El Precio de la venganza: Embarazada del CEO

El trayecto en el ascensor hacia el último piso de la Torre Becker fue asfixiante. A pesar de que la cabina estaba vacía a excepción de Klaus y ella, Emma sentía que las paredes de cristal y acero se cerraban a su alrededor. El edificio entero exhalaba una atmósfera de poder aséptico y calculador, un mundo diametralmente opuesto a las texturas cálidas, los colores pastel y la tranquila soledad de su estudio de arte.

Cuando las puertas se abrieron con un suave siseo, Emma se encontró en un vestíbulo inmenso, dominado por mármol negro y líneas minimalistas. No había cuadros, ni plantas, ni un solo atisbo de imperfección humana. Aferró la correa de su bolso con fuerza, sintiendo el reconfortante peso de su diario estilo *scrapbook* contra su costado; era su única ancla a la realidad en medio de aquel mausoleo corporativo.

Klaus la guio hacia una puerta doble de roble oscuro al final del pasillo.

-El señor Becker la está esperando -indicó el hombre, abriendo una de las hojas y haciéndose a un lado para dejarla pasar. No entró con ella. Simplemente cerró la puerta a sus espaldas, dejando a Emma atrapada en la guarida del CEO.

La oficina era tan inmensa e intimidante como el resto del edificio. Detrás de un escritorio de cristal y metal, recortado contra la tormenta que azotaba Berlín al otro lado del ventanal, estaba Noah Becker.

Emma se detuvo en seco. Las fotografías en las revistas financieras no le hacían justicia. Era alto, de una presencia abrumadora, con facciones esculpidas con la misma dureza del mármol que adornaba su vestíbulo. Sus ojos, de un azul tan claro que rozaba el gris, se clavaron en ella con la precisión de un bisturí. No había calidez en esa mirada, solo un cálculo gélido y, si Emma no se equivocaba, un destello de hostilidad contenida.

Noah no se acercó a saludarla. No hizo el amago de extenderle la mano, rompiendo la convención social básica. Emma soltó un imperceptible suspiro de alivio; odiaba los apretones de manos obligados y el contacto físico con extraños, prefería mantener su burbuja intacta.

-Señorita Hoffmann -la voz de Noah era grave, un barítono profundo que resonó en el silencio de la oficina-. Tome asiento.

Emma caminó con rigidez hacia una de las sillas frente al escritorio, manteniéndose erguida, negándose a dejarse empequeñecer por la opulencia del lugar.

-Su asistente mencionó un proyecto de restauración urgente -comenzó ella, yendo directo al grano para enmascarar su nerviosismo-. Si me permite ver las piezas o el catálogo, puedo evaluar si estoy capacitada para el trabajo, aunque sigo pensando que sobreestiman mis...

-No hay ninguna obra de arte, Emma.

La interrupción fue cortante, seca. El uso de su nombre de pila la descolocó.

Noah se sentó lentamente en su sillón de cuero. Abrió una gaveta y extrajo una carpeta negra y gruesa, deslizándola sobre la superficie de cristal hasta que quedó frente a ella.

-¿No hay obra de arte? -repitió Emma, frunciendo el ceño-. No entiendo. Me ofrecieron un pago adelantado de trescientos mil euros.

-El dinero es real. La oferta sigue en pie. El trabajo, sin embargo, requiere un tipo de entrega diferente. -Noah entrelazó las manos sobre el escritorio, observándola como un depredador que ya ha cerrado la jaula-. Abre la carpeta.

Con dedos temblorosos, Emma levantó la cubierta de cartón. Lo primero que vio fue un documento legal con el membrete del bufete Wagner & Asociados. El título, en letras negritas, le robó el aliento.

*Contrato Privado de Gestación, Compensación Económica y Cesión Total de Derechos Filiales.*

Emma parpadeó, sintiendo que una ola de frío le recorría la espina dorsal. Leyó las primeras líneas, mareada por la jerga legal, pero las palabras clave saltaban a la vista como luces de neón: *Concepción natural*, *Exclusividad*, *Cesión absoluta e irrevocable de la custodia*, *Confidencialidad absoluta*.

-¿Qué es esto? -preguntó, alzando la vista. Su voz temblaba.

-Una solución a nuestros respectivos problemas -respondió Noah sin inmutarse-. Yo necesito un heredero legítimo para consolidar el control absoluto de mi junta directiva antes de fin de año. Tú necesitas doscientos cincuenta mil euros para trasladar a Heidi Meyer a la clínica en Zúrich antes del viernes. Los cincuenta mil restantes son para tus gastos personales durante el periodo de gestación.

