La conciencia de Marco flotaba en una oscuridad cálida y pesada. No sentía su cuerpo, no podía mover un dedo, ni siquiera abrir los ojos. Era como estar atrapado en un sueño profundo, pero podía oír. Podía sentir.
Se vio a sí mismo desde arriba, acostado en esa cama de hospital, pálido como un fantasma. Vio a su madre, Elena, arrodillada, suplicando. Cada una de sus palabras era una tortura para él. Quería gritar, decirle que se levantara, que no se humillara así por él. Pero su voz no salía, su cuerpo no respondía.
Vio a Ximena, su esposa, la mujer por la que habría dado la vida mil veces. La vio con su expresión de desdén, escuchó sus palabras crueles.
"¿Para qué sirve este vividor?".
"A quien amo es a Diego".
El dolor que sintió no era físico. Era algo mucho más profundo, un desgarro en el alma. La mujer que amaba lo veía como un parásito. La mujer por la que había sacrificado una parte de su cuerpo, lo despreciaba.
Observó, impotente, cómo los guardias sacaban a su madre a rastras. La desesperación lo inundó. ¿Por qué, Ximena? ¿Por qué tanto odio? ¿Qué había pasado en su mente para que se convirtiera en esa persona?
Entonces, la puerta se abrió de nuevo. Era Diego. Su "amigo" de la infancia. El hombre al que Ximena ahora amaba.
Diego no miró a Marco. Se acercó a un rincón de la habitación donde esperaba un médico de aspecto nervioso. Marco observó la escena desde su prisión etérea.
"¿Está todo arreglado?", preguntó Diego en voz baja, sacando un sobre grueso de su saco.
El médico asintió, tomando el sobre con manos sudorosas.
"Sí, señor. Nadie sabrá la causa real. Diré que fue una condición preexistente agravada por el alcohol. La vieja no podrá hacer nada".
"Bien", dijo Diego, con una sonrisa torcida. "Asegúrate de que no sobreviva. No quiero cabos sueltos".
El médico tragó saliva. "No se preocupe. Con su condición renal, es solo cuestión de tiempo. No moveré un dedo".
Diego le dio una palmada en el hombro y se fue.
Marco flotaba en la oscuridad, helado. Así que todo había sido planeado. La fiesta, el alcohol, la muerte. Diego, el amigo que lo había traicionado. Y Ximena, la mujer que amaba, era su cómplice, aunque fuera por ignorancia.
Un recuerdo lo golpeó con la fuerza de un rayo. El hospital, un año atrás. Ximena estaba en una cama, pálida y asustada. Insuficiencia renal. Necesitaba un trasplante urgente o moriría. Él no lo dudó ni un segundo.
"Yo soy compatible", le dijo al médico. "Tomen el mío".
Recordó el dolor agudo después de la cirugía, la cicatriz que ahora llevaba en su costado. Recordó la mirada de Ximena cuando despertó, llena de lágrimas y gratitud.
"Me salvaste la vida, Marco", le susurró. "Nunca lo olvidaré".
¿Dónde estaba esa mujer ahora? ¿Qué había hecho el accidente con ella? ¿O simplemente había revelado lo que siempre fue?
Su conciencia se sentía cada vez más débil, como una vela a punto de extinguirse. El pitido rítmico del monitor cardíaco comenzó a acelerarse, volviéndose errático. Podía escucharlo como si viniera de muy lejos.
Bip... bip... bipbipbip... biiiiiiiiiiiii...
Un sonido largo, agudo y final.
La oscuridad lo envolvió por completo.





