Sofía dejó que el teléfono sonara hasta que se cortó la llamada. Se quedó mirando la pantalla, el nombre "Ricardo" brillaba en la oscuridad. El hombre que había amado, el padre de su hijo, ahora era un extraño, un monstruo.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez, contestó.
"¿Qué quieres?", dijo, su voz plana, sin emoción.
"Sofía, ¿dónde te metiste? Te he estado buscando por todas partes. Elena y yo estamos preocupados". La voz de Ricardo sonaba genuinamente desconcertada, como si no pudiera comprender por qué ella se había ido de esa manera.
Preocupados. La palabra le supo a veneno en la boca.
"No te preocupes por mí", respondió ella, con el mismo tono gélido.
"¡Claro que me preocupo! Eres mi esposa. Escucha, sé que la situación es... rara. Pero tengo una explicación para todo. Mañana te buscaré y hablaremos. Te llevaré a cenar al mejor restaurante de la ciudad, para que veas que todo va a estar bien. Te lo mereces".
Un momento después, su teléfono vibró con un mensaje. Era una foto. Un plato de comida exquisita, probablemente de un restaurante carísimo. Langosta, espárragos, una copa de vino espumoso. Debajo de la foto, un texto: "Mira lo que te estás perdiendo. Mañana comeremos esto y mucho más".
Sofía miró la foto y una imagen vino a su mente. La imagen de ella y Pedrito sentados en el suelo de su cocina, compartiendo una tortilla fría con sal. Era todo lo que tenían para cenar esa noche. Pedrito, con su sonrisita inocente, le había dicho: "Está rica, mamá".
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Una lágrima de rabia.
Cerró la foto y, sin dudarlo, bloqueó el número de Ricardo. Luego, borró su contacto. Era un gesto pequeño, pero se sintió como el primer paso hacia la libertad.
Esa noche no durmió. Se quedó en la playa, escuchando el mar, sintiendo el vacío que había dejado Pedrito. Al amanecer, tomó una decisión.
Fue al tianguis y le dijo al hombre para el que trabajaba que renunciaba. Le entregó las llaves del pequeño cuarto que alquilaba a Doña Carmen y le pidió que regalara sus pocas pertenencias. Tomó un autobús con el poco dinero que le quedaba, sin un destino fijo, solo con la necesidad de alejarse.
Se bajó en un pequeño pueblo costero, un lugar tranquilo donde nadie la conocía. Encontró un trabajo limpiando habitaciones en un pequeño hotel y alquiló un cuarto diminuto con vista al mar.
Pasaron dos semanas. Dos semanas de silencio, de trabajo duro y de un dolor sordo que la acompañaba a todas horas.
Una tarde, al volver del trabajo, se encontró a Ricardo esperándola en la puerta de su cuarto.
Estaba furioso. Su rostro, usualmente bronceado y relajado, estaba contraído por la ira.
"¡Así que aquí estabas! ¿Se puede saber qué demonios te pasa? ¡Desapareces sin decir nada, apagas el teléfono! ¿Sabes lo preocupado que he estado?".
Sofía lo miró sin decir una palabra. Pasó a su lado y abrió la puerta de su cuarto. Él la siguió adentro.
El cuarto era minúsculo, apenas cabía una cama y una pequeña mesa. Ricardo miró a su alrededor con asco.
"¿Vives aquí? ¿En este cuchitril? ¿Después de todo lo que he hecho por ti?".
Sofía se giró para mirarlo. A pesar de su ropa informal, unos pantalones de lino y una camisa de marca, Ricardo exudaba un aire de riqueza y poder que no encajaba en ese lugar. Su piel estaba cuidada, sus manos suaves, su aroma era de una loción cara. Era un hombre de otro mundo. Un mundo que ella ya no quería.
"¿Qué has hecho por mí, Ricardo?", preguntó ella, su voz tranquila.
Él pareció desconcertado por la pregunta.
"¿Qué he hecho? ¡Todo! Fingí mi secuestro para poder amasar una fortuna, ¡una fortuna para nosotros! ¡Para darte a ti y a Pedrito la vida que se merecen!".
La mención de Pedrito fue como un golpe en el estómago. Pero Sofía no se inmutó. Su rostro permaneció impasible.
Ricardo, frustrado por su falta de reacción, se acercó y la tomó por los brazos. Su agarre era fuerte, dominante.
"Sofía, mírame. Soy yo, Ricardo. Tu esposo. Sé que estás enojada, pero tienes que entender. Lo hice por nuestro futuro".
Intentó besarla. Sofía giró la cara. El beso aterrizó en su mejilla. Ella no sintió nada. Ni asco, ni rabia, ni amor. Solo un vacío inmenso. Era como si un extraño la estuviera tocando.
Él la soltó, frustrado.
"No entiendo qué te pasa. Antes no eras así. Antes me perdonabas todo".
"Antes", dijo Sofía, y por primera vez, una emoción se asomó en su voz, una frialdad cortante. "Creía que eras el hombre que amaba. Ahora sé lo que eres".
Se sentó en la cama, dándole la espalda. Era una clara señal de que la conversación había terminado. Ricardo se quedó de pie en medio de la habitación, respirando con agitación, sin poder creer la frialdad de la mujer que una vez lo había adorado.





