El Precio de la Traición: Un Nuevo Comienzo

La noche había caído cuando llegué al almacén discreto en las afueras de la ciudad, el mismo lugar donde mi equipo de seguridad manejaba los "asuntos delicados". El aire era frío y olía a concreto húmedo y a miedo.

Dentro, la escena era exactamente como la había ordenado. Sofía estaba de rodillas en el suelo, llorando y temblando dentro de un saco de arpillera que le llegaba hasta el cuello, con el rostro lleno de tierra y mocos. A su lado, en otro saco, estaban los restos destrozados de su patético agave "Pequeño Sol", pisoteado y roto hasta quedar irreconocible. Mis hombres, imponentes y silenciosos, flanqueaban la escena.

"¡No saben con quién se meten! ¡Ricardo los va a destruir! ¡A todos ustedes!" gritaba Sofía entre sollozos, su voz resonando en el silencio del almacén. Era una mezcla patética de arrogancia y terror.

Me acerqué lentamente, mis tacones resonando contra el cemento con una cadencia deliberada. El sonido hizo que levantara la vista. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, su bravuconería se desvaneció, reemplazada por un pánico puro y visceral.

Me detuve frente a ella, mirándola desde arriba. No dije nada. Simplemente la observé, dejando que el peso de mi silencio la aplastara. El miedo en sus ojos era una pequeña, minúscula satisfacción.

"Tocaste lo que no debías," dije finalmente, mi voz baja y carente de cualquier emoción. "Hay cosas que el dinero no puede comprar y que la estupidez no puede tocar sin consecuencias. Aprendiste la lección."

Justo en ese momento, las puertas del almacén se abrieron de golpe, y Ricardo entró corriendo, con el rostro desencajado por la furia y el pánico.

"¡Ximena, qué carajos estás haciendo! ¡Suéltala ahora mismo!" gritó, corriendo hacia Sofía.

Se arrodilló a su lado, tratando de desatar el saco, ignorándome por completo para consolar a la mujer que había sido cómplice en la profanación de mi herencia.

Me reí. Una risa seca, sin alegría.

"¿Ahora te preocupas?" le pregunté, mi tono cargado de un desprecio helado. "Hace unas horas, cuando mi agave estaba siendo mutilado y humillado, no te importaba. Era 'solo una planta'. ¿Qué es esto, Ricardo? ¿'Solo una becaria'?"

Él se giró para mirarme, sus ojos llenos de una ira impotente. "¡Estás loca! ¡Esto es un secuestro! ¡Sofía no tiene la culpa de nada, es solo una chica!"

"Una chica que se burló de mi familia, de mi abuelo, de mí," corregí fríamente. "Y tú se lo permitiste. Tú se lo entregaste en bandeja de plata. Eres tan culpable como ella. O más, porque tú sí sabías lo que significaba para mí."

Sofía, sintiéndose protegida por la presencia de Ricardo, volvió a encontrar su voz.

"¡Ella está celosa! ¡Celosa de que Ricardo me prefiera a mí, vieja bruja!" chilló.

Antes de que pudiera terminar la frase, Ricardo la agarró del brazo, con una fuerza que la sorprendió.

"¡Cállate, Sofía!" siseó, su mirada fija en mí. Por primera vez, vi un destello de miedo en sus ojos. Miedo de mí. Estaba empezando a entender.

Ignoré su patético drama. Hice una seña a mis hombres. Dos de ellos levantaron con cuidado el saco que contenía los restos de mi dañado "Sol de mi Abuelo" y lo llevaron hacia mi auto. Yo me di la vuelta para seguirlos, sin dedicarle a Ricardo una segunda mirada.

"Ximena, espera," dijo él, su voz ahora teñida de desesperación.

Lo oí ponerse de pie, pero no me detuve. Mientras caminaba hacia la salida, lo escuché susurrarle a Sofía, abrazándola. "Tranquila, mi amor, yo te protegeré. Todo estará bien."

"Mi amor".

Esa palabra, dicha a ella, en ese momento, fue el último clavo en el ataúd de lo que alguna vez tuvimos. Me detuve en la puerta, pero no me volví.

De camino a la hacienda, con el agave herido en el asiento trasero, los recuerdos de Ricardo y yo inundaron mi mente. Recordé cuando me propuso matrimonio, justo al lado de ese mismo agave, jurando honrar mis tradiciones, mi familia, mi legado. Juró proteger todo lo que yo amaba.

Qué mentira tan barata.

El dolor era agudo, pero fue rápidamente reemplazado por una claridad fría y cortante. El hombre que amaba no existía. Quizás nunca existió. Solo había un oportunista débil y descuidado que había subestimado a la mujer con la que estaba a punto de casarse.

Y yo le iba a enseñar exactamente cuán grande había sido su error.

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