El Precio de un Reloj Roto

El teléfono sonaba en mi mano, y el sudor frío me recorría la espalda. Mi esposa, Sofía, finalmente contestó, su voz sonaba distante y fría, como si hablara con un extraño.

"¿Qué quieres, Ricardo? Estoy ocupada."

Mi voz temblaba, no podía controlarla.

"Sofía, ¿dónde está Miguelito? Fui a recogerlo a la escuela y no estaba, su maestra dijo que lo recogiste hace horas."

Hubo un silencio del otro lado de la línea, un silencio que me heló la sangre.

"Lo mandé a un lugar para que lo corrijan," dijo finalmente, con un tono casual, como si hablara del clima. "Ya no podía soportar su mal comportamiento."

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

"¿Mal comportamiento? ¿De qué hablas? ¡Es un niño de seis años! ¿Qué hizo?"

"Rompió el reloj de Mateo," respondió ella, y en su voz pude notar un matiz de enojo, pero no por nuestro hijo, sino por el objeto dañado. "Ese reloj era muy importante para él, un regalo de su padre. Miguelito tiene que aprender a respetar las cosas de los demás."

Mateo. Su amigo de la infancia. El hombre por el que me había estado ignorando durante meses.

"¡Fue un accidente, Sofía! ¡Miguelito es un niño! ¡No puedes enviarlo a un 'lugar de corrección' por un reloj! ¿Dónde está? ¡Dime dónde está ahora mismo!"

Grité, perdiendo el control. El pánico se apoderaba de mí.

"No te lo voy a decir," su voz se volvió dura como el acero. "Es por su propio bien. Necesita disciplina, Ricardo. Algo que tú, con tu blandura, nunca le has podido dar. Deja de molestarme, estoy con Mateo."

Y colgó.

Me quedé mirando el teléfono, sin poder creerlo. La mujer que amaba, la madre de mi hijo, había enviado a nuestro pequeño a un lugar desconocido por un capricho, por impresionar a otro hombre.

Corrí hacia el coche, mis manos temblaban tanto que apenas podía meter la llave en el contacto. Conduje sin rumbo por la ciudad, llamando a su teléfono una y otra vez, pero me enviaba directamente al buzón de voz.

Mi desesperación crecía con cada minuto que pasaba. ¿Qué clase de lugar era ese? ¿Qué le estarían haciendo a mi hijo? La imagen de Miguelito, con sus grandes ojos asustados, llorando y llamándome, se repetía en mi mente sin cesar.

De repente, mi teléfono vibró. Era un mensaje de un número desconocido. Lo abrí con manos temblorosas.

Era una dirección. "Colegio Disciplinario Sol Naciente". Y debajo, una frase que me destrozó el alma.

"Felicidades, papá. Sofía está embarazada. Es una niña, y yo soy el padre. Atentamente, Mateo."

El mundo se detuvo. El aire abandonó mis pulmones. La traición era tan inmensa, tan aplastante, que sentí que me ahogaba. No solo me había engañado, no solo había desechado a nuestro hijo como si fuera basura, sino que estaba formando una nueva familia con mi supuesto amigo.

Pisé el acelerador a fondo, ignorando los semáforos y el tráfico. Lo único que importaba era llegar a esa dirección, sacar a mi hijo de allí.

El "Colegio Disciplinario" era un edificio gris y ominoso, rodeado por un alto muro con alambre de púas en la parte superior. Parecía más una prisión que una escuela.

Entré a la fuerza, empujando al guardia de seguridad. Grité el nombre de mi hijo, corriendo por los pasillos desolados. Un hombre con bata blanca intentó detenerme, pero lo aparté de un empujón.

Finalmente, lo encontré.

En una pequeña habitación blanca, acostado en una cama metálica.

Mi pequeño Miguelito.

Estaba pálido, inmóvil. Tenía cables pegados a su pequeña cabeza y su cuerpo sufría espasmos violentos de vez en cuando. Estaba en coma, inducido por electroshocks.

Caí de rodillas junto a su cama. El dolor era tan agudo, tan físico, que sentí que mi corazón se partía en mil pedazos. Acaricié su manita fría, susurrando su nombre una y otra vez, pero no hubo respuesta.

Mi hijo, mi pequeño artista que soñaba con pintar el mundo de colores, estaba atrapado en una oscuridad silenciosa por culpa de la crueldad de su propia madre.

No sé cuánto tiempo estuve allí, arrodillado y llorando, hasta que sentí una mano en mi hombro. Era mi suegro, el padre de Sofía. Su rostro, normalmente severo, mostraba una profunda preocupación.

Lo miré, con los ojos llenos de lágrimas y un odio que nunca antes había sentido.

"Señor," mi voz era un susurro roto. "Quiero el divorcio. Y me llevaré a mi hijo. No permitiré que esa mujer se le vuelva a acercar. Nunca más."

Mi suegro no dijo nada, solo apretó mi hombro con más fuerza, su silencio era una admisión de la terrible verdad que ambos estábamos presenciando.

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