El terror se apoderó de Emma. Él lo sabía. Sabía exactamente cuánto necesitaba y para qué. Había investigado su miseria, su vulnerabilidad, y la había cuantificado.

-Está usted enfermo -susurró Emma, poniéndose de pie de golpe. La silla raspó violentamente contra el suelo-. Esto es... esto es tráfico de personas. Es aberrante. Me largo de aquí.

Dio media vuelta, dispuesta a huir de aquel despacho asfixiante.

-Vete, entonces -dijo Noah, su voz serena y letal golpeando la espalda de Emma y deteniéndola a medio paso-. Sal por esa puerta, regresa al hospital Charité, siéntate en esa silla de vinilo y observa cómo desconectan a la única familia que te queda porque su sobrina tuvo demasiados escrúpulos para salvarle la vida.

Emma se quedó paralizada. Las palabras de Noah fueron como puñaladas directas a su corazón. Se giró lentamente, con los ojos anegados en lágrimas de rabia e impotencia.

-¿Por qué yo? -le gritó, perdiendo por fin la compostura, su naturaleza tímida y dócil aplastada por la desesperación-. Hay agencias. Hay cientos de mujeres dispuestas a esto por la mitad de ese dinero. ¿Por qué apuntar a alguien que está acorralada?

Noah sostuvo su mirada lacrimosa sin que un solo músculo de su rostro se alterara. Por un segundo microscópico, los fantasmas de su propio pasado rugieron en su mente: el humo, el fuego, el nombre *Hoffmann* en los informes encubiertos. Pero enterró la venganza bajo su perfecta fachada de hombre de negocios.

-No me interesan las agencias. Busco características genéticas específicas, un historial familiar sin anomalías médicas severas, y sobre todo, discreción -mintió Noah con fluidez profesional-. Tu perfil encaja. Eres joven, sana, no tienes lazos románticos ni un estilo de vida público que atraiga a la prensa. Además, tu situación económica me garantiza tu absoluta cooperación.

Emma sintió náuseas. Él estaba comprando no solo su cuerpo, sino su desesperación. Le estaba pidiendo que llevara una vida en su vientre, la suya y la de él, para luego arrancársela de los brazos. Le estaba pidiendo que sacrificara su inocencia en la cama de un desconocido frío y calculador. Era una locura. Era inmoral.

-No puedo hacerlo -sollozó Emma, abrazándose a sí misma, buscando consuelo en el tacto áspero de su propio abrigo-. No puedo tener un bebé y luego... entregárselo como si fuera un paquete.

-No te estoy pidiendo que lo cries, te pido que lo incubes -replicó Noah, levantándose en toda su imponente altura. Caminó lentamente alrededor del escritorio hasta quedar a un par de metros de ella. Su presencia era abrumadora-. En el momento en que des a luz, tu parte del trato termina. Volverás a tu vida, a tu estudio de arte, a tu tía sana y salva. Nadie sabrá jamás de este acuerdo.

Emma miró el contrato sobre el escritorio. La tinta negra parecía una sentencia de muerte para su alma, pero un salvavidas para Heidi. Pensó en la suave voz de su tía cantándole cuando era niña, en las sopas calientes en invierno, en cómo hipotecó su propia vida para pagarle las clases de arte.

*¿Cuánto vale la vida de quien amas?* se preguntó Emma, sintiendo que su corazón, bondadoso y soñador, se fracturaba irremediablemente.

Noah levantó su reloj de pulsera con elegancia calculada.

-El banco cierra transferencias internacionales a las cinco de la tarde de mañana. Tienes hasta el mediodía para firmar este documento y someterte a las pruebas médicas iniciales en mi clínica privada. De lo contrario, la oferta expira y la clínica en Suiza cederá la plaza.

-Es un monstruo -susurró ella, mirándolo con un odio recién nacido, puro y cristalino.

-Soy un hombre de negocios que ofrece capital a cambio de un activo -corrigió Noah, sin rastro de ofensa en su tono. Volvió a sentarse y retomó su tableta, descartándola visualmente-. Llévate la carpeta, Emma. Léela. Llora. Maldíceme. Pero mañana a las doce, te quiero aquí.

Emma tomó la carpeta con manos trémulas, la apretó contra su pecho junto a su diario scrapbook, y salió corriendo de la oficina, huyendo del rascacielos como si el mismo diablo la estuviera persiguiendo. No sabía que el verdadero infierno no estaba en firmar ese papel, sino en enamorarse del demonio que lo había redactado.

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