Julián dejó de respirar de inmediato. Su mente se quedó totalmente en blanco, como un papel vacío. ¿Qué era lo que ella acababa de decir? ¿Él? ¿Acaso Elena estaba diciendo que estaba enamorada de él?
-Elena... no digas tonterías, por favor -logró decir, tartamudeando mucho. Su voz de cura seguro y firme había desaparecido por completo en un segundo. Ahora solo era un hombre normal y muy asustado.
-No son tonterías, Padre. Lo amo a usted. Vengo a la misa de los domingos solo para poder verlo de lejos. Limpio la plaza a escondidas solo para verlo pasar cuando usted camina. Sé que usted es sacerdote. Sé muy bien que le pertenece a Dios y a nadie más. Por eso es un gran pecado. Por eso lloro todas las noches en mi cama.
Julián se levantó de golpe de su asiento de madera. La silla hizo un ruido fuerte. La respiración se le aceleró mucho. Tenía que salir de ahí en ese mismo instante. Tenía que huir lejos de ella. Pero sus piernas se sentían pesadas y no se movían. Sin pensar, abrió la puertecita de su lado y salió del confesionario a paso rápido. Elena hizo exactamente lo mismo del otro lado.
Los dos quedaron de pie, frente a frente, en medio de la enorme iglesia vacía y silenciosa.
Él la miró de arriba abajo. Ella lo miró directamente a los ojos. Ya no había ninguna rejilla ni madera de distancia entre ellos. Julián bajó la mirada hacia los labios de Elena. Estaban rojos, húmedos y un poco hinchados porque ella se los había estado mordiendo de los nervios. Él intentó pensar en Dios, en los votos que hizo, en la cruz de madera que colgaba de la pared principal del altar. Pero cuando volvió a mirar profundamente a los ojos de Elena, todo eso desapareció como humo en el aire.
-Te tienes que ir ahora mismo, Elena -dijo Julián. Pero no sonó como una orden. Su voz fue solo un susurro ronco y débil.
-Me iré enseguida, pero solo si usted me mira a los ojos y me dice que no siente nada por mí -lo retó ella con valentía, dando un paso más, quedando más cerca de él.
Julián tragó saliva con dificultad. Estaban tan cerca que podía sentir el calor que salía del cuerpo de ella. La química intensa entre los dos era como un fuego invisible que estaba quemando el aire alrededor. Él sabía perfectamente que debía gritarle, decirle que era una pecadora insolente, echarla de la iglesia a empujones y cerrar la puerta. Pero no pudo hacerlo. No movió ni un dedo para alejarla. Porque la verdad que escondía en el fondo de su alma era que él también la amaba. La amaba desde el mismísimo primer día que la vio sonreír en el pueblo.
Julián levantó una mano grande, que le estaba temblando mucho, y tocó la mejilla de Elena con mucho cuidado. Su piel era tan suave como siempre la había imaginado en sus sueños secretos. Elena cerró los ojos al instante al sentir su toque cálido y soltó un largo suspiro de alivio.
-Que Dios me perdone por esto -susurró Julián, rindiéndose.
Y sin pensar nunca más en sotanas negras, en misas de domingo o en ganarse el cielo, se acercó a su rostro y cortó la distancia entre los dos.
El beso de la iglesia fue muy corto, pero a Julián se le hizo como una eternidad. Abrió los ojos de golpe y se separó de Elena rapidísimo, como si ella lo estuviera quemando con fuego. Empezó a respirar muy rápido, muy asustado de lo que acababa de hacer. Se tapó la boca con la mano, sin poder creerlo.
-¡No! ¡Esto está muy mal! -gritó Julián, echándose dos pasos para atrás-. ¡Vete, Elena! ¡Vete por favor y no vuelvas a buscarme nunca más!
Elena lo miró con los ojos llenos de agua, asintió despacito con la cabeza y salió corriendo de la iglesia hacia la calle, sin decir ni una sola palabra más para defenderse.
Julián se quedó completamente solo. El silencio de la iglesia inmensa ahora se sentía muy pesado en sus hombros. Caminó casi corriendo hacia la casa parroquial, que era una casita pequeña y humilde que estaba justo al lado de la iglesia, donde él vivía solo. Entró y cerró la puerta de madera echando el seguro. Se tiró de rodillas frente a un pequeño crucifijo que tenía colgado en su cuarto y empezó a rezar. Rezaba fuerte, casi gritando, pidiendo perdón a Dios por ser un hombre tan débil, pero no podía concentrarse. En su mente solo podía ver la cara hermosa de Elena y sentir lo suaves que eran sus labios contra los suyos.
De repente, un ruido fuertísimo lo asustó y lo hizo saltar. Era un trueno muy grande. Julián se levantó, corrió a mirar por la ventana y vio que el cielo de la tarde se había puesto completamente negro. Empezó a llover. Pero no era una llovizna normal de esas que refrescan el calor, era una tormenta torrencial. El agua caía con tanta fuerza y rabia que parecía que el cielo se iba a caer a pedazos ahí mismo.
Julián pensó en Elena. Ella se había ido sin nada, no tenía paraguas, ni abrigo, y su casa quedaba muy lejos, hasta el otro lado del pueblo. Tenía que cruzar un camino de tierra que con esa lluvia segura ya se había vuelto un río de puro lodo. Sintió muchísima preocupación en el pecho, pero intentó calmarse diciéndose a sí mismo que ella era lista y estaría bien. Seguramente se había escondido debajo de un techo en alguna tienda de la plaza.
Pasó más de una hora. La lluvia no dejaba de caer, al contrario, cada minuto era más y más fuerte. Empezó a hacer mucho frío adentro de la casa parroquial. Julián fue a la cocinita y se hizo una taza de té caliente para tratar de calmar sus nervios alterados. Estaba a punto de tomar el primer traguito cuando escuchó un ruido raro en la puerta principal.
Toc, toc, toc.
Eran unos golpecitos muy débiles. Casi no se lograban escuchar por el gran ruido que hacía la lluvia contra el techo de lámina. Julián dejó la taza en la mesa y caminó despacio hacia la puerta. ¿Quién podía salir a la calle a esa hora y con ese clima tan horrible? Quitó el seguro y abrió la puerta.
Ahí parada estaba Elena.





