El Precio de un Sueño Roto

El ruido de los billetes al caer atrajo todas las miradas.

Mateo se giró lentamente. Su rostro no mostró sorpresa, sino una fría diversión. Sofía soltó una risa aguda y despectiva.

"Vaya, vaya, pero si es la pequeña restauradora," dijo Sofía, levantándose y caminando hacia mí con la elegancia de una depredadora. "¿Qué haces aquí, Isabella? ¿Intentando seducir al prestamista para que te perdone la deuda?"

Me quedé paralizada, incapaz de hablar. El dolor era tan intenso que me ahogaba.

Mateo se levantó también, con una calma aterradora. Recogió uno de los fajos de billetes del suelo y lo sopesó en su mano.

"Quinientos euros," dijo, mirándome directamente a los ojos. "¿Cuántas uvas tuviste que recoger para ganar esto? ¿Cien mil? ¿Doscientas mil?"

Se acercó a mí, su aroma a colonia cara invadiendo mi espacio, un olor que nunca había asociado con el Mateo "pobre" que yo conocía.

"Tus manos," susurró, tomando una de mis manos callosas y ásperas. "Recuerdo cuando eran suaves. Recuerdo cómo las usabas para dibujar. Qué desperdicio."

Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos, calientes y amargas.

"¿Por qué?" fue lo único que pude articular.

Sofía se rió de nuevo. "¿Por qué? Porque eres una ilusa. ¿De verdad creíste que Mateo, un Solís, estaría con alguien como tú? Una huérfana sin un céntimo, con sueños ridículos de pintar en iglesias viejas."

Mateo me soltó la mano con asco. Se volvió hacia el "prestamista" .

"Prepara el nuevo pagaré," ordenó. "Un millón de euros. Y asegúrate de que los intereses sean altos."

Luego se giró hacia Sofía, quien ahora ocupaba su puesto como mi "jefa" .

"Sofía, como su gerente, tienes mi permiso para hacer lo que sea necesario para que entienda su lugar," dijo Mateo con una sonrisa helada.

Sofía me miró de arriba abajo, saboreando su poder.

"Muy bien," dijo, su voz goteando veneno. "Para empezar, quiero que te arrodilles y me supliques que te deje seguir trabajando aquí. Quizás si me ruegas lo suficiente, considere no echarte a la calle esta misma noche."

El mundo a mi alrededor se desvanecía. La humillación era un peso insoportable.

Pero en medio de ese dolor, algo se rompió. La Isabella que amaba a Mateo, la que se sacrificó por él, murió en ese instante.

Sentí una tristeza profunda, no por él, sino por mí. Por los cinco años perdidos. Por mis manos destrozadas. Por mi sueño traicionado.

Levanté la cabeza y los miré. Ya no había lágrimas. Solo un vacío inmenso.

"No," dije, con una voz que apenas reconocí como mía.

Y sin decir una palabra más, me di la vuelta y salí corriendo de ese restaurante, dejando atrás el dinero, la mentira y los restos de mi corazón roto.

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