La puerta del Pagani se cerró con un clic sordo y hermético, aislando a Alexander de la tormenta y dejando a Emma congelada en el asfalto. El pánico, agudo y punzante, la obligó a reaccionar. No podía quedarse allí parada esperando a que el papeleo destruyera lo poco que le quedaba. Caminó a zancadas cortas hacia la ventana del copiloto y golpeó el vidrio tintado con los nudillos.
-¡Señor Vance! ¡Espere! -gritó, tragando agua de lluvia-. ¡Por favor, escúcheme un momento!
El cristal bajó apenas tres centímetros, lo suficiente para que la voz de Alexander se filtrara con una nitidez exasperante.
-Señorita De la Cruz, creo haber sido lo bastante claro. No tengo nada más que discutir con usted en mitad de la vía pública.
-Por favor, sé que está furioso, y tiene todo el derecho de estarlo -suplicó Emma, apoyando las manos en la fría carrocería mojada-. Pero entienda que fue un accidente. La visibilidad es nula, el asfalto es un espejo. Le pido una disculpa sincera, de verdad. No soy una conductora imprudente, solo... fue un mal segundo.
Alexander giró la cabeza lentamente para mirarla. Sus ojos grises, fijos a través de la estrecha abertura del cristal, destilaron una impaciencia gélida.
-Ahórrese las disculpas, no me sirven de nada -la cortó él de forma tajante, sin alterar el tono-. Las disculpas no pagan las facturas de los talleres en Módena, ni borran el informe de daños de este vehículo, ni me devuelven la puntualidad a la reunión que acabo de perder. El arrepentimiento es una emoción inútil en el mundo real.
Emma tragó saliva, sintiendo que las palabras del CEO le golpeaban el pecho como piedras.
-Solo quiero que solucionemos esto de la manera correcta -insistió ella, forzando la voz para que no temblara-. Intercambiemos los datos. Déme su tarjeta o un número donde mi aseguradora pueda contactar a su equipo. No pienso darme a la fuga.
Alexander guardó silencio durante un par de segundos, midiendo la determinación desesperada en el rostro empapado de la joven. Finalmente, extendió una mano impecable hacia la guantera, extrajo una elegante tarjeta de presentación con bordes plateados y la deslizó por la ranura del cristal. Emma la tomó de inmediato, protegiéndola bajo la palma de su mano para que la tinta no se borrara con el agua.
-Ahí tiene el contacto de mi bufete corporativo principal -dijo Alexander, con una frialdad ejecutiva-. Ahora, deme sus datos. Nombre completo, número de identificación y el nombre de su proveedor de seguros. Mi chofer tomará nota desde el sistema interno.
Emma dictó los datos a toda prisa, con los dientes castañeteando por el frío que ya le calaba los huesos. Cuando pronunció el nombre de la pequeña compañía local donde pagaba su póliza mensual, vio cómo la comisura de los labios de Alexander se tensaba en una mueca de absoluto desdén.
-¿Seguros del Centro? -repitió él, pronunciando el nombre como si fuera un insulto-. Señorita De la Cruz, se lo advierto por última vez para que no se haga falsas ilusiones: ese seguro barato suyo no va a servir de absolutamente nada.
-Es una compañía legal -defendió Emma, plantando cara a pesar del terror-. Tienen cobertura contra terceros. Cubrirán los daños mecánicos.
-Esa póliza de tercera categoría cubrirá, con suerte, el equivalente a veinte mil dólares antes de declararse insolvente ante un coche de este calibre -sentenció Alexander, mirándola fijamente-. El parachoques trasero de este Pagani está fabricado con una aleación especial de carbotitanio y fibra de carbono tejida a medida. Traer los paneles de repuesto desde Italia y pagar la mano de obra especializada supera los cuatrocientos mil dólares. ¿Sabe lo que eso significa?
Emma no respondió. El peso de la cifra la dejó sin aire.
-Significa que su seguro barato cubrirá una uña del problema -continuó él, implacable-. Para el resto de la deuda, mis abogados emitirán una orden de cobro directo contra su patrimonio personal. Embargarán sus cuentas, sus propiedades y cualquier activo que esté a su nombre. Si no tiene cómo responder, el proceso derivará en una demanda penal por insolvencia punitiva y daños agravados.
El mundo de Emma se terminó de derrumbar. Pensó en la pastelería familiar, el único sustento de su madre enferma, el lugar donde guardaban los recuerdos de su abuelo. Si Vance Industries ponía sus garras sobre ellas, perderían el local antes de que el banco ejecutara el embargo de la próxima semana. Estaba acabada por ambos lados.
-No puede hacerme esto... -susurró Emma, con la voz quebrada-. Es una injusticia. Fue un imprevisto del clima.
-El clima no firma los cheques, señorita De la Cruz, usted lo hace -concluyó Alexander de forma lapidaria.
A lo lejos, las luces de una enorme camioneta negra con los logotipos de Vance Industries comenzaron a cortar la niebla de la avenida. El transporte privado de Alexander había llegado.
El cristal del Pagani se elevó por completo, sellando la conversación y dejando a Emma sola bajo el diluvio, con la lujosa tarjeta corporativa apretada contra el pecho y la certeza de que su vida acababa de cambiar para siempre en un segundo de distracción.





