Antes de que pudiera cerrar la puerta, Alexander se inclinó, su rostro peligrosamente cerca del de ella.
-Una última cosa. Si quieres que los demás crean que esto es más que negocios, necesitas actuar.
Alexander tomó el rostro de Sofía entre sus manos grandes y frías, y la besó.
No fue un beso tierno. Fue un acto de posesión pura, un golpe de fuerza. Su boca era dura, exigente, y el beso fue breve pero intenso, diseñado para ser un shock y una advertencia.
Cuando se separó, Sofía se quedó sin aliento.
-Si alguien nos ve -murmuró Alexander, su aliento frío sobre sus labios-, debe creer que eres mía. Mañana, auditora. Piensa en el precio.
La puerta se cerró. Sofía se tocó los labios, sintiendo el ardor del contacto de Alexander. Él no solo quería su silencio. Quería su sumisión. Y con ese beso, había iniciado la guerra íntima que ella sabía que no podría ganar fácilmente.





